Mazapanes –pensaba el hombre en el salón–, peladillas, turrón de chocolate y de almendras, cascajo, frutas escarchadas y polvorones. Navidad. Navidad encima de la mesa, preparada para llegar a los dientes, la lengua y el estómago. Navidad –pensaba–. Bolas de papel charol, un calcetín enorme, papá noel de plástico, estrella dorada, lucecitas amarillas, azules y rojas, ramas verdes empezando a secarse, bolas anaranjadas y añiles, lazos plateados. Navidad titilante en el rincón junto a la chimenea. Navidad para los ojos y hasta para las lágrimas –pensaba el hombre–. Una mujer de barro que pone pan en el horno, un pastor que duerme, otro pastor despierto mirando al cielo, dos ovejas, una lavandera, tres vaquitas y un asno, un alfarero, un ángel revoloteando por encima, verdín del río, un espejo entre musgo, papel plateado, una mula y un buey, una mujer que mira a un niño dormido entre las pajas, un hombre con barba de barro, una estrella, tres camellos, un turbante y dos coronas, una oveja perdida. Navidad. Navidad sobre el aparador. Navidad para decir que es navidad –pensaba–. Y seguía en el salón, pensando, sin dejar de mirar los dulces de la mesa, el árbol junto a la chimenea, el belén sobre el aparador.

Seguramente sería por algo de todo eso, aunque no podría decir qué, pero hubo un instante, una millonésima porción de instante que enseguida olvidó, en que pudo recordar que hubo un tiempo en el que no necesitaba nada que le dijera que era navidad.

*****

Mazapán de Toledo, turrón de Jijona, nueces de California, frutas de Aragón, polvorones de Estepa entre virutas de plata y espumillón –veía la mujer–. Pavo, tostón, pularda, gambas, carabineros, angulas, langostinos entre hielo picado. Navidad –se veía–. El mercado rebosante de navidad. Gente que viene y va por los pasillos, que se tropieza, que espera, que se carga de bolsas. Monederos, carteras, tarjetas de crédito, carritos llenos de paquetes –veía– y de plásticos y de cajas. Gente que suda, sonrisas forzadas tras el mostrador, miradas al reloj. Navidad. Horas y horas de dolor de riñones, gente que madruga –la mujer lo veía y empujaba su carro–, gente que tiene grietas en las manos, que escucha el tic-tac inaudible, que sueña con las ocho de la tarde, o las nueve o las diez, con el ruido de la verja que baja, con los pasillos vacíos y mudos, con los neones apagados, que sueña hasta con el frío de la calle, con la calle, aunque sea con frío, aunque sea con nieve o con hielo. Navidad. Navidad para imaginar que es navidad. Y la mujer empujaba su carro, ya repleto, cargado de dulces, y sacaba su cartera, su tarjeta de crédito, y vaciaba el carro para llenar sus bolsas.

Tal vez fue porque tuvo que firmar y le costó encontrar su propio nombre en esa firma suya. Tal vez. Pero la mujer supo en ese momento que habitó un tiempo en el que para imaginar la navidad, sólo tenía que cerrar los ojos.

*****

Una bolsa vacía, otra llena de otras bolsas, una maleta repleta de cartones y cajas rotas y periódicos viejos. Gente sin parar –siente un hombre–. La calle moviéndose, de arriba abajo, incesante, llena de navidad. Las luces encendidas, azules, rojas y verdes, una guirnalda tras otra, formando hasta la esquina un cielo azul, rojo y verde, y amarillo –lo siente–, dando la vuelta luego, por la avenida, un cielo de navidad que oculta el cielo. Las luces sobre las cabezas, sobre las risas, sobre las bolsas llenas de la gente que pasa, sobre la maleta llena de cartones, sobre la caja de zapatos con algunas monedas, sobre las revistas atrasadas y amarillas que llenan esas bolsas vacías. Navidad –siente un hombre–. Navidad en una esquina de la calle. Una esquina cualquiera de cualquier calle llena de navidad. Navidad sobre el perro que tirita a los pies de esos pies llagados de frío, junto a la bolsa llena de otras bolsas vacías. Navidad para saber que es navidad. Y siente que sonríe sin querer, que, a veces, también le sonríen, y que las luces de colores brillan en las monedas y en el lomo del perro que tirita a sus pies. Sabe que es navidad y que es mentira, pero lo siente.

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