El otro día hice unas pruebas físicas para acceder a un curso de técnico deportivo de montaña. La primera era de resistencia. Había que recorrer 15,5 kilómetros, con un desnivel de 1507 metros, y una mochila con al menos diez kilos a la espalda, en un tiempo máximo de 4 horas 40 minutos. Después, tres pruebas de habilidad, que no vienen al caso.

Diez días antes, fui con un amigo a hacer el recorrido, para probar. Tardé 4 horas 47 minutos, y llegué exhausto. Los últimos kilómetros los hice casi arrastrándome, no podía con mi alma, y la mochila aumentaba su peso a cada paso que daba. Sufrí como nunca lo había hecho en el monte. Llegué al final por mi fuerza de voluntad, pero el cuerpo me pedía a gritos que parara. Llegué, como decía, fuera de tiempo. Hubiera suspendido. Me quedaban 10 días para intentar arreglarlo.

Llegó el día de la prueba, y… ¿qué pasó? Pues que tardé ¡una hora y 23 minutos menos! Sí, has leído bien: 3 horas 24 minutos fue el tiempo que necesité para recorrer esos 15 kilómetros y medio. Y el lector se preguntará… ¿qué pasó? ¿Cómo es posible que, en tan sólo 10 días, el resultado fuera tan diferente? Lo explicaré a continuación.

Por un lado, mejoré mi alimentación. Por otro, dosifiqué mejor mis fuerzas. Pero hubo algo que marcó realmente la diferencia. Algo muy sencillo, algo al alcance de cualquiera. En los momentos de dificultad, cuando las fuerzas parecían empezar a flaquear o el terreno se hacía más cuesta arriba, cuando me dolían las piernas, yo dibujaba una sonrisa en mi cara. Fácil, ¿no? Sí, sonreía. Le ponía al mal tiempo buena cara. Y con eso, ¿qué conseguía? Por un lado, mandarle a mi cerebro el mensaje de que todo iba bien, de que estábamos disfrutando de un alegre día de campo, de que el cansancio no iba a poder conmigo.

Por otro lado, al sonreír, liberaba endorfinas, es decir, unos neurotransmisores que, entre otras cosas, tienen efectos analgésicos y producen sensación de bienestar. Son una suerte de opiáceos naturales que segrega el organismo, y cuyos efectos pueden llegar a ser hasta 20 veces más potentes que los medicamentos contra el dolor que se venden en las farmacias. Estas moléculas promueven la calma, mejoran el humor, reducen la presión sanguínea, retrasan el envejecimiento, potencian el sistema inmunitario

Y todo eso, ¿con sólo una sonrisa? Así es, todo eso, con sólo una sonrisa. La que marcó la diferencia principal entre el día de las 4 horas 47 minutos, y el de las 3 horas 24 minutos.

En coaching decimos que la persona está constituida por cuerpo, emoción y cognición. Son un todo, no se pueden separar. Y el estado de una parte afecta al resto. Las emociones están estrechamente ligadas a la corporalidad. Y a la cognición, a nuestros pensamientos. Si modificamos una de las tres partes, cambian también las otras. Es por eso que si sonríes, aunque sea de manera forzada, acabarás consiguiendo entrar en la emoción de la alegría. Las señales del cuerpo (una sonrisa) logran que aparezcan emociones positivas (alegría, fuerza). También podemos usar el lenguaje, con mensajes de ánimo: “venga, tú puedes”. Particularmente, me parece más efectivo el primer método.

¿Puedes imaginar, entonces, lo que serás capaz de conseguir si sonríes? Este “truco” no sólo es válido para el esfuerzo físico, las pruebas deportivas, etc. Sonreír provoca efectos beneficiosos para el organismo en cualquier situación de la vida. Y lo hace, por las dos razones mencionadas: porque se le manda al cerebro el mensaje de que todo está bien, y porque se liberan endorfinas, esas moleculitas tan simpáticas y con tantos efectos positivos.

Pero los efectos positivos de sonreír no acaban ahí. Si la vida se pone cuesta arriba, sonríe. Si has tenido un mal día, sonríe. Si estás triste, sonríe. Si estás enfadado, sonríe. Si estás pasando una mala racha, sonríe. Sonríete a ti mismo, sonríe a tu pareja, sonríe a tus hijos, a tu vecino, al tendero de la esquina, al conductor del autobús, al policía que te acaba de poner una multa, a esa señora con la que te cruzas por la calle y no conoces de nada, al camarero que te sirve el café por la mañana, a tus compañeros de oficina, a tu jefe… ¡Imagina el regalo tan grande que puede suponer para tu cuerpo y para tu mente si te pasas el día sonriendo!

Aún hay más. Imagina el clima que puedes crear a tu alrededor si sonríes. Porque además, la sonrisa tiene un tercer efecto que aún no hemos comentado, un efecto social: es contagiosa. ¿Qué pasaría si todos fuéramos por ahí sonriendo, contagiándonos unos a otros ese virus tan amable? Prueba a sonreír, y verás cómo esta máxima se cumple.

Consejo de coach: Cuando te levantes por la mañana, mira al espejo y dedícate una sonrisa. Después, sal a la calle y sigue sonriendo. Además, cuando las cosas se te pongan cuesta arriba, sonríe. Al principio quizá te cueste. Pero no tardarás en notar los beneficios. Entonces, ya no querrás abandonar esta droga.

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