El ser humano se presume inteligente por naturaleza. “Inteligencia” tiene, por supuesto, muchísimas definiciones, pero básicamente consiste en una capacidad que nos es inherente y que nos permite valorar los recursos que tenemos a nuestra disposición, las posibilidades de creación a partir de dichos recursos y la capacidad para decidir cuál de dichas posibilidades es la más correcta. Para ello, el ser humano pasa, típicamente, por tres fases: el contacto con la realidad (percepción a través de los sentidos), comprensión de la misma, y la toma de decisiones que nos llegarán a producir diferentes sentimientos o estados de ánimo (como la satisfacción por el objetivo logrado). Hablamos de la tríada: percepción-comprensión-sentimiento.

Pues bien, imitando en cierta manera la inteligencia humana, el campo de la Inteligencia Artificial ha presenciado un notable auge en los años recientes. Las máquinas ya empiezan a tomar decisiones, lo que no sabemos muy bien hasta qué punto pueden experimentar sentimientos.

Una vez hechas estas reflexiones preliminares, deberíamos centrarnos en qué momento de la tecnología se encuentra el ser humano actual, y si, realmente, está enfrentado a la “inteligencia de las máquinas”, la Inteligencia Artificial. Muchos científicos piensan que la Inteligencia Artificial no existe. No en vano la elección del término “artificial” casi nos inspira que no es cierto. Pero deberíamos plantearnos si estas valoraciones son ciertas. Hace ya décadas que las máquinas son capaces de realizar millones de cálculos en cuestiones de milisegundos y realizan funciones sofisticadísimas: nos permiten observar el cuerpo humano desde dentro, volar al espacio, contabilizar la distancia entre estrellas y, a un nivel mucho más cercano, programar aparatos diversos en nuestro entorno para hacernos la vida más fácil. Las máquinas hace mucho tiempo que están presentes de manera recurrente a nivel personal, profesional e industrial. Si inteligencia supone recibir datos y procesarlos, las máquinas (del color que sean) hacen décadas que son “algo inteligentes”.

Centrándonos en los avances científicos que actualmente son reales, planteémonos el futuro que nos espera. La ciencia, si es buena, se crea primero, luego se distribuye para beneficio de la población (y, claro está, de la industria). Pues bien, la ciencia y la tecnología han avanzado enormemente en el campo de la Inteligencia Artificial. Lo estamos viendo ya, y lo veremos aún más a través de la comercialización masiva de diferentes aplicaciones a partir de 2017. Cabe ahora preguntarse qué factores han contribuido a que eso sea y será posible. Los principales conceptos giran en torno al Aprendizaje Automático, el Big Data y, próximamente, el Internet de las Cosas.

El Aprendizaje Automático se refiere a la capacidad de las máquinas, entendidas como sistemas computacionales, para tomar decisiones. Un sistema de este tipo incorpora los algoritmos necesarios para realizar diferentes funciones a partir de la observación de ejemplos. Y esto, curiosamente, es lo que hace nuestro cerebro tal como ya hace muchísimo tiempo descubrió la Ciencia Cognitiva y que se ha refrendado a partir de los últimos estudios de mapeo cerebral (la identificación de todas las áreas del cerebro y cómo interactúan en procesos de inhibición y estimulación química que activan distintas conexiones eléctricas o sinapsis). El ser humano, para ser inteligente, tiene que, en primer lugar, estar expuesto a estímulos del exterior. Para eso, nuestros 5 sentidos envían mensajes eléctricos al sistema nervioso central, que luego pasan a zonas diferentes para ser procesados. Es lo que conocemos como “comprender la realidad a partir de lo que nos llega de ella”: por la vista, el oído, el tacto, el gusto y el olfato.

El Big Data es una realidad todavía algo opaca, pero que está ahí. Las grandes corporaciones, los gobiernos y otros grupos de poder poseen datos de todo tipo: demográficos, financieros, etc. y en cantidades ingentes, organizadas y fácilmente accesibles a partir de sistemas específicos de información.

El Internet de las Cosas no es sino la digitación de cualquier herramienta, sistema o máquina de nuestro entorno. Desde un avión comercial, hasta un aparato electrodoméstico, incluirá, en los próximos años, la capacidad de almacenar datos.

Aplicando todos los conceptos anteriores y focalizando en Inteligencia Artificial un sistema inteligente que nos sería muy cercano es el definido como Sistema de Diálogo. Un sistema de estas características recibe lenguaje natural (reconocimiento de voz), lo procesa (procesamiento de lenguaje natural), accede a datos o ejecuta funciones siguiendo las instrucciones del humano, y devuelve comunicación también en forma de lenguaje natural (síntesis de voz). Es decir, un Sistema de Diálogo interactúa con una persona para satisfacer sus necesidades de ejecución de funciones (por ejemplo, realizar transacciones bancarias) o de acceso a información (por ejemplo, conocer el estado de su saldo).

Un ejemplo Sistema de Diálogo lo encontramos en Lekta-Ai, desarrollado por el equipo del Dr. José F Quesada, del Departamento de Ciencias de la Computación e Inteligencia Artificial de la Universidad de Sevilla. Obedeciendo a la demanda cada vez más alta de aplicaciones de tecnología de lenguaje que soportan el intercambio hablado hombre-máquina, este sistema utiliza el potencial del enfoque estadístico (basado en técnicas diversas de aprendizaje automático de máquina) en base a ejemplos, lo que se conoce como Big Data. Un sistema de diálogo de este tipo tiene entrada de voz (reconocimiento de voz) y devuelve sus respuestas con lenguaje hablado (síntesis del habla). En medio, todo un conglomerado de sistemas que permiten transcribir las palabras reconocidas, las transforma en estructuras de naturaleza más o menos semántica, para llegar a una fase de comprensión del lenguaje (módulo de procesamiento del lenguaje natural) y poder acceder a datos para realizar diferentes funciones o para devolver información. La máquina, finalmente, puede devolver su respuesta al usuario utilizando habla natural.

Las aplicaciones de un sistema de Inteligencia Artificial de este tipo supone realmente “crear una persona artificial”, que entiende el lenguaje, que lo pronuncia y que comprende las palabras escuchadas, pero que además accede a muchísimos datos en pocos milisegundos y que puede realizar funciones sofisticadas: reserva de vuelos, manejo de cuentas bancarias, acceso a información de todo tipo, control remoto de drones, robótica, casas inteligentes o domóticas, son sólo algunos de los ejemplos que ya están en la calle.

Hasta qué punto somos conscientes de esta realidad sólo será posible cuando la tecnología llegue a nuestro bolsillo. Es decir, cuando nuestros “teléfonos inteligentes” integren, a través de la mensajería escrita y/o hablada, la posibilidad de realizar tareas domésticas corrientes: desde encender o apagar la televisión, programar el frigorífico, o cualquier otra actividad que nos sea de utilidad, tanto en el entorno doméstico como en el profesional, desde cualquier punto del globo.

Así que es posible que nuestro frigorífico ya se está conectando a nuestra red wi-fi casera, como el divertido anuncio de televisión. Y esperemos que no decida programar por su cuenta una congelación rápida de la cena que teníamos prevista, o tendremos que pedir otra vez pizza, desde nuestro “teléfono inteligente”.

Confiemos también que la ética en el uso del Big Data y el diseño de estos potentes sistemas esté siempre al servicio de la humanidad. Y que, con ello, podamos disfrutar de lo importante en la vida, dejando a las máquinas el puesto que merecen: percibir y comprender. Lo mismo, algún día, puedan comenzar a sentir. Seguramente, si eso pasa, las decisiones no las tomarán tan fríamente. Mejor dejamos entonces los sentimientos para los seres humanos.

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