Hermano de tantos pueblos que han querido separar
porque saben que aun pequeños, juntos somos un volcán.

Carlos Mejía Godoy

 

Como en un verdadero juego de mesa, cuando uno observa las organizaciones internacionales económicas sudamericanas ve como se entrecruzan las siglas y como los diversos países de la región participan en ellas superponiendo misiones y objetivos, sin lograr una diferenciación clara de funciones y multiplicando razones de ser.

De las que actualmente están vigentes, la más antigua es la Organización de Estados Americanos (OEA) que, como su nombre lo indica, excede a la región, y en ella participan los 12 países sudamericanos (Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Guyana, Paraguay, Perú, Surinam, Uruguay y Venezuela), con objetivos definidamente políticos y continentales, se encuentra un tanto desfasada respecto a la realidad actual y con mucha influencia de Estados Unidos. Por ello, y con el objetivo de actuar políticamente con mayor independencia de sus vecinos del norte, los 12 países sudamericanos conformaron la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), que ha tenido su época de apogeo en la coordinación política para actuar frente a crisis políticas regionales como la destitución del Presidente Lugo en Paraguay o el conflicto armado colombiano.

También estos 12 países conforman la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) en la cual, como su nombre lo indica, se incluyen países de Centroamérica que no forman parte de la UNASUR, aunque sus objetivos no difieren mucho de ésta.

Los tres ejemplos reseñados tienen una clara vocación política y carecen de una esfera económica que los complemente, por lo que para sortear esta situación, en lugar de profundizar la integración se optó por el establecimiento de otras herramientas de coordinación e integración económica, la más antigua de ellas, y sucesora de la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC), es la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI) que nació en 1980. Esta asociación, a través de sus Acuerdos de Complementación Económica (ACE) sirvió de base para la constitución de proyectos de integración en la región.

Así nació el Pacto Andino, devenido en Comunidad Andina de Naciones (CAN) y el Mercado Común del Sur (MERCOSUR), que hoy en día con la excepción de Guyana y Surinam que no participan de la CAN y Venezuela que se retiró de ella, comparten sus miembros, ya sea de forma plena o asociados. Ambos procesos, que son los que más lejos han llegado en cuanto a integración económica y constitución de instituciones para su funcionamiento se encuentran actualmente en crisis, con profundos estancamientos y cuestionamientos sobre su accionar.

En paralelo a ellos, y más cercanos en el tiempo y con menor participación de países de la región surgieron dos procesos de integración y cooperación económica. Por un lado la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), surgida como contrapartida del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), impulsada por Estados Unidos y cimentada en criterios ideológico muy diferentes a los que guían el resto de los procesos, aunque de manera incipiente, es una de las propuestas más acabadas de un proceso político y económico completo. Por el contrario, la Alianza del Pacífico (APAC) es una propuesta de integración marcadamente económica, que, surgida hace apenas un lustro, se basa sobre la coordinación de los socios pero sin una estructura de funcionamiento permanente.

Como se vio en este rápido repaso, interactúan en la región 12 países y 8 organizaciones internacionales que solapan objetivos y misiones, sin lograr ninguna de ellas una presencia internacional de peso ya sea en el ámbito económico o en el ámbito político, ni tampoco pudiendo generar una sinergia entre política y economía que posicione a los países sudamericanos como actores de relieve en el concierto de naciones del mundo.

Es notorio entonces que es necesaria una reformulación de la utilidad de tener este tipo de entramado organizacional en la región y la importancia de un mayor potenciamiento de algunas de las instituciones en desmedro de otras.

Sin pretender seguir su modelo ni creyendo que es el camino a recorrer a ojos cerrados, el ejemplo histórico de Europa que, tras haber desarrollado instancias diferentes para la coordinación e integración política y económica logró hacer converger los diferentes caminos en pos de construir una herramienta con mayores capacidades y posibilidades de acción, debe observarse con atención.

Así lo entendieron por ejemplo los presidente Raúl Alfonsín y José Sarney, quienes desde los propios inicios de la cooperación e integración argentino brasileña establecieron que éstas no debían circunscribirse a cuestiones políticas o económicas sino que, por el contrario, lo que realmente potenciaría a la región era el trabajo mancomunado en las diversas áreas de acción gubernamental.

Por ello el desafío de la hora es construir esa herramienta de integración que coloque a la región en el concierto mundial de acuerdo a sus posibilidades y sus potencialidades, sobre la base de lo construido, haciendo coincidir las diferentes opciones para complementarlas, logrando generar una opción superadora que logre la tan ansiada y postergada unión económica y política de la región.

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