A Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero, Carolina Bescansa, Iñigo Errejón y todas las que un día pensaron que otra política era posible, y a todos las que, a pesar de tanta zancadilla, tanta calumnia y tanta frustración, aún se empeñan en creer que sí se puede

 

Me lo contó ayer mismo, a las 9:30 de la noche y a dos grados bajo cero de temperatura. Solemos salir juntas del trabajo. Cruzábamos la calle Arroyo del Olivar cogidas del brazo, como siempre por un lugar prohibido, y según decía la app del Ayuntamiento a mi autobús apenas le quedaban tres minutos para llegar a la parada.

Andrea estaba enfurecida y su teléfono no paraba de sonar: se habían escapado el día anterior a media tarde. Los dos. Él, a bordo de una silla de ruedas que su compañera de fuga empujaba con no poca dificultad. Su habitación estaba en el cuarto piso. Hubieron de recorrer pasillos, sortear carritos con las bandejas de la comida aún sin retirar, pilas de ropa sucia, bombonas de oxígeno y toda clase de obstáculos. Después, aún tuvieron que tomar el ascensor de uso exclusivo del personal, acceder al jardín y esquivar al vigilante jurado, que controlaba la puerta con ayuda de un destartalado monitor en blanco y negro; pero lo cierto es que lograron alcanzar la calle y perderse en la ciudad sin ser vistos.

Eran los padres de Andrea, al parecer tenían alzhéimer. Ambos. Al menos eso es lo que aseguraba ella. Por eso los habían confinado en el asilo; en la «residencia», como decía Andrea. El caso es que habían conseguido fugarse y aún seguían desaparecidos. Y Andrea estaba indignada. Indignada con los responsables del asilo, con los celadores, con los vigilantes y también con ellos, con sus padres, por haberse escapado de la jaula. Una jaula que pagaban ellos mismos a precio de oro. Yo, en cambio, estaba cada vez más indignado con ella, con Andrea, y a medida que la escuchaba, iban aumentando mis simpatías por los prófugos. No estarían tan enfermos, le espeté, si no, no habrían podido escaparse.

Pero lo habían logrado, y ya habían pasado casi tres días. Se sabía que habían estado en su casa, en la casa que sus hijos les habían arrebatado al inhabilitarlos. Al parecer, conservaban una copia de las llaves. Habían aprovechado la larga ausencia de Andrea por motivos de trabajo. Se sabía también que habían vaciado sus cuentas bancarias. Las suyas. Las de ellos. Seguían siendo titulares, sus verdugos olvidaron solventar ese pequeño detalle en su día. Su banco de toda la vida abría los jueves por la tarde y ese fue precisamente el día que eligieron para la huida. También habían desaparecido las joyas.

No habían dejado nada al azar. Habían retirado la correspondencia del buzón, incluso habían soltado a los pájaros: una pareja de canarios que les habían alegrado las tardes durante años. Ese había sido, tal vez, el detalle que más había desconcertado a Andrea. Las jaulas aparecieron hechas pedazos en sendas bolsas de basura en el descansillo, aún con los comederos derramando alpiste. El móvil Nokia que los fugados compartían en sus largas horas de enclaustramiento yacía a su lado, destripado, sobre un lecho de vidrios rotos y fotos familiares descuartizadas. También apareció la silla de ruedas, encajada entre dos coches, a escasos metros de la casa.

Se sabían muchas cosas, que habían tomado taxis, que habían comprado billetes de avión, vuelos a distintas horas y a distintos destinos. En fin, se sabía todo menos dónde estaban. Nadie conocía su paradero. Y por eso Andrea despotricaba contra todos, contra los vecinos, contra los empleados del banco, contra la policía, contra los funcionarios de aduanas. Bajo su punto de vista (ella concibe el mundo como un centro de internamiento), habían fallado todos los controles.

El teléfono aún seguía sonando cuando Andrea alcanzaba el final de su historia, y a la vez que sonaba, su irritación crecía y crecía y, aunque parezca imposible, mi desprecio por Andrea también crecía. Menos mal que a lo lejos se veían ya los faros del autobús y el panel iluminado con el número «10» brillando en la oscuridad. No creo que hubiera podido aguantar ni un minuto más sin darle una hostia a aquella hija de puta.

 

(Escrito durante la II Asamblea de «Vamos», Auditorio Marcelino Camacho, Madrid, 2017)

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