Todos nosotros tenemos una estima considerable por nuestro propio pasado,
y no nos gusta demasiado poner en evidencia a ese respetable individuo con
una absoluta negación de sus opiniones.   Gkorgk Eliot, Scenes of Clerical Life

 

Debería darnos que pensar el hecho de que no tendríamos ciertas creencias que son centrales en nuestras vidas —creencias, por ejemplo, sobre asuntos importantes de la política y la religión— si no nos hubieran educado como de hecho lo hicieron.

Los ofensivos comentarios que han vertido algunos jueces en su chat corporativo y el silencio de la gran mayoría, da para que analicemos lo que significa la palabra «porque», en frases como «ellos (los jueces) creen “en la unidad de España” porque fueron educados para creerla». Cuando digo tal cosa, no me refiero a que su creencia carece de fundamentos. Ni quiero con ello negar que ellos hayan reflexionado (y valorado) sobre los fundamentos que tiene para tenerla.

Lo que sí digo, es que quizás, todo esto sólo es un accidente de nuestro nacimiento y de nuestra educación el hecho de tener esas creencias, en lugar de creencias claramente opuestas a ellas, y (aquí está el problema) tendremos que admitir, si somos reflexivos y honrados, que por consiguiente nosotros no creemos como lo hacemos porque nuestros fundamentos para nuestras creencias sean superiores a aquellos que tienen otros para sus creencias opuestas.

Lo que me distingue de otra persona no es que yo posea fundamentos especiales de un tipo de los que ella carece o que tenga una intuición de un tipo a la que la otra persona no puede aspirar, salvo mi educación. Y entonces parece que esté en dificultades, pues el hecho de que fuese educado para creer algo no es razón para creerlo y lo sé.

Lo que me perturba no es, que la persona crea algo diferente debido a una educación diferente, sino que no pueda identificar honradamente cualquier otra diferencia relevante.

La fuerza con la que se mantienen tales creencias, la emoción que generalmente se les concede, todo ello las hace sospechosas de alguna forma y, por tanto, no es sorprendente que su génesis también sea sospechosa. La gente racional debería abandonarlas. Tienen rasgos, más o menos, de fanatismo.

El problema surge cuando tenemos que abandonar toda concepción religiosa o de marcado carácter político, entonces la mayoría de nosotros nos veríamos despojados de las convicciones que estructuran nuestra personalidad y nuestro comportamiento. La vida carecería de firmeza, carecería de élan y dirección.

Quizás la educación valiosa, la que legitima a sostener convicciones, sólo sea posible con una educación democrática, en democracia. La que puede incluir autodeterminación dentro de una comunidad de iguales, así como valores como justicia, respeto y confianza. La educación dejará de ser tal en regímenes totalitarios para pasar a ser sólo instrucción.

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