La transitoriedad del gobierno en España ha supuesto una torsión paradójica y significativa del orden de prioridades en los actores de la vida pública; quizás este era el objetivo buscado desde ciertas élites: que las expectativas de cambio derivaran en la consolidación del inmovilismo. Todas las reformas que parecían urgentes siguen pendientes y no parece que prosperen. La estrangulación de los salarios, la precarización del empleo, el severo e injusto trasvase de las rentas del trabajo a las rentas del capital, la dramática desigualdad social, la liquidación de la bolsa de las pensiones, el bloqueo de la cuestión catalana -el mandato Rajoy ha sido el de la expansión del independentismo por su autoritaria falta de diálogo y propuestas-, la crueldad de las políticas de austeridad, la insignificancia de la política internacional o el deterioro de los derechos y libertades de la ciudadanía a causa de los déficits democráticos generados por la gestión de Interior, son fracturas que habían sustanciado el alejamiento de las mayorías sociales de un régimen político demasiado condicionado por los intereses e influencias fácticas como para poder digerir una auténtica alternativa a sus hechuras estructurales indisolublemente conservadoras.

Y, sin embargo, la continuidad de estas políticas ha dejado de constituir la centralidad del elemento polémico de la vida pública para ser desplazadas por la necesidad de que los artífices de la fractura social, la desigualdad y el retroceso democrático sigan gobernando sin mayoría parlamentaria. El cambio, la regeneración ética y política, la reforma institucional, son diluidos con los más peregrinos argumentos, expectorados por los artefactos mediáticos y propagandísticos, con la pretensión de restringir el espacio de lo posible reduciendo los parámetros de la diversidad política en el contexto institucional hasta una posición política unívoca e indiferenciadora. Toda propuesta que no entre dentro de este baremo impuesto son etiquetados y excluidos como extremistas y perturbadores del orden establecido.

En esta arquitectura institucional PSOE está transitando un penoso camino. La descomposición de su razón de ser ideológica no tiene alternativas honorables. El miedo de sus dirigentes al escrutinio ciudadano y que esto, a su vez, sirva de argumento para facilitar el gobierno a la derecha no es sino la expresión más dramática de las contradicciones que están desangrando al partido. Los socialistas necesitan una refundación. Si la nave va a la deriva es por la pérdida grave de implantación social y territorial. Es urgente, como consecuencia, voces y propuestas nuevas que conecten con los sectores que les han abandonado. Sólo si son convincentes en esta dirección podrán empezar a recomponer una organización hoy dividida y alejada de sus fundamentos ideológicos.

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