El ladrón

Era una apacible tarde de verano. La noche había sido infernal. Mucho calor y demasiada humedad. Ahora, sin embargo, la temperatura se hacía soportable. El aire y la baja humedad, templaban sensaciones. Brandon conducía su flamante Cadillac Fleetwood Hard  del 57 que no hacía mucho había sido remozado por completo en uno de esos talleres, tan habituales en el país, que te tunean el coche a gusto. Conducía despacio. No tenía prisa. Quería lucir su espléndido Cadillac por las calles de Baton Rouge, mientras se dirigía a la casa que quería comprar. Acababa de girar de la interestatal 190  hacia Broadmoor Avenue. Su codo izquierdo apoyado en el hueco de la ventanilla y su mano derecha acariciando el volante. Mirada fija y altiva en el horizonte de una calle estrecha demarcada por casas a ambos lados. De pronto, oye gritos y un ruido enorme de algo que ha impactado en su vehículo. Para, se baja del coche y examina la parte trasera dónde se supone que ha recibido el golpe. Sólo ha sido un bote de Pepsi que, despedido por la rueda, ha chocado contra los bajos. Gira para llegar de nuevo al vehículo y un hombre blanco aparece en la escena. Viene corriendo. Cuando llega a su altura, se frena y comienza a andar. Se dirige a la puerta del Cádillac. Brandon le pregunta si le sucede algo y el tipo no contesta. Va derecho a meterse en su coche. Forcejean. No quiere pelear pero el tipo está dispuesto a llevarse el vehículo. Por Airline Dr. aparece un coche de policía. Frenan en seco. Se bajan dos orondos uniformados, rechonchos y con más de cien kilos de peso. No están para correr. Sacan sus pistolas. Apuntan hacia las dos personas que discuten y ambos se vuelven despacio con las manos en alto. Brandon quiere dirigirse hacia el policía más cercano para pedirle que arreste al hombre que le quiere robar el coche, pero con el primer paso, oye una deflagración. Un escozor y un fuerte dolor le salen del hombro. Sin tiempo, un segundo pinchazo le revienta el corazón.

-Tranquilo señor, le dice el policía al delincuente. ¡Todo está bajo control!

El hombre blanco, asombrado, no contesta.

-¿Ha sido usted quién nos ha llamado porque había un ladrón en su casa, nooo, señor?

El maleante sigue sin articular palabra.  El policía prosigue:

-¿Era este hombre el ladrón de su casa, verdaad,  señor?

El policía solicita una ambulancia para un ladrón de raza negra que permanece herido de bala en el suelo. En realidad hace rato que está muerto.

El hombre que había intentado robar el Cadillac de Brandon dice que va a aparcar, se mete en el coche y se marcha.


 

Basta con introducir en Google “Ladrones rumanos” para que las seis primeras entradas sean titulares de periódicos que explican sucesos dónde se contempla la nacionalidad de unos seres humanos que se dedican a apropiarse de lo ajeno. La nacionalidad no aporta nada a la casuística del robo en ninguna de las noticias, salvo crear prejuicios y animadversión hacia los ciudadanos de un país en el que, como en todos, hay pobres, ricos, honrados, ladrones, guapos, feos, licenciados y analfabetos.

En este mismo sentido, el pasado 8 de agosto, para informar sobre el resultado de voleibol en las olimpiadas entre Alemania y Egipto, el Periódico de Cataluña titulaba con una foto en la que se veía a una jugadora del país africano con el cuerpo cubierto de pies a cabeza, “Egipto sorprende con su atuendo de contraste en la playa de Copacabana” y debajo “Las jugadoras africanas perdieron claramente ante las alemanas en un partido marcado por dos culturas totalmente diferentes”. ¿Qué aportaba a la noticia del resultado del partido o de la acción del juego, que las jugadoras egipcias jugaran tapadas o la diversidad cultural de cada una de ellas? Nada. Las reglas del juego son iguales en ambos países y el calor de Rio, que se proponía como posible causa de la derrota, es más parecido al egipcio que al alemán.

Los estereotipos, prejuicios, arquetipos o clichés existen en todos nosotros. Sería estúpido negarlo. Lo peligroso de estas subjetivas clasificaciones viene cuando nos llevan a la intransigencia, el racismo, el odio o la homofobia. Lo indignante sucede cuando se utiliza la nacionalidad o la condición religiosa o sexual para crea fobia. Eso sí es populismo e indecente.

Estamos asistiendo a una peligrosa animadversión hacia todo aquello que tiene que ver con la religión musulmana y con sus practicantes. Hasta el punto de confundir árabe con musulmán o negro y africano con musulmán. Ni todos los árabes son musulmanes, ni todas las personas africanas son negras y musulmanas (ni todos los musulmanes son terroristas, ni todos los árabes ponen bombas. En Siria, por ejemplo, se respeta la libertad de culto, o al menos se respetaba hasta la guerra). No seré yo, un ateo confeso, quién haga aquí una arenga sobre la religión musulmana. Pero creo que esos comentarios, esas leyendas urbanas, la mayoría sin fundamento, que dicen maledicencias tales como que los musulmanes que viven en España paran en el trabajo tres veces al día para rezar, que los inmigrantes reciben más subsidios o ayudas que los españoles o que tienen más derechos que los nativos de aquí, sólo fomentan el odio y la exclusión. Los hay que las difunden por ignorancia y los hay (esos son los más peligrosos) los que las inventan y difunden con el ánimo de hacer daño.

En los tiempos, como el actual, en los que este sistema tan injusto siembra pobreza a diestro y siniestro, los delfines neocones esparcen el populismo fascista a través de la envidia. Todo el ser humano es envidioso y buscamos en la rareza del otro la justificación de nuestras miserias. Adoptamos mantras que nos salvaguarden de nuestro fracaso o que mitiguen la dureza de las consecuencias de nuestros propios errores. Creemos que nuestra caótica situación es consecuencia directa del éxito del vecino inmigrante o lo que es aún peor, de su mierda de vida que le hace trabajar centenares de horas por salarios de limosna y que, para sobrevivir, les lleva a convivir con otra media docena de congéneres en una habitación de diez metros cuadrados. Y les echamos la culpa de casi todo. Criticamos sus formas de vida, su poca o nula integración, mientras nos cambiamos de acera para no cruzarnos con ellos, mientras impedimos que vivan en nuestro bloque o nuestro barrio o mientras protestamos porque sus hijos vayan a la misma escuela, a la misma aula que nuestros hijos (o mientras hacemos lo imposible por llevarles a colegios privados concertados dónde sabemos que se discrimina racialmente). Creemos a pies juntillas informaciones capciosas que sólo pretenden crear animadversión. Nos indignamos porque trabajan en condiciones denigrantes mientras nosotros aceptamos condiciones parecidas. Insultamos a los ciudadanos chinos por sus horarios comerciales, mientras acudimos a las diez de la noche a comprarles una barra de pan. Nos parece indecente el servilismo de los latinoamericanos, pero nos aprovechamos del mismo cuando tenemos que cuidar a un enfermo y no podemos. Criticamos que acudan a Cáritas o al banco de alimentos usando móviles de seiscientos euros, mientras nos gastamos el dinero del paro en el mismo móvil de última generación. Nos creemos con más derechos por haber nacido en este país de corruptos. Corruptos que nos quitan el pan y nos llevan a la miseria pero a los que votamos porque creemos que nos salvarán de esa miseria con sus soflamas contra los distintos. Nos indignamos por el burka o la discriminación de las mujeres musulmanas pero aplaudimos (o consentimos por dejación) los discursos machistas y homófobos de los obispos o hacemos chistes denigrantes contra las mujeres o convivimos sin temor ni resquemor con los violentos machistas o los excusamos porque “son cosas de los matrimonios”.

La ley debe de ser igual para todos y por tanto debiera aplicarse con igualdad a todas las personas sin distinción de raza, condición religiosa o país de nacimiento. Pero quienes tienen que aplicarlas son personas con sus prejuicios y sus culturas preestablecidas. Exigimos que los que vienen aquí, desde fuera, se integren en nuestras costumbres y culturas, pero criticamos que nos hagan poner el velo cuando visitamos una mezquita en Marruecos, Libia o Egipto. La libertad de expresión debiera prevalecer sobre el sentimiento religioso, pero observamos que César Strawberry, el malogrado Javier Krahe o los concejales Zapata o Maestre no son tratados bajo el mismo criterio que a los obispos de Alcalá o de Getafe. Nos alegramos cuando un Imán es detenido por arengar a las masas, en una mezquita, contra las mujeres pero permanecemos pasivos cuando un obispo hace lo mismo contra los homosexuales.

Cuando expresamos nuestros miedos en forma de estereotipo, cuando aceptamos que la nacionalidad o religión tienen que ver con las maldades de los demás, cuando creemos que sus desgracias serán nuestro beneficio, estamos alimentando el odio, estamos mandando un peligroso mensaje fascista a nuestros hijos y estamos, sobre todo, siguiendo los pasos de una ruta marcada por aquellos cuya única patria es cualquier paraíso fiscal y la única religión que practican es la del dinero. Aquellos que de verdad son causantes de nuestra miseria y de nuestra limitación de derechos y que apuntan hacia los nuestros para tenernos entretenidos en nuestras riñas sin peligro de que disputemos con ellos.

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Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentahistorias freelance o mejor dicho un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Ahora participo activamente en PODEMOS, más que por convicción, por la necesidad de regeneración. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Subjetiva y probablemente equívoca, pero es mi opinión. Si me equivoco rectifico. Sólo el que rectifica aprende algo. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.

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