Donantes de órganos porque sí

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Si a las puertas de la muerte a algún francés no se le había pasado por la cabeza inscribirse voluntariamente en el Registro Nacional de Oposición a la donación de órganos, automáticamente el hospital está en su derecho de extirparle cuantos riñones o pulmones necesite. Desde el 1 de enero de este año, todos los franceses son donantes de órganos por defecto, sin necesidad de haber dado ningún consentimiento previo.

Hasta la fecha, la donación se tenía en cuenta sólo si la persona había manifestado su consentimiento. Y en caso de duda, siempre se preguntaba a los familiares. A partir de ahora, la familia ya no tendrá que pasar el mal trago de decidir rápidamente qué se hace con los pulmones del fallecido porque una ley ha decidido por todos ellos que « en nombre de la solidaridad nacional, prima el principio de presunción de consentimiento», a menos que hayas realizado todos los trámites para mostrar tu desacuerdo.

En Francia el número de donantes aumenta cada año, pero aún así, es imposible colmar toda la demanda, que es mucha. Así, con vistas a satisfacer a los demandantes de órganos, el gobierno de Hollande se ha sacado esta nueva ley de la manga. El fondo de esta decisión es, sin duda, positivo: salvar vidas. Sin embargo, es en la forma donde, de nuevo, surgen los problemas. Son respetables tanto los donantes de órganos como los que no deseen hacerlo ya sea por cuestiones religiosas, creencias personales o miedo a que te descuarticen después de muerto, pero lo irrespetuoso del asunto es que automáticamente todos seamos donantes porque una ley de un gobierno al que quizás ni hayas votado, lo decida. Es ahí donde, otra vez, el ciudadano pierde sus libertades individuales. En primer lugar, el procedimiento para inscribirse en la lista del “no” que, a simple vista parece fácil, puede resultar complejo y de difícil acceso para ciertos sectores de la población. La información ha saltado y sobresaltado ahora, pero ¿cómo nos aseguramos de que a todo el mundo, que ya es donante, le ha llegado? En unas semanas todos nos habremos olvidado y después de muertos no hay memoria que valga. A ciertas edades, ni la muerte, ni lo que ocurra después de ella, es una prioridad como para empezar a tomar decisiones de este nivel. Tampoco se respeta la libertad individual en el caso de que uno quiera ser donante pero solo para miembros de su familia o allegados; o la libertad del que quiera ser donante universal, pero con algunas excepciones, porque no todo el mundo desea que su corazón vaya a parar al cuerpo de cualquiera.

            El hecho de que en medio de un país de libertades se imponga esta obligatoriedad, le otorga a esta atrevida decisión estatal cierto aspecto totalitario en el que cualquier atisbo de generosidad desaparece. Porque el altruismo, el acto de generosidad, reside en el hecho de ir y firmar voluntariamente tu acta de donante, mientras que ahora se ha convertido en una imposición.

Hemos llegado al punto en que el Estado se apropia hasta de nuestros corazones. No somos dueños ni de nuestro propio cuerpo. Del mismo modo que cada vez que rellenamos un banal cuestionario debemos leer la letra pequeña y tachar la casilla del “no quiero que me avasallen con publicidad”, ahora debemos aventurarnos a hacer frente a una serie de trámites burocráticos para inscribir tu última voluntad en la lista del “no quiero que me robes el pulmón”.

No obstante, no deja de ser paradójico que no nos dejen elegir cuándo y cómo morir, como es el caso de la eutanasia, pero que una vez muertos dispongan de nosotros porque sí.

 

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Llegué al mundo un mediodía de invierno, en Elche, bajo el signo de piscis y ayudada por una ventosa, que despertó en mí las ganas de llorar. Fui una niña tranquila, callada, obediente, estudiosa, de timidez enfermiza. Y llorona, muy llorona, porque la genética desarrolló en mí una sobredosis de sensibilidad. Prefería observar y escuchar a hablar. Al volver del cole veía Barrio Sésamo y nunca me quedé al comedor. De pequeña leía los poemas de Gloria Fuertes y pasé todos los veranos en La Unión, en compañía de un abuelo que criaba jilgueros, una abuela muy coqueta que me contaba secretos familiares y una tía soltera muy muy sabia. Mis padres me educaron en los valores de humildad y respeto. Respeto a todo el que tuviera en frente sea quien fuere. Mi asignatura favorita en el instituto era Literatura, y gracias a la poesía y a mi profesor descubrí lo que era el amor, la vida, la muerte, el paso del tiempo y hasta los placeres prohibidos. Pero lo que siempre me acompañó fue el realismo mágico. A los 18 años el ansia de libertad me llevó a Madrid a estudiar Periodismo y a partir de allí empecé a volar. Un día de primavera, un sabio argentino me predijo en el Retiro que lo mío era comunicar, que viajaría mucho por el mundo, que era una mujer de mar y que al final volvería a mi elemento. Y así se hizo. Pertenezco a la generación ERASMUS. Estudié italiano cuando todos querían saber inglés y me fui a vivir a Roma, cuando todos buscaban un lugar en el Reino Unido. Pertenezco también a la generación precaria. Durante unos cuantos veranos, y algún invierno más, me explotaron como becaria en numerosos medios de comunicación, pero como yo no era consciente de que me explotaban, pues me lo pasaba bien delante del micrófono y escribiendo. Hacía crónicas muy locales en la CADENA SER de Elche, trabajé en Diario INFORMACIÓN y toqué fondo en un diario gratuito de cuyo nombre no quiero acordarme. De allí salí escopetada hacia Francia, para trabajar en Comunicación y Relaciones Internacionales, y después de tres años de puturrú de fuá, me planté en Bruselas. Allí estuve trabajando cinco años en la Comisión Europea, un lugar en el que te pagan mucho por no hacer nada. Pero como allí dentro los días dan mucho para pensar y aquella jaula de oro tampoco me convencía, concluí que si verdaderamente quería hacer algo para ayudar a la humanidad, había que empezar por la Educación. Y como los astros y aquel sabio argentino no se equivocaban, la vida me devolvió al Mediterráneo, donde vivo ahora, un pueblo del sur de Francia, en el que aprovecho mis clases como profesora de español para despertar el sentido crítico en unos adolescentes que andan cada vez más perdidos. Así que soy de todas partes y de ninguna. Un ser sin una identidad declarada, pero con una vocación de madre innata que sueña con dejarle a sus hijas un mundo mejor. Porque no, a España no quiero volver.

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