Uno de los axiomas más utilizados por la derecha hispana, casi todo el extremo centro, y que ha sido asumido por algunos miembros de la izquierda desnortada, es que los padres tienen derecho a elegir la educación de sus hijos. Y la verdad es que ese axioma sería bastante relativo cuando no totalmente falso. Porque, como muy acertadamente ha argumentado Carlos Fernández Liria en su magnífico Escuela o Barbarie, “más bien son los hijos los que tienen que tener derecho a librarse de los prejuicios o ideología de sus padres”. Y como los niños no tienen que cargar sin remedio con tener unos padres testigos de Jehová, de ETA, del Opus, hippies o partidarios de viajar a Iraq para alistarse como brigadistas en el ejército del Estado Islámico, y que encima éstos determinen su educación, la Escuela Pública, ese magnífico invento de la Ilustración y de la Revolución francesa, debe actuar como antídoto y como remedio.

Ojo, como muy acertadamente señala Fernández Liria, cuando hablamos de Escuela Pública estamos hablando de un Estado en el que se confía como antídoto ante las pretensiones de ser “buenas” que tienen ciertas ideologías, y en el que lo estatal y gubernamental están plenamente delimitados y separados. Y ello se consigue no sólo con la diversidad de alumnos y alumnas, cada uno hijo de su padre y de su madre (con sus ideologías y creencias), se consigue con la diversidad del profesorado. Y ambos son propios de, y sólo pueden ser posibles en, la Escuela Pública. En un instituto te puedes encontrar profesores y profesoras de izquierdas, de derechas y hasta de extremo centro, con tatuajes y piercings, o que llaman de usted y por el apellido a los alumnos. Lo que tienen en común es que todos son funcionarios y han sido seleccionados por tribunales independientes, en un proceso público, en virtud de su competencia para enseñar una determinada disciplina. Que es, nada más y nada menos, lo que se les debe exigir. Es por ello, en estos tiempos donde hay que recordar y defender lo obvio, por lo que conviene denunciar que cuando se ataca a los docentes funcionarios, y se elaboran obtusos métodos alternativos de selección, se está atacando a la misma raíz de la Escuela Pública, a toda su diversidad, a todo lo que supone como plasmación de los ideales Ilustrados. En este sentido, como dice Fernández Liria, “la condición de funcionario permite blindar eso que se llama libertad de cátedra, y blindarla frente a las presiones gubernamentales o de la ideología de quién te contrata”. ¿Cabe mayor riqueza que ello? Es por esa razón por lo que hay que defender a ultranza esa maravilla de la Ilustración que es la Escuela Pública, y que está siendo sometida en estos tiempos grises que vivimos a un ataque sin cuartel por parte de la ideología neoliberal, con la lamentable ayuda, tal vez fruto de su ignorancia, del delirio de cierta izquierda desnortada.

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