Era un piano. Fue madera, metal, marfil.

Finalmente fue un piano.

El artesano soñó cuando sus manos lo diseñaron.

Pasó horas, días en su taller que se convirtieron en meses, ensamblando aquellos nobles materiales, amaba su obra y se reflejaba amorosamente en ella.

Cuando tras la muñequilla en el piano brilló, suspiró feliz.

Días después sintió pena al verlo partir cubierto con un lienzo blanco, pensó que era ley de vida, sería feliz sonando que era para lo que había sido creado.

El comerciante que lo compró lo puso a la venta en el escaparate de su tienda, un conocido comercio junto a la Catedral.

Durante días muchas personas preguntaron por el instrumento. Para la mayoría, estudiantes, principiantes, era demasiado caro, otros lo admiraban aun sabiendo que jamás sería suyo.

Una mañana el sol iluminó la Catedral, también al piano.

Estaba perfecto, un ramo de rosas sobre él realzaba aún más su belleza.

Un hombre ante el escaparate lo admiró, siempre había querido poseer algo así. Todos sus amigos le envidiarían. Y entró a la tienda.

Era alto, fuerte y de aspecto agradable, impecable dentro de su traje gris.    Gastó bromas con el comerciante a propósito del precio del instrumento, que hicieron reir a las dependientas.

El piano se ilusionó, por fin sus deseos se verían cumplidos.

Haría escuchar a aquel hombre la más maravillosa música al contacto con sus manos.

Con mucho cuidado y bajo la mirada supervisora de su dueño lo subieron otra vez a una furgoneta.

Su entrada en la casa fue triunfal. Lo colocaron en el mejor sitio del salón, junto al ventanal desde donde se disfrutaba de la vista del jardín y lejos del excesivo calor de la chimenea.

La primera noche el piano lo vio acercarse feliz, pero cuando sintió que aporreaba sus teclas comprendió que no sabía tocar y lloró de desilusión.

Aunque un piano no llora.

Él no necesitaba que el piano sonara, era feliz al poseerlo y que todos supieran que era suyo.

Esperó, estaba acostumbrado a esperar, pensó que él aprendería, que distinguiría su sonido del de la zambomba que tocaba en Navidad.

Noche tras noche lo veía pasar por el vestíbulo hacia el dormitorio sin acordarse de él. Por la mañana entraba en el salón, tras el desayuno se sentía de buen humor, entonces reparaba en el piano, pasaba su mano por la maravillosa madera mientras comentaba: -eres realmente hermoso –y se marchaba.

El piano comenzó a languidecer, sus esperanzas, sus ilusiones no se cumplían.

Estaba hecho para vibrar, para que le escucharan, permanecer en silencio iba contra el destino para el que se había creado.

Un hermoso día el sol iluminó el jardín, también el piano. Por la tarde él se le acercó decidido mostrándolo a una figura desconocida que le acompañaba:

-Mira que piano tengo. Me costó… bueno demasiado, pero es una joya.

-Es hermoso- Respondió el otro hombre.

-En realidad para mí es un adorno, no se tocar.

-¿Puedo?

-Claro, toca, toca.

El segundo hombre era delgado con manos de dedos largos y suaves.    Despacio se sentó en el taburete y abrió el teclado. Suavemente pasó por él sus dedos. El piano se estremeció, pero él se levantó enseguida. Le escuchó comentar mientras caminaba hacia la puerta:

-Otro día lo tocaré, se me hace tarde, este instrumento merece que le dedique más tiempo-.

Durante semanas recordó con nostalgia las manos que lo acariciaron.

Por entonces llegaron las Fiestas de Navidad, mucha gente se movía por el salón comiendo y bebiendo. El anfitrión les mostraba el piano, pero lo suyo era la zambomba que dominaba a la perfección, con ella no tenía que aprender, ni leer música.

Pasadas las vacaciones amaneció otro día maravilloso y con él llegó la figura deseada.

El gran hombre a su lado le animaba:

-Aquí lo tienes. Es todo tuyo, te dejo solo-.

La figura se hizo hombre, la habitación recibió todos los colores de la tarde cuando él se sentó en el taburete. Muy despacio los largos dedos comenzaron a tocar.

Surgieron maravillosas notas, nació la música esperada, se reinventó la luz, el aire, el mar y todos los sueños se cumplieron.

El piano se sentía feliz.

Aunque un piano no siente.

Entonces apareció su dueño apremiando:

-Bueno, basta, no vas a estar sentando ahí toda la tarde. Tomemos una copa-.

El pianista obedeció resignado mientras preguntaba:

-¿Te ha gustado la música? ¿Escuchabas?-.

-Si. Algo escuché desde el jardín, pero ya sabes que no entiendo de esto-. Contestó.

Durante unos días se hizo el silencio sólo interrumpido por las palabras de aquella mujer del plumero que repetía entre dientes:

-¡Vaya trasto! A quién se le ocurre comprar esto. No sirve más que para acumular polvo-.

Por la tarde volvió a escuchar la voz del pianista:

-Tengo una hora libre y me gustaría tocar su piano-.

A partir de entonces todas las tardes el piano esperaba aquella hora. Se fundían las manos y las teclas en una comunión indescriptible.

Existir tenía sentido.

Pero la felicidad no dura siempre. Aquel día no salió el sol y la tarde se hizo noche de repente al escuchar la voz del pianista:

-He venido a despedirme. Me trasladan a otra ciudad. Lo siento por el piano, es un piano muy especial-.

-Le echaremos de menos, pero no se preocupe, en todas partes hay pianos, donde vaya encontrará otro-. Le animó su dueño.

-No. No como este-. Respondió el hombre delgado alejándose-

El piano hubiera querido expresar su miedo a la soledad y al silencio.

Pero un piano no habla.

¿O si habla?

A su manera el piano habló.

Durante toda la noche su música se escuchaba por toda la casa. El piano sonaba sin que nadie lo tocara.

Su dueño se asustó muchísimo. Solicitó en el Conservatorio de la dirección del profesor de música y le envío el instrumento como regalo.

Desde entonces muchos pianos emiten música solos y sus dueños asustados no saben qué hacer con ellos.

Jamás dejarán de sonar. No morirán en silencio.

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

3 × 4 =