Érase una vez el mago

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Le conocí en uno de los lugares más elegantes, inspiradores y privilegiados que he visitado en el mundo: la terraza del Hotel Felipe de El Escorial, donde Ava Gardner tomaba el sol cogida de la mano de Dominguín, donde durante muchos años -este no- se han celebrado los míticos Cursos de verano de El Escorial, gran perla de la excelencia cultural de nuestro país.

No me lo dijo, nadie me lo dijo, en teoría era un tipo más que estaba por allí: Tomás Fernández. Pero yo enseguida supe y noté que era él, que detrás de aquel ambiente maravilloso y sincronizado como un ballet tan inteligente como seductor, estaba él. Y automáticamente lo llamé -dentro de mí, en mi cabecita torpe y en mi corazón optimista- El Mago.

Y en efecto, era él quien movía cada hilo, montaba y desmontaba, soplaba como un alquimista sobre pequeñas arcillas hasta hacerlas brillar y vivir. En aquel momento me extrañó que los aplausos fueran para otro, que hubiese un rector cuya nombre no recuerdo y en cuya cara no me fijé; ahora -más viejo y menos ingenuo- pienso que para hacer verdadera magia es preferible que los ojos se fijen en otros y no en el hombre que la realiza.

El Mago. Fui a Ceuta en unas conferencias de la UNED, mi último viaje fuera de la península verdaderamente feliz, con él. Y también, con él y su chica y Diego Carcedo y su Cristina, estuve en Xauen. No hace falta que explique lo grato e interesante de la experiencia, ya he dicho que durante esos días fui verdaderamente feliz.

En Madrid me esforzaba por cruzármelo y encontrármelo cada vez que había ocasión. Y hubo un verano -la foto de más arriba usada como ilustración- en el que estalló una tormenta nocturna en la Casa de Campo con gran aparato eléctrico y un perfecto simulacro de diluvio universal; y sucedió que ambos, por motivos diferentes pero igual de mágicos, estábamos allí. Las caras y la actitud física de las dos figuras que aparecen en la imagen hablan por sí solas. ¡Qué gran momento!

Llevaba tiempo sin saber de él, de Tomás, de El Mago, cuando apareció en mi teléfono móvil una foto de su mano con un ejemplar de EL HOMBRE QUE INVENTÓ MADRID. Lo acababa de comprar y se sentía orgulloso y contento por mí.

Nos propusimos vernos…, pero costó. Su salud, durante meses, fue frágil y la mía, aunque no me guste contarlo, también.

Hasta hace unos días. Ya sabía que estaba en pie de aquelarre, haciendo magia otra vez, luchando para que saliera el mejor en las elecciones para la rectoría de la UNED; como es natural el candidato no era él, pues sigue siendo más eficaz un paso atrás: es el vicerrector.

-Ven a verme.

Comimos juntos. Pero antes de la comida hay una imagen que viví aunque no retraté. Llovía y los dos caminábamos bajo un enorme paraguas rojo, muy rojo, en mitad de un mundo, una ciudad sin apenas luz, una calle mojada y gris.

Doy gracias a Dios y a los dioses, a la vida y a la magia, de que haya gente así; y que a mí se me haya concedido la gracia de poderlos tratos y conocer.

El Mago. Sonrío. Todavía quedan muchos pequeños y grandes milagros que antes o después -me lo dice el corazón- le veré hacer.

 

(artículo dictado por Javier Puebla y mecanografiado por Ángel Arteaga Balaguer)

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