En 1985, el profesor de psiquiatría Richard Gardner acuñó, por primera vez, un término que le serviría para desarrollar la idea de un trastorno del comportamiento en niños que denominó Síndrome de Alienación Parental (SAP).

Gardner lo describió como un desorden psicopatológico que se produce en la infancia por el que el niño rechaza de forma activa a su padre, inducido por verbalizaciones y falsas acusaciones de la madre hacia el progenitor masculino, en el contexto de una separación o divorcio.

Han pasado ya 31 años desde que se acuñara el término y, en el ámbito científico, siguen sin ponerse de acuerdo sobre si este síndrome reúne los criterios para ser aceptado científicamente; aunque ha sido rechazado como tal por las dos instituciones con mayor reconocimiento en el ámbito de la salud mental: la OMS y la APA (American Psychiatric Association).

Más allá de las consideraciones de una u otra organización, el SAP no existe como tal, principalmente, porque entre los criterios diagnósticos que pretendían que fueran indicativos de su existencia no se evalúan o diagnostican las conductas o actitudes del niño, sino la de los padres.

Así, lo que se estaría evaluando es un comportamiento alterado en los progenitores – sin hacer diferencia de si es hombre o mujer -, que podría tener como consecuencia una alteración en los patrones de conducta del niño.

Es decir, el mayor problema de este síndrome sería que, para su diagnóstico, los profesionales deberíamos centrarnos en la conducta de los padres y no en el niño en sí.

Si atendemos a la conducta, emociones y psicología del niño, lo que podríamos encontrar son los Trastornos de inicio en la infancia o la adolescencia. Dentro de este apartado, se encontrarían trastornos del sueño, de la retención de esfínteres, conducta alimentaria, comportamiento, etc… hasta llegar a Trastornos Adaptativos, de Ansiedad y Depresión. Estos sí tienen validez científica, pero nunca deberían usarse como arma arrojadiza en un juicio por la custodia de los descendientes.

Y es que la conducta de un niño nunca puede escindirse de la situación familiar y de la conducta de los padres. Si atendemos al desarrollo evolutivo del infante, durante los primeros años de vida y hasta bien entrada la adolescencia, estos van formándose en base a las influencias del entorno familiar, en primer término, repitiendo patrones de conducta y verbalizaciones de los padres y familia más cercana. Con la entrada en el colegio y de manera progresiva, las figuras de apego familiares van perdiendo su importancia y comienzan a identificarse con su grupo de pares – los otros niños y niñas del colegio – y empieza a desarrollar su propia personalidad en la adolescencia (proceso de individuación), terminando de cristalizar en torno a los 18 años de edad.

Teniendo en cuenta esto, la existencia de una situación de tensión entre las figuras de apego va a repercutir en el niño; de esta manera, la falta de una adecuada integración de la situación familiar y del contexto, puede llevarlo a desarrollar alguno de los trastornos comentados anteriormente. Pero estos tienen que ser evaluados, diagnosticados y tratados como tal y no sólo dentro de la variable contextual (el divorcio o separación, en esos casos).

Por desgracia, el SAP sólo ha tenido cierta validez en el terreno judicial, donde ha servido para culpabilizar a uno de los padres de las actitudes de los hijos hacia el otro progenitor, convirtiendo a los padres en verdugo y víctima, respectivamente, y dejando de lado las necesidades del niño.

He aquí donde se comete el mayor error. El hijo es la víctima de los comportamientos y verbalizaciones de sus padres y, como consecuencia, desarrolla sintomatología ansiosa, fóbica, depresiva o trastornos del comportamiento que pueden, o no, expresarse en forma de rechazo hacia una de las partes.

Así, también podría darse que rechazaran a profesores, compañeros, abuelos, hermanos,… con el mismo repertorio conductual y, en estos casos, no estaríamos hablando de SAP, sino de otro tipo de trastornos, como pudiera ser el Trastorno reactivo de la vinculación de la infancia.

El tratamiento de los trastornos psicológicos que se inician en esta etapa de la vida, siempre tiene que estar por encima de las necesidades de los padres y siempre tiene que ir acompañado de sesiones de evaluación y psicoeducación con estos, ya que es de ellos de quien depende la educación y bienestar de sus hijos.

Si los padres se quedan estancados en su lucha de poder, lo único que van a conseguir es no saber la verdadera razón por la que su hijo rechaza a uno de ellos y mantener un problema que puede tener consecuencias más graves conforme los pequeños van desarrollándose.

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