En un lugar de La Mancha de cuyo nombre más vale que no me acuerde, vivía Satur, un cincuentón soltero y sin compromiso muy conocido y querido en el pueblo. Tenía por oficio cerrajero y era muy mañoso y sobre todo muy trabajador y tenaz. Era todo un artista en lo suyo, Nada se le resistía y cuando algo se le metía en la cabeza, tarde o temprano lo sacaba adelante. Un  fin de semana sí y otro no, iba con unos cuantos amigos a Tomelloso, a una de esas casas donde, por un precio razonable, unas señoras y señoritas, aliviaban sus necesidades sexuales. Mientras Satur esperaba su turno junto a sus amigos y otros clientes sentados en un banco corrido de madera que había en el patio de la casa, bajo una enorme higuera que perfumaba toda la casa, oyó a algunos comentar lo mucho que disfrutarían por el mismo precio si su miembro viril  fuera mayor. Nadie osó quejarse de que el suyo era pequeño, ni mucho menos, sino de que, y por decir algo, “si fuera aún más grande”, se lo pasarían mejor. Uno de los que esperaban junto a él dijo que también debería haber ejercicios de “Pilates” para fortalecer y agrandar esa “parte”, que no era ni más ni menos que otra parte más del cuerpo.

Y desde ese día, Satur empezó a discurrir la manera de hacer un aparato para desarrollar esa parte olvidada, no se sabe si de forma intencionada o no, por fisioterapeutas y monitores de Pilates. Estudió los aparatos que algunos amigos suyos habían comprado por correspondencia y comprobó que eran una estafa, un sacacuartos, un engaño forastero. Y todas las noches, después de la partida en el casino Satur, sin decir nada a nadie, se iba al taller a trabajar en su invento. Su madre le preguntó qué hacía en el taller a esas horas y Satur le dijo la verdad, que estaba trabajando en un “invento”, de los suyos. Porque Satur ya había inventado con éxito algunos aparatos y rediseñado y mejorado otros ya existentes ganándose una justa fama y prestigio entre agricultores, ganaderos y otros profesionales del pueblo.

Y después de muchas noches concentrado, ensimismado y absorto en el reto que suponía fabricar un aparato de esas características, llenando hojas y más hojas con dibujos de piezas, mecanismos y esquemas, como un Leonardo venéreo, se dispuso a fabricarlo. No le resultó nada sencillo hacer las piezas que había dibujado en el cuaderno. Para ello tuvo que echar mano de toda su maña e imaginación. Y después de hacer a mano todas las correas, gomas, tensores, guías, poleas, garruchas, trinquetes, muelles, ballestas, ruedas dentadas, contrapesos varios y otras piezas, comenzó a ensamblarlas, a hacer las reformas necesarias y a solucionar los problemas que iban surgiendo a medida que iba montando las piezas. Cuando  tuvo la máquina montada y engrasada, llegó la hora de probarla. Fueron largas noches de dolorosas pruebas y a veces, de muy penosos ajustes que, dado el carácter secreto del aparato, no tuvo más remedio que hacerlos en sus propias carnes. Largas, duras y penosas noches de gritos, respingos y aspavientos, de roces, golpes, machacamientos, pellizcos, tirones, torniscones y meneos de todo tipo. Esa delicada parte, la de las pruebas, ya la tuvo en cuenta mientras diseñaba el aparato y sabía que era algo por lo que, forzosa y necesariamente, tenía que pasar.

Después llegó el período que Satur denominó de “ensayos clínicos”. Y para ello tuvo que echar mano y convencer, lo cual no le resultó nada fácil, a algunos amigos para que probaran su invento. La mayoría se negó, otros se echaron atrás en el último momento por miedo a “desgraciarse” para siempre. Por suerte, también hubo otros menos aprensivos y escrupulosos que, después de los naturales y comprensibles recelos y  precauciones, y tras unos tragos de orujo del porrón, a modo de necesaria anestesia, accedieron a probar la máquina a la que Satur bautizó como “TREMPA” que  eran las siglas de “Torno revólver elonganizador mecánico progresivo automotriz”, que después fue rebautizado por sus amigos y primeros probadores como “El Longanizador”.

Los comienzos no fueron fáciles porque, aunque la máquina lograba aumentar la longitud del miembro a razón de dos centímetros por cada sesión de una hora, también causaba algunos roces y molestias y, a veces, dolorosas contusiones, cardenales y magulladuras. Pero eso lo solucionó Satur acudiendo al boticario, que le hizo una fórmula magistral a base de distintas cremas suavizantes a las que él añadió un poco del tocino ibérico que sobró de un cocido y que, según pudo comprobar, aumentaba la protección y mejoraba la lubricación e hidratación. Poco a poco fue mejorando el aparato hasta que consiguió eliminar del todo las molestias y la única sensación que tenían los usuarios después de someterse a una sesión era un agradable temblorcillo y un placentero  cosquilleo.

Para proteger el preciso y delicado mecanismo, y evitar que alguien pudiera copiarle el invento que tantas horas de trabajo, sudores y dolores le había costado, lo recubrió con una carcasa de chapa de acero inoxidable. El aspecto final que ofrecía era el de una especie de frigorífico tumbado con un agujero en el centro, al que el usuario, desnudo y boca abajo, era atado y bien atado con la barriguera de una mula que Satur recuperó de unos  viejos arreos que tenía su padre en el pajar. No faltó el amigo que, después de someterse a cuatro sesiones de una hora y comprobar, metro en mano, que su miembro había crecido ocho centímetros, le propuso a Satur darlo a conocer. Éste no le dijo ni que sí ni que no, sino que lo pensaría y guardó “El Longanizador” en el pajar. Nunca había pensado en la explotación comercial del invento, no necesitaba el dinero. Con lo que ganaba en el taller tenía de sobra para vivir y además ahorrar para su jubilación y para hacerse una casa, en el caso de que encontrara novia y se casara.

Pero todo comenzó a desbordarse, a salirse de madre, cuando empezó a correrse la voz y a formarse un  continuo goteo de clientes que se acercaban de noche al taller y preguntaban, susurrando al oído, por la “máquina”. Al principio, Satur les citaba para la noche siguiente en el pajar sin cobrarles nada. Pero cuando vio que no dejaban de molestarlo, empezó a cobrar. Y puso un precio disuasorio, doscientos cincuenta euros por cada sesión de una hora, para que no fuera nadie a darle la murga. Pero, sorprendentemente, la gente consintió en pagar lo que le pedía y llegó a tener una lista de espera de varios meses.

Lo que siguió después fue la típica historia, una más y no sería la última, de la maldición del éxito. Fue tal la cantidad de dinero que ganaba a diario, que Satur cerró el taller y no tardaron en acercarse a él, como moscas a un pastel, un nutrido grupo de nuevos “amigos” forasteros y también algunos del pueblo que siempre le habían ignorado. Y unos y otros no pararon de adularle y pasarle la mano por el lomo. Y Satur se dejó querer y, sin darse cuenta, fue secuestrado y atrapado por ese círculo de gente. Y su vida cambió de una manera radical. Empezó a asistir a fiestas donde él era el rey, el jodido amo del cotarro. Unas fiestas en las que, sin ser muy consciente de ello, él corría con todos los gastos. Su madre, y el resto de la familia y sus amigos de verdad, sabían que esa vida era un tobogán que sólo podía llevarle al desastre. Y varias veces y de distintas maneras intentaron hacerle entrar en razones, pero Satur estaba ya demasiado enganchado a esa vertiginosa vida, una vida, según sus propias palabras: “excitante, apasionante, emocionante, de montaña rusa. Una vida que no cambiaría por nada”.

Un buen día, a la vuelta de unas vacaciones por el Caribe, Satur descubrió que le habían robado el longanizador y con él se esfumaron los cuantiosos ingresos que necesitaba a diario para mantener su elevado tren de vida. Los “amigos” empezaron a desaparecer a medida que iba menguando el dinero, hasta que se quedó completamente solo, con el buzón lleno de facturas y las cuentas bancarias en números rojos. Entonces se acordó que tenía los cuadernos con los planos y esquemas del longanizador y que, con ellos, podía construir otro. Pero cuando fue al armario de la pequeña oficina que tenía en el taller, se dio cuenta que también le habían robado los planos y algunos útiles y herramientas especiales con las que había construido el aparato. Un aparato con el  que le había llegado el éxito, la fama y el dinero. Pero también, y sin que Satur se apercibiera de ello, se había colado ese demonio cabrón que siempre anda pendiente y atento a los que logran éxito, fama y dinero.

Por descontado, nadie volvió a ver el longanizador. Yo sé y nunca diré, ni bajo tortura, cómo llegué a enterarme de que el aparato, perfectamente empaquetado, numerado e inventariado, fue a parar al almacén secreto que aparece al final de la película “En busca del Arca perdida”. Ese almacén que nadie sabe a quién o a qué organización pertenece, y que lo único cierto de él es que nunca conoceremos sus increíbles secretos. Pero lo que no saben los dueños de ese fantástico almacén es que del legendario aparato sólo tienen la carcasa de chapa de acero inoxidable y dentro, el mecanismo de una máquina de coser. Porque el verdadero longanizador fue robado a los ladrones de objetos maravillosos por agentes del servicio secreto del Vaticano. Y hasta allí, hasta El Vaticano, fue trasladado y ahora reposa en lo más recóndito de sus  misteriosos e insondables sótanos y catacumbas. Y de allí no saldrá por los siglos de los siglos. Amén.

El pobre Satur, después de sobreponerse a una grave depresión y superar varias adicciones, abrió su taller de cerrajería y siguió trabajando como siempre y en lo de siempre. Y quiso olvidarse de tan amargo y enojoso asunto a través del trabajo honrado. Pero lo cierto es que, a los pocos meses, incapaz de olvidar todo lo pasado y “picado” como estaba al vicio, según sus amigos más allegados, comenzó a construir un nuevo longanizador. El cura del pueblo, que se había sometido a varias sesiones secretas, con resultados muy satisfactorios por su parte, le vio una noche, a través de una ventana del taller, trabajando en el nuevo longanizador. Y esa misma noche lo puso en conocimiento de su superior jerárquico. Unos días después, Satur apareció asesinado. Su cuerpo fue descubierto en una cuneta por uno de mis galgos un domingo de caza, mientras olisqueaba entre unos matojos buscando una liebre que se había escondido por allí.

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