Cuando las cosas no se ven claras, la clase política muestra una altura de miras nula, la situación económica sigue siendo crítica –mentiras aparte: 25% de desempleo– y los ciudadanos comienzan hastiarse del politiqueo, las charlas de salón que nunca conducen a nada y unos supuestos estadistas que sueltan unas arengas rimbombantes, barrocas, vulgares incluso y, lo peor del caso, inútiles para lograr la ansiada (y necesaria) gobernabilidad del país. Estamos en el mismo punto de partida que antes de las elecciones de diciembre y el supuesto aire fresco que iban a aportar las nuevas fuerzas políticas, Ciudadanos y Podemos, se acabó convirtiendo en un fiasco y tan solo se trataba de un juego sillones -no de Tronos, como decía Pablo Iglesias- para repartirse los nuevos cargos en juego a cuatro y ya no a dos bandas entre las denostadas grandes fuerzas políticas de hasta ahora (populares y socialistas).

Así las cosas, y como si el país estuviera para bollos, han sido convocadas nuevas elecciones generales con la esperanza de encontrar alguna solución al desaguisado parlamentario generado por los resultados de las últimas. ¿Saldrá un escenario distinto al actual que facilite las cosas para formar una nueva mayoría y que uno de los candidatos sea investido presidente de gobierno? La izquierda se ha equivocado, claramente, en ir a unas nuevas elecciones y esperar obtener unos mejores resultados que les permitan obtener la mayoría, conseguir la ansiada investidura y, sobre todo, llegar a conformar un gobierno de mayoría de progreso.

En primer lugar, porque dudo mucho que la suma de socialistas y Podemos junto con Izquierda Unida -se vaticina una gran coalición al estilo del Frente Popular de entreguerras- pueda alcanzar en votos y en diputados la mayoría necesaria. El escenario actual, con un previsible aumento de la abstención tras el hastío de casi siete meses de campaña electoral, tan solo beneficia a la derecha y, más concretamente, al Partido Popular (PP), que parecía empeñado desde el día después de las elecciones en ir a otras nuevas en que mejorase su resultado y no tener que pactar con otras fuerzas.

el escenario actual tan solo beneficia a la derecha

Y, como segundo elemento pero no menos importante, los sondeos indican que el más hipotético y natural aliado del PP, Ciudadanos, podría subir en asientos parlamentarios o, como muy mal resultado, mantener lo que tiene. Si así fuera, la suma PP-Ciudadanos estaría más cerca que nunca de formar gobierno y el gran enigma sería si el actual presidente de Gobierno, Mariano Rajoy, volvería a repetir o si, finalmente, se cumple la amenaza del máximo líder de este partido emergente, Albert Rivera, en el sentido de que el actual líder popular no puede encabezar el cambio en España y que habrá que buscar otra cara, lo cual abriría la Caja de Pandora de la sucesión en las filas populares y un periodo de mayor incertidumbre (todavía) política.

Momento muy poco oportuno en la escena internacional para la inestabilidad

Cuando parecían asomar algunos brotes verdes en el horizonte económico, con “buenos datos” en el desempleo, el turismo, el déficit (¿?), la balanza de pago y las exportaciones -ya somos el primer país exportador de vino en el mundo, todo hay que decirlo-, la inestabilidad política no beneficia en nada a la atracción de inversiones extranjeras, a la creación de nuevas empresas y, en general, a un clima económico ya de por sí enrarecido tras casi diez años de larga crisis y una recesión que ha sido, sin lugar a dudas, la peor en estos cuarenta años de historia democrática.

esta crisis ha dejado a España fuera de la escena internacional

Pero, aparte de la difícil coyuntura económica interna, hay que reseñar que esta crisis ha dejado a España fuera de la escena internacional, sin que haya habido aportaciones, ideas y sugerencias propias a los grandes problemas por los que atraviesa Europa y el mundo. Se han cancelado viajes de Estado de los Reyes al exterior, el presidente de Gobierno ha estado ajeno a las grandes decisiones en todos los órdenes que se tomaban en el continente, como por ejemplo la crisis migratoria que afecta desde los Balcanes hasta la Península Ibérica, nuestra diplomacia ha estado ausente de la crisis siria y muy pocos han sido los líderes occidentales y no occidentales que han visitado España desde las elecciones de diciembre.

Y, como corolario final, el país ha permanecido ajeno a los grandes problemas que se avecinan y están la vuelta de la esquina, como por ejemplo el anunciado referéndum inglés (Brexit) acerca de la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea (UE), una nueva crisis de deuda en Grecia que amenaza otra vez la estabilidad del Euro, siempre en entredicho todo hay que decirlo, y la cada vez más preocupante presencia en el escenario europeo de líderes de la ultraderecha en el poder (Alemania, Austria y Francia, por citar tan solo tres ejemplos cercanos).

Fruto de esa crisis, de esa inacción exterior, España no estará presente en la inauguración del Canal de Panamá, prevista para el 26 de julio, ya que es necesaria la presencia de los Reyes y del presidente del ejecutivo para ese día en Madrid por ser la jornada electoral elegida para los nuevos comicios. Parece paradójico que habiendo sido una empresa española la que liderase tan importante proyecto, Sacyr, ahora no vayamos a estar presente, con el debido rango jerárquico, en la inauguración de tan transcendental proyecto.

También España ha permanecido al margen del acercamiento político y económico de la actual administración norteamericana, presidida por Barack Obama, a Cuba. Obama, incluso, llegó a visitar la isla en una visita tan histórica como controvertida (y criticada), para a renglón seguido otros países vieran luz verde para comenzar a hacer negocios con La Habana, tal como hizo Francia que hasta recibió con todo lujo de honores y parabienes al dictador cubano Raúl Castro. España está quedando al margen de estos cambios y nuestra diplomacia se muestra cada vez más atrofiada ante los nuevos paradigmas en la escena internacional.

Otro caso de notable ausencia española es en el proceso de paz actualmente en curso de negociación entre Colombia y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Aunque el tema sigue siendo un asunto recurrente en la política colombiana, sobre todo por el escepticismo de una sociedad cansada tras cincuenta años de guerra  y el eterno debate en clave interna acerca de la forma en que se está procediendo a negociar, la reciente reunión entre el Secretario de Estado norteamericano, John Kerry, y las dos delegaciones presentes en la mesa dota a Estados Unidos de un protagonismo que nunca tuvo España. Resumiendo: aparte de la parálisis interna en todos los órdenes, ya que nadie se atreve a tomar decisiones hasta que no haya nuevo gobierno, la actual crisis le ha restado a España una proyección exterior que hubiera sido crucial ante la gravísima agonía del proyecto europeo y otros escenarios donde tradicionalmente está presente nuestra diplomacia.

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