Esto es la guerra, señores, queridos niños y niñas, y hay dos gigantes que a cualquier precio y a toda costa quieren ganar. Ganar sacrificando a sus segundos pilotos, ganar para -sobre todo y ante todo- ver la cara que se le pone al rival cuando muerda el polvo al final de este entretenido campeonato mundial.

¡Forza Ferrari! ¡Mercedes jamás perderá!

Y mientras tanto, en una pequeña aldea irreductible al sur del mundo de los robots, las máquinas, los ingenios y los ingenieros, sobreviven algunos jinetes salvajes -Ricciardix y Alonsix- dispuestos a convertir su alma en gasolina, su alma en combustible, para hacer que las máquinas con ruedas den más, al menos un poquito más, de lo que los números y los uno y los doses de la informática, afirman pueden dar.

¿Que en el Hungaroring no se puede adelantar?

Já, ahí estaba Ricciardo “Ricciardix”, ese sonriente y elegantísimo animal australiano, familia del canguro y el diablo de Tasmania, capaz de encontrar trayectorias en la pista que los demás ni siquiera parecíann llegar a intuir. Qué festival, niños y niñas, señoras y señores, fans y fons de la F1, ver al hombre que bebe en sus botas sudadas el champán de la victoria, adelantando coches sin parar. Y ¡ah si hubiese tenido un motor! ni Hamilton ni Vettel ni Schumacher despierto por el beso de una princesa le habrían privado del cajón, la bota y el champán.

Al menos le dieron el título honorario -aunque podría ir acompañado por al menos un puntito extra- de piloto del día.

¿Y Alonso, Fernando Alonso “Alonsix”? El viejo señor Alonso con sus treinta y siete castañuelas ya, y no sólo va a ser el único que no se toma cuatro semanas de vacaciones -dentro de dos corre las 24 horas de Silverstone- sino que además con esa patata de McLaren (a la que al menos le han quitado el peso de la inoperatividad e ineficacia de Eric Boullier), se lo monta como el diablo (de Asturias), el chico malo e inasequible al desaliento que es, y consigue puntuar otra vez.

¿Cuántos puntos tiene Alonso ya en el mundial? ¡44! Y es noveno, por delante de pilotos con coches muy superiores, entre los cuales me gusta destacar al inútil, llorón y tocapelotas de Roman Grosjean… a ver si se retira ya.

Hungría, 2018. Los escuderos -qué verguenza que los llamen así- dejándose la piel del escroto para que los niños bonitos de sus respectivas escuderías queden primeros o segundos, porque ellos -los pilotitos estrella- son los únicos que importan, los únicos que pueden hacer realidad de los sueños de la guerra sin cuartel entre Mercedes y Ferrari.

Es domingo, julio acaba ya. La siguiente carrera será en Bélgica en cuatro semanas, pero en verdad en verdad, pacientes y entusiastas espectadores de este circo con al menos un Tigre como cronista, quienes se merecen mi aplauso, la pequeña gloria de mi admiración incondicional hoy, amén de Alonso y Ricciardo, son Raikkonen y Bottas. Sin Sancho Panzo el Quijote habría sido un colgado solitario que probablemente no habría pasado a la historia.

Brindo por los sanchopanzas de la F1 actual.

Otro burbon, por favor.

 

Tigre tigre.

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