Vivimos en estos tiempos una extraordinaria proliferación de derechos. Basta con querer algo, desearlo con emoción intensa, con pasión; para que nos nazca sin más el derecho de hacer o tener ese algo. O más bien que nos caiga del cielo de las abstracciones ese derecho como un don. Parece que olvidamos que los derechos son hermosas piezas de filosofía, sin ningún valor ejecutivo, mientras no haya un marco legal y unos jueces, una policía incluso, que puedan llevar a la realidad social esa idea abstracta.

Un problema político

Sin duda se puede, y se debe, reivindicar la creación de los nuevos derechos que consideremos necesarios, pero justamente dentro del ámbito legal que les dará vida y garantía. A veces parece que la duda persiste: ¿dentro del marco legal o contra él? La piedra de toque para determinarlo es sencilla: Dentro, si en el sistema político vigente está permitida la reivindicación de ese nuevo derecho, fundar partidos y competir en elecciones para lograr el apoyo preciso para instaurarlo. Solo en caso negativo estaré legitimado para combatir fuera de esa legalidad insuficiente, o luchar incluso por un cambio de sistema. Entonces es cuando podría decirse que hay un ‘problema político’. Y este no es, desde luego, el caso de Cataluña, donde las ideas independentistas, como cualquier otra, se defienden con normalidad democrática desde hace cuatro décadas. Por lo tanto, no es cierto el tópico de que el conflicto planteado por la consulta ilegal es un ‘problema político’, como repiten algunos; precisamente aquellos que aspiran a trastocar el sistema actual desde una posición minoritaria.

Los que ansían un estado independiente en Cataluña, invocan un ‘derecho a decidir’ que no nace de legalidad alguna existente en el mundo, sino más bien de su propia pasión independentista. Pero dejando aparte la ilegalidad obvia del intento de secesión, consideremos la posible racionalidad del tema:

El derecho a decidir

Si Cataluña fuera realmente, a día de hoy, una entidad con un ser propio, diferente y aparte de España, podría hablar al mundo y lanzar sus demandas con una voz también propia, con unanimidad cercana a lo total. Esto es lo que ocurre en los países colonizados. Ni Cuba, India o Argelia… necesitaron jamás un referéndum para auto-convencerse de que tenían una identidad propia, una identidad ya de facto independiente respecto de sus respectivos colonizadores. En esos países se daba claramente una esencia propia, una independencia fáctica que solo reclamaba el reconocimiento legal de una realidad incuestionable. El hecho mismo de que en Cataluña haga falta realizar una consulta (de resultado, por lo demás, muy incierto), indica que su independencia es muy escasa; que su ser nacional catalán y español están entreverados al 50% tras medio milenio de historia común.

Esta es una verdad seguramente dura de escuchar para los independentistas radicales, pero ocurre que Cataluña no es es lo bastante diferente del conjunto del Estado como para reclamarse independiente. No es claramente diferente, al 80 o 90% como sería de esperar para una pretensión secesionista con algún fundamento. Si lo fuera, cualquiera lo notaría visitando Barcelona. El español se sentiría extranjero en Barcelona; un sentimiento muy intuitivo que se percibe fácilmente en Francia, en Portugal, en Gibraltar…; y que realmente no se siente en Cataluña. E igualmente el visitante llegado de otros países no tendría la sensación, como la tiene de hecho, de estar visitando España. Se perciben desde luego particularidades culturales muy fuertes, pero no mayores que las existentes en Andalucía o en Galicia, por ejemplo. Esas particularidades caracterizan a Cataluña como nación, sin duda, pero no como nación independiente, sino como nación integrante de otra más global con la que se ha hibridado profunda e inextricablemente durante siglos y siglos.

Así pues deshagamos equívocos: ni los independentistas tienen ningún ‘problema político’ para defender sus opciones, ni Cataluña es lo bastante diferente e independiente de facto para optar a la secesión. Y correspondientemente su voz no es clara ni unánime, sino que expresa la verdad del mestizaje a partes iguales que se da en todos los aspectos de Cataluña: idioma, costumbres, mentalidad, tradiciones, historia, intereses económicos… En todos esos ámbitos lo catalán y lo español están tan entremezclados que no es viable plantear una separación. De ahí que, por el contrario, se pretenda cortar con tijeras, a la fuerza, lo que es una realidad unitaria.

El choque de trenes

Se habla mucho del papel negativo de los gobiernos de España en este problema, de la inacción política, del ‘choque de trenes’, etc… Es cierto que el sistema autonómico necesita ser mejorado y completado. Pero pretender que eso lo haga la derecha española con mayoría absoluta está totalmente falto de realismo. El Estatuto de Cataluña, creado por impulso de Zapatero hubiera sido un paso positivo, así como podría serlo el Estado Federal que ahora se propone. Sin embargo, desde 2011 se ha dado democráticamente el gobierno en dos ocasiones al Partido Popular, cuyo ideario es claramente contrario a la descentralización. Es pues poco sensato que, como país, demos mayoría a un partido centralista y luego nos quejemos de que ese partido no haya aumentado la autonomía para suavizar los deseos de secesión.

Así pues Rajoy hace el papel de gendarme con mostacho (y lo hace a gusto pensando en el rédito electoral), y desde la Generalitat se presenta al Estado Español como un muy conveniente enemigo represor y colonialista… Ese tópico tan repetido del ‘choque de trenes’ oculta bajo la apariencia de escalada simétrica una profunda complementariedad demagógica que viene de maravilla a unos y otros como justificación, coartada y enemigo frente al que fortalecerse.

Y es que en realidad, sean o no conscientes de ello los secesionistas, el referéndum es en parte para doblegar a España, y también (o sobre todo) para doblegar a esa mitad de Cataluña que no comparte la identidad catalana exclusiva. Lo que se pretende es conseguir un estado propio (con una dudosa mayoría simple sobre una participación electoral baja) para iniciar con las manos libres un proyecto de ‘des-españolización’, si se permite la palabra, que consiga en el plazo de dos o tres generaciones una forma de ser, una esencia catalana sin mezcla, que a día de hoy realmente no existe.

Podemos decir que en lo externo es un ‘choque de trenes’ pero que en lo interno es una contienda civil, una lucha a garrotazos tan característica de la sangre española. Pues es para imponerse a cuantos catalanes asumen sin conflicto la cuota de españolidad que constituye Cataluña, para lo que ha de servir el referéndum a los separatistas, con la idea de tener las manos libres para poder amputar esa parte de España que se ha ido amasando con el ser catalán durante siglos.

El miedo a las urnas

Por tanto están equivocados los que repiten –vamos con el último tópico- la idea aparentemente juiciosa de que ‘la solución es que la gente vote, no hay que tener miedo a las urnas’. Como si en España faltaran ocasiones de ir a las urnas… No, el referéndum de independencia es parte del problema y no de la solución ya que:

  • Lanza a la sociedad el mensaje de que la ley está para romperla, siempre que haya un grupo lo suficientemente ruidoso que lo desee con gran fuerza emocional y agitando las banderas. No olvidemos el derecho de autodeterminación no está recogido en ningún ordenamiento legal, por mucho que se repita como algo de ‘sentido común’.
  • Polariza la sociedad catalana en dos extremos ‘Si / No’ irreconciliables y opuestos, cuando justamente la solución ha de estar en un sistema de pensamiento mucho más complejo y matizado, capaz de integrar a todos.
  • Es un punto de ruptura, un juego de suma cero, en que siempre la mitad de la población sale perdiendo. Y realmente, generar ese tipo de situaciones en una sociedad es un profundo error filosófico y político.

A este respecto, me parece muy relevante esta cita de, curiosamente, Bill Clinton, que en 2000 dijo:

“Cuanto más complejas se vuelven las sociedades, y más complejas son las redes de interdependencia dentro y fuera de los límites de las comunidades y las naciones, un mayor número de gente estará interesada en encontrar soluciones de suma no nula. Esto es, soluciones ganancia-ganancia en lugar de soluciones ganancia-pérdida… Porque descubrimos que cuanto más crece nuestra interdependencia, generalmente prosperamos cuando los demás también prosperan”.

Pero para generar propuestas complejas, en las que cada uno ceda algo para que todos ganen, sin que se quede por el camino una mitad del país derrotada, harían falta responsables políticos capaces de escapar de las lógicas binarias, de los ‘buenos y malos’, o del ‘nosotros y ellos’; y que puedan crear visiones más amplias que el utopismo sectario o el ombliguismo pueblerino. Y en último término, a esos responsables políticos –si existen- habrá de ponerlos en su puesto la ciudadanía… ¿podremos, tanto en Cataluña como en el resto de España, generar formas de pensamiento y elección más inclusivas y basadas en la racionalidad del acuerdo y del bien común?

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4 Comentarios

  1. Si, vivir juntos pero en mundos paralelos que nunca se encuentran tiene esos inconvenientes. para encintrar politicos, ciudadanos y soluciones de win-win habria que empezar por la vision de la verdad que nos ofrecen los medios. la linea editorial que cada uno sigue, nos ubica en mundos paralelos imposibles de encontrase de manera que vivimos juntos pero sin converger en la realidiad. sois vosotros en general, los que mal entendeis la libertad de expresion, confundiendola con la libertad de mentir y tergiversar la realidad segun la doctrina que os imponen vuetros patronos.

  2. Hombre, Jose Avila, yo me curro mucho los textos, me documento y medito realmente la objetividad y racionalidad de lo que digo. No me limito a aplicar esquemas ideológicos que puedes calzar cómodamente a cualquier tema, argumentarios e ideas prefabricadas. Así que eso de metir y tergiversar, te aseguro que intento evitarlo por todos los medios. Y lo de patrono… ¡ya me gustaría tenerlo, ya!

  3. El artículo puede no gustar, porque va contracorriente, pero es muy certero en muchos aspectos. El señor Ávila, y sólo es mi impresión, se queda en el tópico y ni tan siquiera hace el ejercicio de reflexionar sobre las ideas expuestas. No argumenta a la contra simplemente lanza soflamas, y eso, a estas alturas es tremendamente aburrido. Repito sólo es mi opinión.

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