Tan simple como hacer una encuesta rápida a las personas que le rodean en este momento para comprobar la diversidad de opiniones que genera decantarse por el creador, grupo o solista favorito. Mi experimento ha concluido con un punto para el compositor ruso Shostakóvich, otro para el gran Bebo Valdés, uno más para la banda One Direction y el último dedicado al conocido grupo español “Los Planetas”. Cada cierto tiempo suelo cruzarme con los típicos comentarios sobre el papel que juega la música clásica dentro de los principales ámbitos donde este arte construye su futuro, casi siempre afirmaciones del tipo “tenemos que adaptarnos a los nuevos tiempos”, “hay que ser más cercanos” o “necesitamos conectar con el público”, lo que hace que yo misma me plantee en ocasiones si mi vocación necesita estar en esos grandes círculos mediáticos que generalmente se encuentran copados por los músicos pop/rock.

Cotidianamente la música clásica se define con los términos “culta” y “minoritaria”, mientras que el conjunto de sonidos que se mueven en el mainstream es denominado “popular”. La música está ligada a la dimensión creativa del ser humano, pero la diferente percepción derivada de los variados referentes espacio-temporales han otorgado sentidos tan distintos que promueven la duda sobre si todas las músicas comparten la misma naturaleza. Esta variedad referencial incide en el hecho de que toda manifestación va unida a una incursión en el ámbito social, con los rasgos que la marcan y definen. Siguiendo este planteamiento, podría deducirse que la música culta se diferencia de la popular o tradicional en su particular significado histórico derivado de las funciones sociales que han tenido que cumplir a lo largo del tiempo y asociadas a lugares. Así, la música popular estaría en buena medida ligada a la tradición oral y al ritual y la recreación social derivada de esta cualidad, contando con un margen de improvisación en lo interpretativo y suponiendo una importante herramienta identitaria.

En un amplio contexto compartido por muchos, parece que estos dos mundos sonoros se encuentran en posiciones antagónicas donde los clásicos son mostrados como una minoría que se extingue, que sobrevive gracias al apoyo de recursos públicos y que ofrece productos tan elevados en el marco conceptual y estilístico que parecen inalcanzables para los mortales seguidores de la música de masas que, a su vez, disfruta de melodías “facilonas”, de ritmos estudiados para ser asimilados con una rapidez pasmosa y que, simulando un hacer de parte de sus creadores que proviene de una actitud transgresora, está dentro de la cadena de consumo. Personalmente, no me gusta plantear este debate desde el plano que divide estos dos mundos a partir de sus seguidores, adeptos o fans, prefiero generar diálogos desde el origen, desde la intención que los creadores, al dar vida a esas piezas musicales, tienen, sea un cuarteto para cuerda, un rap que versa sobre alguno de los problemas sociales a los que nos enfrentamos hoy día o la última balada escrita para Eurovisión.

Es habitual que las personas establezcamos lazos cercanos con el hecho musical y que busquemos en este arte aspectos que nos ayuden a contextualizar los retos vitales que necesitamos solventar, lo que refuerza de alguna forma mi idea de no distinguir al público en grupos excluyentes, en minoría y “masa”. La abundancia de estilos musicales actuales ha creado una diversidad entre los oyentes que posibilita que las audiencias se mezclen y que sean creados contextos enriquecedores donde convivan una gran cantidad de intereses musicales en un mismo espacio. Es, en ese complejo y crítico momento, donde tiene gran importancia la intención creativa de los gestores y musicólogos, pudiendo hacer actuales melodías de cientos de años, y también la de los propios compositores, sabiendo escribir para ese público ecléctico que ha comprendido que el gusto es abierto y educable.

Afortunadamente, en la actualidad podemos disfrutar de multitud de géneros musicales en un variado número de auditorios o teatros que nos facilitan descubrir propuestas que son afines a nuestros intereses y que responden a esa diversidad del público contemporáneo. Cuando me pienso dentro del conjunto de la industria musical, no me disgusta saber que me encuentro en la periferia, en el porcentaje de consumo que busca determinados sentidos con cierta complejidad. Seamos realistas, la música clásica no es un oasis de facilidades, requiere de cierta actividad y esfuerzo por parte del espectador y, por esa misma razón, tiene esa capacidad de atraer la posibilidad de traspasar la barrera del olvido, de generar mensajes perdurables y de crear presente donde edificar futuro.

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Directora de Orquesta y Coro titulada por el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, compagina su labor como directora con la docencia musical. Licenciada en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid, centra su interés en el estudio de las relaciones del binomio psicología-música. Su experiencia vital gira en torno a la cultura, la educación, la gente, la mente, la actualidad, lo contemporáneo y todos aquellos parámetros que nos conforman como seres sociales

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