“Cuando yo muera quiero tus manos en mis ojos: quiero la luz y el trigo de tus manos amadas, pasar una vez más sobre mí su frescura: sentir la suavidad que cambió mi destino. Quiero que vivas mientras yo, dormido, te espero, quiero que tus oídos sigan oyendo el viento, que huelas el aroma del mar que amamos juntos y que sigas pisando la arena que pisamos”. Son los versos que Pablo Neruda nos dejó al comienzo de su soneto “Noche”, incluido en sus “Cien sonetos de amor” de 1959, un ejemplo más de que la palabra necesita de entonación y pausa, de sonido y silencio, de ritmo y tiempo para poder ser transmitida, para facilitar su comprensión y para lograr la interacción que lleva a la comunicación humana. Y es que el ser humano necesita comunicarse en su más amplio sentido del término y en sus múltiples posibilidades para conseguir contactar y conectar con el otro, una tarea en ocasiones más complicada a priori para personas con diversidad funcional y que, sin duda, la música puede potenciar de variadas formas.

El destacado psicólogo cognitivo español Ángel Rivière (1949-2000) dedicó gran parte de su trayectoria a describir, basándose en el pensamiento de Vygotski. las Funciones Superiores como aquellas capacidades que requieren de la interacción con los demás para funcionar en plenitud, véase el lenguaje, el juego simbólico o la perspectiva del Yo frente al Tú. Muchos colegas siguieron sus importantes aportaciones demostrando evidencia científica en la importancia de los procesos subyacentes a la comunicación no verbal y, en concreto, a la habilidad de conectar con el otro emocionalmente, para el desarrollo de estas capacidades. Si a ello añadimos multitud de estudios científicos que han encontrado cómo procesos musicales favorecen su adquisición, podremos concluir que la música es una destacada herramienta para trabajar en esta dirección.

Pero, ¿cómo la música puede mejorar el desarrollo de las personas con diversidad funcional? Quizá la relación más directa venga de su dimensión lúdica, del hecho de que la música nos permite evadirnos, desconectar, relajarnos y disfrutar, reduciendo miedos o bloqueos, mitigando la ansiedad y ayudando a sustituir un estado emocional negativo por otro más dinámico y animado, donde se favorece la transmisión y experimentación de sentimientos y se potencia la empatía. La escucha y reproducción de sonidos musicales, la interiorización del ritmo, de las melodías, incide en las capacidades físicas y psicológicas de estas personas, mejorando su atención, su respuesta corporal y su motricidad, potenciando el desarrollo sensorial, la coordinación y, a la par, la creatividad y la motivación.

Ahondando un poco más en la cuestión, unir la música al trabajo con personas con diversidad funcional sensorial, física o intelectual, implica, desde mi punto de vista, saber facilitar el espacio y momento donde se genere la oportunidad de que aparezcan vías para la expresión. Ser abiertos y no poner límites resulta absolutamente necesario en ese proceso que proporciona accesos realmente sorprendentes en cuanto a la comunicación mediante la voz, el cuerpo, la mirada, los gestos, y que da sentido a los verbos crear, compartir, imaginar, soñar. Cualquier avance es fundamental en el camino, cualquier pequeño cambio supone un paso de gigante para estas personas, sus familias y sus terapeutas, un ejemplo de superación a todos los niveles en un largo y continuo viaje individual y en un mundo que aún tiene mucho trabajo por hacer en cuanto a la adaptación y a la comprensión de valores tan cruciales para la vida en sociedad como la atención a la diversidad.

La música es belleza, es arte, es matemática e intelecto, es identidad, memoria, emoción y sentimiento, es orden, esfuerzo, constancia y otra infinidad de calificativos según la mente y el momento histórico desde el que se mire pero, aplicada, la música es motor importante de cambio individual y grupal, un fuerte instrumento de ayuda para todas aquellas personas que lo necesitan. Ahora bien, el proceso no es viable sin recursos y los recursos pueden exigirse cuando existe una sensibilidad social compartida en una misma dirección. Aún nos falta mucho por aprender y mucho por construir pero solo podremos hacerlo con el apoyo y trabajo de todos, particulares, gobiernos, instituciones, y con una educación que funciona en pro de una conciencia colectiva común sobre el término diversidad y sus implicaciones.

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Directora de Orquesta y Coro titulada por el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, compagina su labor como directora con la docencia musical. Licenciada en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid, centra su interés en el estudio de las relaciones del binomio psicología-música. Su experiencia vital gira en torno a la cultura, la educación, la gente, la mente, la actualidad, lo contemporáneo y todos aquellos parámetros que nos conforman como seres sociales

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