El día que murió Rita Barberá, tuve la suerte de coincidir con dos personas que sin ser valencianas, habían vivido en Valencia cuando ella era alcaldesa. Fueron quienes me dieron las claves del misterio Rita.

No es extraño que la misma gente que habló mal de ti en vida, sea la primera en adularte una vez mueres; tampoco es insólito que suceda a la inversa. Sin embargo, lo que ha sucedido con Rita Barberá sobrepasa los límites del axioma popular. Ni una palabra despectiva hacia un personaje que en sus últimas horas fue tachado de ser la mismísima encarnación del despotismo político.

El 23 de noviembre (tres días antes y se hubiese consumado un paralelismo grandioso) me quedé atónito al ver que, después del desplante de Podemos al minuto de silencio en honor a Rita, la prensa en bloque saltó a la yugular de la formación morada. “Irresponsables”, “chupacámaras”, “cínicos”, y claro está, “populistas”: una palabra que en nuestra época, tendrá que ir desapareciendo de la RAE para entrar en uno de esos diccionario de insultos que nos hacen mucha gracia cuando nos reglan, pero que no consultamos en la vida.

Algo pasaba con Rita Barberá para que cualquier crítica, fuese en el plano que fuese, levantara tantas ampollas. El chico y la chica que vivieron en Valencia y que conocí el día que murió Rita, me revelaron con dos anécdotas, el misterio: en Valencia la alcaldesa era muy querida, muy amada; hasta el propio Ribó, actual alcalde de la ciudad, ha decretado tres días de luto mientras las banderas ondean a media asta.

La primera de las anécdotas ocurre en el Cabanyal y en una asamblea feminista. Como todo el mundo sabe, la ex alcaldesa quería derribar 1.600 viviendas de alto valor histórico en el barrio colindante con el mar de la capital valenciana. El rechazo con el que se encontró Barberá a su plan urbanístico, hizo que Joan Ribó de Compromís defendiera intensamente la preservación del Cabanyal durante la campaña electoral que lo llevó a la alcaldía en 2015; terminaban seis legislatura consecutivas del partido popular, en cinco de las cuales Rita Barberá había gobernado con mayoría absoluta. Pues bien, en ese contexto, la chica no dudó en criticar a la ex alcaldesa durante las asamblea. Su sorpresa fue mayúscula cuando otra joven vestida al más puro estilo punki, le dijo que “bueno, Rita es otra cosa, tampoco se puede criticar a la ligera”. No fue una defensa a ultranza, con todo, era una legitimación de la política de derechas a cargo de un persona que a juzgar por sus vestimentas, es lo que los medios consideran una antisistema de ultraizquierdas.

La segunda escena, en este caso a cargo del chico que vivió en Valencia, es tal que así: Él y un compañero de clase quedaron con unas amigas para ir a ver el Pregón de las Fallas oficializado por Rita Barberá. El chico pensaba que lo que harían cuando tuviesen a la alcaldesa delante, en el balcón del ayuntamiento, sería insultarla o reírse de ella, pero una vez estuvieron allí, descubrió que las dos amigas tenían una intención muy distinta: eran unas grupis que habían ido a aplaudir y vitorear a Rita.

Aunque pueda parecer una contradicción, Barberá consiguió en Valencia lo más elevado en política (o mejor decir, en marketing político): que la gente dejase de verla como una política. Para sus votantes, Rita, la Rita desafiante y fiestera, la Rita que montaba circuitos de Fórmula 1 y macro regatas deportivas, la Rita que saludaba a Benedicto XVI mientras se “olvidaba” del mayor accidente de metro de la historia de España, la Rita del “caloret”, era primero persona humana (que dirían algunos) que política. Una valenciana por los cuatro costados.

A mi esta idea me da cierto asco, y cuando la reflexioné, en un arrebato de lo que en realidad es pura valencianofobia (lo siento por los valencianos), pensé en lo mal que van las cosas en la región mediterránea. Barberá con sus deslices y mangoneos (porque pese a muerta parece bastante obvio que tiene implicaciones con la corrupción en Valencia), me parecía la reconcentración del “cani” de valencia post Ruta del Bacalao. No fue hasta que hice un símil con Catalunya, mi tierra, que me di cuenta de que lo que ha sucedido a la muerte de la política del Partido Popular es una reacción del todo entendible; eso no quita que sea patética y pedagógica en lo que a la putrefacción moral de nuestra democracia se refiere.

Imaginemos la siguiente situación: Jordi Pujol muere. Llantos, concentraciones multitudinarias, obituarios buenistas y, ahora que se ha puesto de moda rendir homenaje al mutis modo, un largo minuto de silencio. Partidos de izquierdas y de derechas, españolistas e independentistas, cantarían las alabanzas del en vida llamado “Molt Honorable” (Muy Honorable).

La Vanguardia, ese día, diría algo así: la persecución desde Madrid se cebó con él y su familia, pero Jordi Pujol fue un hombre decente, un estatista. El ABC: Pese a que los últimos años, tocados por la corrupción y el separatismo, afearon su carrera política, Jordi Pujol fue un gran político. El País: Siempre se le reconoció una vocación dialogante, pese a facilitar gobiernos al Partido Popular. Faltaría por ver si ese día, Podemos se levantaría del escaño; o quizás lo haría la CUP.

Lo mismo se puede decir de otras figuras políticas que hoy gozan de poca credibilidad. Ya me veo Andalucía entera sollozando por Felipe González o Madrid otro tanto por Esperanza Aguirre. Dicho esto cuando estos políticos todavía colean suena extrañísimo.

Venimos y estamos en una cultura política doblemente nefasta: en España la loa a la personalidad sigue operando intacta y, como ya se ha dicho, cuando menos político y más humanos es un cargo electo, mejor reputación tiene. Es por esto, que pese a que nos pueda entristecer que una señora de 68 haya sufrido un infarto después de estar sometida a mucha presión, nada debe hacer variar nuestro juicio político. Rita Barberá es esa alcaldesa que se reía de los 43 muertos y 47 heridos del accidente de metro de Valencia. ¿O es que cuando Jordi Pujol muera no diremos que él y su familia no eran de lo más mafiosos? ¿No diremos que Felipe González es lo más parecido a un personaje de los malos de Juego de Tronos? Seguramente lloraran a mares en sus funerales.

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Albert Alexandre Barcelona, 1987. Licenciado en Historia por la Universidad Autónoma de Barcelona, tiene un Máster en Creación Literaria y otro en Literatura, Arte y Pensamiento ambos por la Universidad Pompeu Fabra. Ha colaborado como articulista en medios como ‘Cultura Colectiva’, ‘Culturamas’, ‘Código Nuevo’, ‘Vice’, ‘La Directa’, ‘Arainfo’ o ‘El Cotidiano’. También coordinó durante 2 años la revista de literatura ‘Acrocorinto’ y actualmente trata de terminar su primera novela mientras aprende el oficio de periodista.

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