El autoritarismo, que es la forma más apocada de debilidad, elude lo complejo, pide relatos simples. Es una reducción a una realidad ideológica que no admite antagonismos. Claude Levi-Strauss advertía que una sociedad que no es capaz de generar su propia negatividad, es una sociedad sin futuro. La derecha contempla siempre como demostración de fuerza el cierre autoritario del sistema o negar el derecho a la transgresión, cuando lo que en realidad representa es un claro signo de debilidad e impotencia. Porque la derecha, convierte su debilidad en fuerza con algo ajeno a sí misma: la debilidad de los demás. Ortega, en su ensayo sobre Mirabeau, afirma que tal vez el grande y morboso desvarío que Europa estaba pagando en su tiempo provenía de haberse obstinado en no distinguir los arquetipos de los ideales. Los ideales son las cosas que según estimamos deberían ser. Los arquetipos son las cosas según su ineluctable realidad. Y esa ha sido la gran debilidad de la izquierda y la gran fuerza de la derecha: que los ideales conservadores han sido aceptados por los progresistas como arquetipos después de abolir los suyos propios.

Todo ello ha hecho posible la imposición de una ideología del desamparo a una sociedad que se siente amenazada por el individualismo fundamentalista, la descohesión social, la cultura del todo vale y sálvese quien pueda, la sospecha permanente sobre los derechos presentados como privilegios, el desplazamiento de las rentas del trabajo al capital, las brutales aceleraciones históricas, el cambio de escala y de referencias, en el ámbito del ortopédico modelo heredado de la Transición donde los poderes no sujetos al control democrático son tan influyentes que resulta casi imposible realizar una política afín a las mayorías sociales si esta política no se compadece con los intereses de los poderes fácticos económicos, sociológicos y financieros. Cuando el interés general desaparece del horizonte del sistema la corrupción se convierte en las únicas reglas del juego.

El filósofo italiano Gianni Vattimo, afirma que “la izquierda se contentó con pequeñas reformas. Los partidos socialistas se han acostumbrado a ser fuerzas de gobierno y eso los mata. Pierden su electorado al comprometerse con los poderosos.” En su nuevo libro, Vattimo aborda cómo la caída del sistema comunista, por un lado, y la revolución conservadora encabezada por Margaret Thatcher y Ronald Reagan, por otro, desplazaron el centro de interés hacia la eficiencia en la gestión económica, que se identificó con el funcionamiento de los mercados desregulados. La abundancia que se generaría haría irrelevante la preocupación por la igualdad. Blair y la tercera vía colocaron en el primer plano de la reflexión y de la acción de gobierno, no la igualdad en sí, sino la igualdad de oportunidades, pero no definieron una visión social alternativa. Las desigualdades crecieron y, como dijo Rousseau, la desigualdad material no es un problema en sí misma, sino solo en la medida en que destruye la relación social. Una diferencia económica abismal entre los individuos acaba con cualquier posibilidad de que habiten un mundo común. La carencia de metafísica desarrolló los postulados de la izquierda hasta una situación de no izquierda que no es sino un full ahead hacia el abismo. Creer que las ideologías resbalan sobre la sociedad, que la dejan intacta, que son expectoradas por ella, es un grave síntoma de que el socialismo estaba en trance de perder los contextos, de carecer de historia propia, de concebir a la izquierda como una inhibición.

En ningún país de nuestro entorno podría gobernar un político de las características de Rajoy, con la corrupción severa sobre sus hombros, ni en las circunstancias en que lo hace, ni sería posible el enquistamiento del régimen de poder que favorece el relato simple del autoritarismo y cuyo agotamiento deja sin respuesta los graves problemas que derivan de la poliédrica crisis territorial, social, institucional y política que sufre España. Por su parte, un Partido Socialista constituido, por el consenso de la Transición, como sustentador de cuanta decadencia y espacio fallido existe hoy en el sistema debe dar paso, y así lo expresó la militancia en las últimas primarias celebradas, a un PSOE constituyente, creador de un tiempo democrático nuevo, impulsor del cambio social e instrumento de autodefensa de las mayorías sociales.

 

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