El último año de mis estudios en medicina, allá por el noventa y siete, yo tenía poco más de veintidós años. Aunque todos mis compañeros ya se habían estrenado en las lides amatorias –con división de opiniones respecto a la verdadera trascendencia del asunto– yo aún no había podido alcanzar una conclusión propia, ya que carecía de hechos empíricos de cualquier tipo que la sustentaran. Había leído al Marqués de Sade y algunos títulos de La Sonrisa Vertical que cayeron en mis manos, pero hasta aquel entonces nunca había estado en realidad con una mujer.

Trataba de llevarlo en secreto, como todo hijo de vecino, pero el hecho de no emitir un juicio al respecto que no fuera novelesco, o el no haber sido jamás visto en público con una amiga, me habían desenmascarado ya de partida, sin yo poder evitarlo. Así, aunque fuera el primero de la clase, estaba a la cola de todos mis compañeros en el pódium de la vida. El rarito del grupo, decían a mis espaldas. Incluso recuerdo que mi hermano mayor me aconsejó que requiriese los servicios de una profesional.

–Quítate esa tontería de encima, que no hay para tanto. El sexo es una cosa de lo más normal. No se ven fuegos artificiales ni unicornios de colores. Déjate ya de libros y ponte a buscar una mujer.

En clase de anatomía forense yo era jefe de equipo. Debía registrar los aspectos formales de las conclusiones de mis compañeros, dotándolas de un mínimo rigor científico allá donde sólo hubiera superstición y curandería en un principio. Luego añadía bibliografía a sus notas improvisadas y supervisaba así todo el trabajo de campo con los cadáveres que nos traían de la morgue. Era el único alumno que disponía de una copia de las llaves de la sala.

Tracé un plan sencillo. Me colaría allí la madrugada del domingo, ya que el lunes, a primera hora, teníamos prueba de evaluación. El doctor Brandt, profesor de aquella asignatura, jamás se tomó la ligereza de ponérnoslo fácil: nada de causas evidentes por accidente de automóvil o de impacto por bala. Sus exámenes eran legendarios, siempre impredecibles, y se caracterizaban apenas por una sola cosa: los cadáveres a examinar jamás presentaban un rasguño en su aspecto exterior. Como si el doctor Brandt pudiera controlar el orden y la causa de las muertes en la ciudad… Aquella noche yo debía tomar mis notas rápido y estudiar la anatomía femenina de un modo distinto a como se describía en los libros. Me sobraba mucha literatura y, en palabras de mi hermano, mi enfermedad –así lo llamaba– era culpa del romanticismo imberbe de quienes aún no se han despojado de su castidad. Semen retentum venenum est. 

Había dos cadáveres en la cámara: un señor de avanzada edad y una joven de unos treinta años. Yo era sabedor de que merodeaba un terreno muy ambiguo, bordeando tanto la deontología de mi futura profesión como el código penal. En cualquier caso, no tenía intención de ponerle una mano encima a aquella chica. Sin embargo, tal y como habría de reconocer más tarde al decano antes de que me expulsaran, mi investigación no trataba de determinar las causas de su muerte, ya que tan sólo tenía por objeto satisfacer una curiosidad que cualquier camarada habría tildado de enfermiza.

No tomé notas de las cuestiones morfológicas. Las conocía de memoria y comprendía el funcionamiento interno del aparato reproductor ya desde primer curso. Analicé sin embargo el desnudo de un cuerpo femenino, visto de cerca, tratando de obviar que me encontraba ante un cadáver. El rigor mortis aún no era completo, por lo que aquella chica había fallecido hacía menos de doce horas. Observé el vello púbico, cuidadosamente recortado. Tenía unos pechos pequeños, separados por un puñado de pecas rojizas en mitad del esternón. Con mi vieja polaroid hice una foto de sus piernas en escorzo. Hube de doblarlas con esfuerzo hasta conseguir una apariencia relajada. Había sido una mujer verdaderamente bella. Justo antes de devolverla a la cámara, un pensamiento infeccioso atravesó mi conciencia como una bandada de cuervos. Volví a cerrar la sala con llave. Después regresé a mi cuarto en la residencia para tratar de dormir las horas que aún le quedaban a aquella madrugada.

Horas más tarde llegué el primero a clase, tras pasar la noche en blanco. El doctor Brandt no me saludó. Una extraña sonrisa denotaba sin embargo que alguna noticia lo había puesto de buen humor aquella mañana.

–Vaya al despacho del decano –me dijo–. Inmediatamente.

Al decir estas palabras, el doctor Brandt me reveló el verdadero motivo de su sonrisa. Se había cobrado una pieza que tal vez no esperaba, agigantando así su leyenda de profesor inflexible: las cámaras de circuito cerrado le habían dado la excusa perfecta para suspender al primero de la clase.

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Julio Fuentes González nació en Linares, Jaén, en 1976. Es licenciado en filología hispánica por la Universidad de Córdoba y ha publicado relatos en diversas revistas literarias. En el año 2000 publicó Una cucharilla partida por el agua en la editorial Círculo de Lectores, en volumen conjunto con la obra Manaos de Alberto Vázquez-Figueroa, siendo seleccionado para este proyecto de la mano de Sergio Gaspar y Silvia Sesé. Es técnico superior en prevención de riesgos laborales y ha desarrollado una intensa actividad sindical. En la actualidad está finalizando Perímetro Flexible, su primera novela.

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