Equidistancia. Una bonita palabra que hasta hace no mucho apenas nadie utilizaba. Una palabra que, según el diccionario, aplicada a la actitud, hace referencia a que ésta es equilibrada y no se inclina ante las partes en un conflicto. Un concepto, por tanto, que tiene mucho de positivo, y bastante relacionada, a mi entender, con su prima hermana la objetividad o la cualidad de objetivo/a, definida en una de sus acepciones como “desinteresado, despasionado”.

Pues bien, de un tiempo a esta parte, cada vez leo más referencias a la equidistancia como si fuera algo despreciable, como si se tratara de una actitud lo suficientemente tibia como para que unos y otros la entiendan como contraria a “su verdad”.

No se trata solo de ese tema candente que está encendiendo España, y con razón. Ya percibí visos de esta reinterpretación del término en otros asuntos, del que recuerdo con especial virulencia el de Juana Rivas de la que, por cierto, todo el mundo parece haberse olvidado. De pronto, desembarcó como un invasión el frentismo. Conmigo o contra mí. De un bando o de otro.

Y ese es precisamente el problema. Quienes nos gobiernan –o más bien quienes nos deberían gobernar- nos han colocado en esa situación irresoluble. Porque en eso de ejercer la dirección y el control de un estado –siguiendo de nuevo al diccionario-, llámese cómo se llame, parecen haber perdido la brújula, porque nadie sabemos muy bien hacia dónde nos dirigimos y la situación dista mucho de estar controlada.

Pero no pretendo hacer una crítica de la clase –o la falta de ella- política, sino de la reacción ciudadana. En la calle, en redes, en tertulias o en chats, con el incomparable maestro de ceremonias de los medios de comunicación animando el cotarro.

Cada vez más aparece el conflicto, el enfrentamiento, la exigencia de adhesiones incondicionales en lugar de opiniones objetivas. Parece que quien escribe cualquier cosa –sea un tuit de 140 caracteres o un sesudo artículo de varias págnas- busca adeptos, no lectores. Y la cuestión se enquista y la brecha se hace cada vez más grande, a riesgo de que nos despeñemos por ella sin remedio.

En estos días he visto romperse amistades de mucho tiempo por una opinión, he visto discusiones entre familias y amargas disputas entre personas que hasta el momento luchaban juntas por un objetivo común, he visto insultos y faltas de respeto que creía propios de otros tiempos.

Y el problema es de planteamiento. Desde el primer momento, dos bandos, dos frentes, dos posturas irreconciliables. Blanco o negro, como si no cupieran en medio toda una gama de grises. Y en el frente, como siempre, los soldados rasos, mientras los generales se quedan observando en su sillón y diseñando supuestas estrategias para librar una guerra en vez de para buscar una solución.

Aquí, como en todo, nada es blanco o es negro. Y por eso el derecho a la crítica, a la libre opinion, sigue existiendo, o debería. Es más, es el patrimonio de una libertad y una democracia en cuyo nombre se dice actuar, y que tanto nos ha costado tener.

Se puede tener razón y hacer las cosas mal. Y también se puede no tenerla, y hacer cosas bien. Se puede, con razón o sin ella, dejar de hacer cosas que deberían hacerse, y hacer cosas que no se deberían hacer. La razón absoluta ni existe ni mucho menos es patrimonio de nadie. Aunque cada vez haya más gente que pretenda quedársela para sí. Y así nos va.

Me causa una profunda tristeza que la incapacidad o falta de previsión de algunos y el iluminismo de otros hayan logrado enfrentar a una ciudadanía que solo pretende vivir en paz y armonía.

Y me causa todavía más tristeza que hayan convertido la que es nuestra norma fundamental, la Constitución, en una suerte de arma arrojadiza para levantar murallas que separan en lugar de puentes que unen. En su día juré la Constitución y en ella creo como marco de nuestra convivencia.

De paso, no estaría de más recordar que esta misma Constitución tiene, lo crean o no, más de un artículo, más de un título. Que garantiza la igualdad, la no discriminación, el derecho a una vivienda digna, a un trabajo, y a otras muchas cosas de las que hoy parece haberse olvidado todo el mundo. Entre ellos, la vida de las mujeres que siguen siendo asesinadas por esa tragedia que es la violencia de género y que no arregla un pacto de estado sin presupuesto, o la situación de esos refugiados que nos comprometimos a acoger y que siguen muriendo sin que nadie se acuerde de ellos. Por poner algún ejemplo. A buen seguro ni a unas ni a otros les importa un ápice con qué bandera cubran sus cadáveres. Tal vez en eso consista la equidistancia.

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