Una peligrosa moda lo está invadiendo todo, jalear al que piensa como nosotros y atacar a quien piensa diferente.

Digo moda, porque está allí donde mires parece que discrepar se ha convertido en el gran pecado capital; que sólo se puede apoyar y palmear al “nuestro” o a la “nuestra”, como si nos fuera la vida en ello.

Cierto es que hace ya tiempo que dejamos de pensar, o al menos de plantearnos si estábamos o no de acuerdo con lo que escuchábamos o leíamos, pero de seguir así, casi va a ser mejor que se empiecen a montar instituciones del “correcto pensar” que una vez a la semana nos diga que sí y que no. No hace falta que lo argumenten, con un esquemita sencillito de esto está bien y esto está mal más que suficiente. Esto sumado a una lista de lugares comunes, de frases hechas con las que salir en tropel contra el discrepante vamos sobrados.

Con esta obsesión por reescribir, por ponerle caducidad a todo, hemos tirado por la ventana a parte de los y las que ayer eran referentes. Referentes construidos no por su influencia en una determinada red social o por el número de reproducciones de sus videos en YouTube; referentes por lo que habían hecho, por lo que habían vivido, por lo que habían escrito, dicho y pensado. Hoy en día, una vida de lucha no significa nada, haber sido la primera en llegar a un lugar, en ocupar un puesto, no importa nada.

Sin referentes, perdemos la brújula. Cualquiera vale, cualquier opinión vale, cualquier cosa vale.

Y digo que es peligrosa, porque no hay nada más contrario al progreso que el pensamiento único, no hay nada más terrible que asumir como propias las ideas que nos dictan sin utilizar ni una sola neurona en el proceso.

Todo se reduce al blanco y negro, aunque cualquiera que se pare un momento a pensar cuantas cosas en su vida han sido blancas o negras, se dará cuenta de que ninguna o casi ninguna. Afortunadamente en la vida todo suele ser más bien una cuestión de grises, de matices, sin verdades absolutas.

Quizás no es que hayamos dejado de pensar, hemos perdido la sana costumbre de escuchar. De escuchar lo que no compartimos, de intentar entender el por qué de la discrepancia.

Lo triste del asunto es que quien discrepa acaba dejando de hacerlo por puro aburrimiento. Demasiadas cosas que hacer, demasiado poco tiempo como para perderlo en guerras estériles. Más sencillo no llevar la contraria, mucho más fácil callar y no meterse en problemas.

Dicen que el mundo es de los valientes, empiezo a pensar que , de serlo, sería más bien de los cabezotas. Sí, de los tercos. De los que no se rinden, de los que siguen pensando diferente y siguen defendiéndolo a capa y espada, por mucho que se incremente su lista de “haters”.

Es una lástima que la mayoría asistamos al espectáculo olvidando que el insulto y el ataque furioso suele ser el refugio de quienes, sencillamente, carecen de argumentos. Claro que es difícil hablar de argumentos en un mundo digital donde las verdades se construyen a golpe de tuit.

 

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1 Comentario

  1. En tiempos como los llamados a conformar nuestro presente, discrepar se torna, más que un derecho, en lo que tal vez sea la única certeza de que efectivamente, seguimos vivos. Porque hoy vivir es más que respirar (vivir se ha tornado en algo complicado. Por ello el dolor, infatigable amigo, se ha erigido en el termómetro capaz de indicarnos cuán vivos estamos.
    Por ello gracias por discrepar.

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