Ni que decir tiene que de haber sido el asesino de la diputada inglesa de West Yorkshire, Jo Cox, un árabe, un musulmán o incluso un converso inglés, nadie tendría la suficiente paciencia como para esperar el resultado de las investigaciones y el calificativo de terrorista ya habría dado la vuelta al mundo, con la consiguiente ola de rechazo y condenas.

La identidad del asesino, Thomas Mair, un británico de 52 años, de la extrema derecha por añadidura, que sorprendió a la diputada el pasado día 16 disparándole a matar delante de una biblioteca donde aseguraba la permanencia electoral, ha hecho reflotar la polémica sobre qué es y qué no es un “acto terrorista”, especialmente cuando el asesino es rubio y de ojos azules. Muchos estarán lamentándose ahora, no de la muerte de Cox, que también, sino de que el asesino no es un terrorista “genuino” (entiéndase árabe o de credo musulmán), lo que habría supuesto una victoria más sobre la guerra de descrédito que se libra contra el “terrorismo islámico” y, sobre todo, menos quebraderos de cabeza para investigadores y jueces a los que incumbe ahora convencer a los ciudadanos de que, además de tener cuidado con los terroristas de “allá”, también hay que tenerlo con los de “acá”.

Incluso periódicos ingleses de renombre se han esforzado y siguen devanándose los sesos para encontrar calificativos más tenues que el de terrorismo y aplicarlos al terrorista Thomas Mair. Flaco favor a la credibilidad. Tremenda injusticia, que dará alas a los que piensan que la democracia universal sigue siendo pura quimera.

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