“Cuando estás en la calle es cuando te das cuenta de que todo tiene dueño y de que hay cerrojos en todo. Así es como funciona la democracia: coges lo que puedes, intentas conservarlo y añadir algo si es posible. Así es también cómo funciona la dictadura sólo que una esclaviza y la otra destruye a sus desheredados.” Este era el descarnado análisis que hacia el poeta norteamericano Charles Bukowski sobre una democracia formal donde el poder político está sometido al poder económico. Tras las elecciones del 20-D la ciudadanía desautorizó el bipartidismo como reacción a la dramática dictadura de la deuda, la austeridad y el sacrificio. Su voto tenía como objetivo hacer más extenso el ámbito político con la confianza de poder abrir el escenario de lo posible. Porque los ciudadanos se han dado cuenta de algo que quieren ignorar los dirigentes de los partidos tradicionales: que la política no es el arte de lo posible, sino exactamente lo contrario: es el arte de lo imposible, es decir, cambiar los parámetros de lo que se considera “posible” en la situación existente.

Los problemas se intentan sobresanar por el sumario procedimiento de ignorarlos

Porque el concepto de cambio se ha convertido en un artefacto semántico adaptable a cualquier eventualidad estratégica. Lo cierto es que el sistema se ha esclerotizado hasta un nivel que no le permite organizar el caos que su propia lógica genera. Los problemas se intentan sobresanar por el sumario procedimiento de ignorarlos. Y en esta cerrazón del régimen político donde lo posible es cada vez más escaso, vinieron los pastiches, calcomanías e imposturas de los pactos. Pedro Sánchez, capitaneando un PSOE en su grado de adhesiones electorales más moroso de la Transición, ha tratado de mantenerse en el epifenómeno de una realidad sistémica que ya no existe y con unos pretextos propagandísticos sin credibilidad. Su alianza con Ciudadanos, que es un partido cuyo objeto es reforzar a la derecha en trazar líneas rojas primero en Cataluña y luego al resto de España, supuso definir al PSOE en su sesgo más conservador y en el terreno más impropio de lo que debe ser su función y posición en la sociedad.

El infierno son los otros, escribió Camus, y con ese espíritu el líder socialista ha justificado la imposibilidad de un pacto de izquierdas cuando el comité federal y su propia ejecutiva lo hacían imposible delineando con trazos gruesos una inflación de líneas de alarma coincidentes con el ámbito de lo posible que impone el conservadurismo político y fáctico. El lenguaje también se quiere instrumentalizar para que la realidad se amolde a la demanda de adocenamiento del sistema, la afinidad ya no se compadece con la arquitectura ideológica de los grupos políticos, se han exiliado los conceptos esclarecedores de izquierda y derecha, para suplantarlos por constitucionalistas o no constitucionalistas en esa calculada ambigüedad que, en definitiva, encierra la exigencia de unanimidad escorada al conservadurismo sustancial del régimen del 78.

se han exiliado los conceptos esclarecedores de izquierda y derecha

Unamuno aseguraba que un país vivo era un país ideológicamente dividido, y no encontraba ninguna razón para justificar “eso de la unanimidad.” Al escritor vasco, le daba lástima “un pueblo unánime, un hombre unánime.” La obsesión por lo unánime es siempre un sesgo conservador en España, que encierra la uniformidad impuesta para preservar un régimen de poder acomodado a los intereses de las minorías económicas y estamentales.  Desalojar del formato polémico cuanto no convenga al Ibex 35 y su embalaje político e institucional se ha convertido en el artificioso orden objetivo de las cosas y la corrección política.

el mismo sistema es el problema

En este contexto, el PSOE, obsesionado en ser partido de Estado en lugar de partido de la sociedad, se ha trazado un círculo de tiza caucasiano que lo limita hasta la desnaturalización, diluyéndose el dintorno de su propia capacidad de convertirse en una auténtica alternativa a la derecha acorde con la sociología que le debe ser propia. Si la filosofía de su acto político se centra en un pragmatismo cuyo objetivo es reparar las grietas de un sistema que vive la decadencia de un final de ciclo, la restauración de un tiempo condenado a pasar, ser un matiz a las políticas de derechas o el pronombre de una ideología que ha desterrado, es difícil que pueda asumir desde una auténtica alternativa de progreso los graves problemas que padece el país, como no podrá hacerlo la derecha con la actitud autoritaria de anatematizarlos. Un régimen de poder atrincherado en la limitación de lo posible es un régimen fallido que genera más problemas que los que puede resolver, porque el mismo sistema es el problema. Y ese es el gran reto de los dirigentes del Partido Socialista: ser parte del problema o de la solución.

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