Ilustración de Alberto Vargas / marinasalvador.com

Su amiga Alejandra le había presentado a Pablo. Fue por una razón práctica. Ella tenía una amiga que alquilaba una habitación en su casa y Pablo necesitaba solucionar de forma urgente su alojamiento a un precio económico. Simplemente los puso en contacto. El primer día que se conocieron no se hicieron caso, quizás ni siquiera intercambiaron palabra.

No estaba mal, moreno, delgado, ojos color miel, pero Valentina tenía todavía en la cabeza una última relación, tormentosa como todas las suyas.

Se vieron varias veces en distintas situaciones y siempre en ese mismo plan frío y distante. En una ocasión, cuando su amiga celebró su cumpleaños en un restaurante, él llegó tarde después de jugar al Paddle. Se acercó a Valentina, ¿cómo estás?,
bien, ¿y tú?, bien, no me dio a tiempo a ducharme, estoy hecho un cerdo, perdona,
no te preocupes, no se nota nada….

Y aquí tuvo que admitir que en esa distancia corta, en esa situación, no le fue tan indiferente. Verlo así, sudado, con un chándal que le marcaba la musculatura, hizo que se le disparara la imaginación. Pero a él no parecía que le hubiera pasado lo mismo con Valentina.

Alejandra (la amiga), decidió celebrar la nochebuena un día antes, el 23 de diciembre, con una fiesta de disfraces en su casa. Valentina que nunca se había disfrazado y a la que no le hacían gracia esas fiestas, inexplicablemente decidió ir. Pero, ¿qué disfraz? Aunque supuso que sería un tema recurrente, se decidión por un traje de papá Noel, bueno, en realidad de mamá Noel porque tenía una minifalda roja de satén que pensó que podría servir en lugar de los pantalones. Le pidió a su hermana el traje que le habían hecho a su sobrino de doce años. La chaqueta le quedaba muy justa pero le entraba bien y con la minifalda, las botas altas y medias de red, le pareció que quedaba un resultado muy sexy. Le faltaba el gorro que se compró en unos chinos en un kit que venía también con la barba.

Decidió ponérsela en un arranque de audacia. El efecto le pareció muy sugerente y en esa noche fría y desapacible de diciembre se dirigió a la casa de Alejandra con determinación y un poco de vergüenza que le apretaba el estómago.

La fiesta era un timo, casi nadie disfrazado, a lo más que llegaban era a ponerse un gorro de Papá Noel. Valentina estaba indignada porque ella se tomaba muy en serio las instrucciones y si había que ir disfrazada ¡se iba disfrazada!
Apechugó con la timidez y se quedó muy digna de Mamá Noela, como la habían bautizado, levantando la copa, unas veces riéndose de forma estentórea, otras poniéndose en posición sexy tirando besos al aire como se imaginaba que haría Marilyn Monroe en su situación, cada vez que alguien le sacaba una foto.

De repente lo vio, mirándola con cara burlona desde lejos. Sí, era Pablo, sin disfraz. Se acercó a saludarla, y mientras hablaban y bailaban, Valentina veía en sus ojitos color miel, un brillo que demostraba que ya se le estaba ocurriendo esa misma idea que se le había pasado a ella por la cabeza con los sudores y el paddle. ¿Sería fetichista?

Lo cierto es que ya no se le despegó en toda la noche y, por supuesto, cuando Valentina se despidió, le dijo que la acompañaba.
Una vez en su portal, preguntó, ¿me invitas a tomar algo en tu casa?,
claro, sube, no sé si tendré algo para ofrecerte,
seguro que sí…
Subieron, charlaron, se besaron, se acariciaron,
¿cómo no te había visto así antes?,
ya ves, la magia del disfraz…
Le fue sacando el gorro, la barba, la chaqueta, la falda, pero no las medias de malla ni las botas. Como había supuesto era un fetichista,
vamos a mi habitación, aquí hace frío,
me muero por estar en tu cama…
Entraron al dormitorio, la echó en la cama y le rompió las medias. Era un artista, recuerda Valentina, lograba que quedaran rotas en el lugar preciso. La folló así, medio desnuda, con las botas y restos de pegamento en la cara.

Claro, pensaba Valentina, es que el sexo es una cosa mental. Pero, caray, cuando ya iba por la docena y media de pantys de malla rotas, cuando ya se le agotaron los disfraces posibles, cuando se hartó de sacar tiempo entre reunión y reunión para comprar lencería a su gusto, cuando dejó de ser divertido y comenzó a ser un trabajo, Valentina mandó a la mierda a Pablo, a su rollo mental, a sus fetiches…. añorando a aquél (¿cómo se llamaba?) que le había parecido tan convencional, tan aburrido, tan normal…

 

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