Ocho de marzo. Un día para reivindicar, más que para celebrar. Porque poco hay que celebrar a la vista de la cifra de asesinatos, de agresiones, de violencia sexual y de todo tipo de humillaciones que seguimos sufriendo las mujeres por el solo hecho de ser mujer. Porque poco hay que celebrar a la vista de la brecha salarial, el techo de cristal y todas las manifestaciones del machismo que sigue campando por sus fueros en nuestra sociedad, por mucho que algunos –y hasta algunas- no quieran o no sepan verlo.

Hemos avanzado, desde luego. Ya no vestimos taparrabos ni los hombres nos arrastran de los pelos al interior de sus cuevas. Y en España las mujeres ya hace bastante tiempo que podemos comprar o vender bienes, o viajar al extranjero sin que la ley nos exija el permiso de nuestros maridos o nuestros padres, y también la ley nos permite acceder a carreras que teníamos absolutamente vedadas. Pero no es bastante, ni debe serlo. Seguimos sufriendo muchas cosas por el solo hecho de ser mujeres.

Todavía hay quien se pregunta para que sirve el feminismo, como si se tratara de una panda de chaladas clamando por la muerte y destrucción del varón represor y enemigo. Y simplificando con eso la lucha de tantas mujeres –y también hombres- que se han dejado la piel y hasta la vida por lograr unos derechos que hoy son teóricamente indiscutibles. Pero claro, al argumentar esto siempre hay quien salta explicando que las feministas de antes eran las buenas, las de Clara Campoamor, las sufragistas, las mujeres que perecieron en el incendio de una fábrica el 8 de marzo y todas las que engrosan una lista de la que debemos sentirnos orgullosas. Esas eran las buenas, y no las de ahora, dicen. Y se quedan tan campantes, afirmando que hoy el feminismo no hace falta.

Pero se equivocan. Hoy el feminismo es tan preciso como lo fue entonces, porque la realidad sigue escribiéndose con nombre de varón. Y lo es porque algunas ni siquiera son capaces de darse cuenta de ello, porque el machismo anda metido en las costuras por las que está unido el planeta y solo se ve cuando alguna de estas costuras se rompe y queda al descubierto. Pero eso es algo que pasa cada día, en cada pequeña o gran cosa, cada vez que una mujer trata de acceder a un puesto o un cargo, cuando trata de prosperar en él, cuando tiene que elegir entre proyectarse y ser madre, cuando el hecho de ser mujer es un riesgo si anda sola por la calle, cuando tiene que demostrar lo que nunca pedirían que demostrara un hombre. Y, por supuesto, cuando llegar viva e indemne al nuevo día se convierte en un verdadero milagro para algunas, confinadas en el infierno de la violencia machista.

Ignoro por qué hay quien se empeña en mantener que el feminismo tiene connotaciones negativas, cuando, diccionario en mano, no es otra cosa que un movimiento que postula que las mujeres tengamos los mismo derechos que los hombres. Es más, no entiendo cómo puede haber alguien que se jacte de ser demócrata sin decir abiertamente que se es feminista. Ni mucho menos cómo puede quedar quien identifica feminismo con estereotipos de mujeres masculinizadas, poco atractivas y descuidadas.

Nada hay más femenino que ser feminista. Porque pocas cosas hay más femeninas que pretender que las féminas seamos libres y felices. Con tacones o sin ellos, con maquillaje o sin él, con falda o pantalón, según hayamos elegido libremente. Porque el feminismo es libertad y a estas alturas ¿quién puede oponerse a que la mitad de la población sea totalmente libre?

Que este ocho de marzo no sea sino un día más en la reivindicación por los derechos de las mujeres. Y ojala llegue el día en que no sea necesario porque todos los días sean 8 de marzo. Y, por supuesto, el día en que todas las personas seamos feministas.

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?

1 Comentario

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

cuatro − 2 =