Llueve. Llueve antes de que empiece la carrera, durante la carrera y casi todo el tiempo que dura la carrera. Llueve sobre Shangai la ciudad de los veintitrés millones de habitantes que las autoridades han decidido no dejarán crecer por encima de los veinticinco millones.

Las 6 horas de Shanghai. Llueve. Fernando Alonso. Desconfía. A Toyota le interesa que el 7, el segundo coche del equipo, gane la carrera. Así seguiría Toyota de líder indiscutible del campeonato mundial pero se mantendría el mordiente de la lucha entre los dos bólidos. Fernando Alonso sabe tanto como la FIA de estrategias de equipo y de espectáculo, pero también sabe que no está dispuesto a consentirlo, no si en sus manos está el evitarlo. Y en sus manos está o parece estarlo.

Ha pasado media carrera, y es hora de demostrar quien es el amo, por qué y por quién se está siguiendo en el mundo entero con más atención que nunca este año el WEC, el mundial de resistencia.

Es hora de demostrarlo.

Llueve mucho y no le van a dejar pasar. ¿A él que le importa? Que no le dejen. Los pasa igual. A los Porsche y a todos los vehículos que se ponen entre él y el triunfo. Deja atrás a Kobayashi y en el siguiente paso por meta bajo la lluvia incesante le saca más de quince segundos al japonés. El golpe en la mesa está dado.

Pero no basta con las manos del piloto aunque el piloto tenga magia en los cinco dedos y en las dos manos. Un safety car es la coartada perfecta para que suceda lo que más le conviene a Toyota, amarrar el liderado como equipo pero manteniendo la lucha entre sus dos coches, entre el 8, el de Fernando Alonso, y el 7; que dure lo más posible es el objetivo. La entrada para repostar favorece enormemente al coche número 7. Fernando Alonso pierde más de un minuto, salvo catástrofe o milagro el final está cantado.

A Fernando Alonso todo se le vuelven pulgas, y como no suceda siquiera -siquiera- el final feliz en el WEC, el mundial de resistencia, el mundo va a acabar por verlo como un perro flaco y realmente acabado.

 

Tigre tigre.

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