Cuando eres niño vives en un mundo sin fronteras. Tu mente y tus actos no se ven acotados por limitaciones, tu imaginación se siente libre y juegas a ser lo que quieres ser. Quizá es la representación más sincera de tus sueños e inquietudes en pleno proceso formativo de tu futuro “yo” como persona. A veces, esas locuras de niñez llegan a ser realidades. Pasan los años y ves que, aquel dirigir con un palo a tus muñecos mientras “interpretaban” la música que se reproducía en cualquier cd de la estantería escogido al azar, ha llegado a transformarse en tu profesión y, contra todo pronóstico, eres directora de orquesta, con todas las atribuciones identitarias que el verbo “ser” conlleva y con todas las piedrecitas, paredes y murallas que han crecido ante ti en ese camino. “Di li mísiqui ni vis i vivir” te entraban ganas de contestar a más de uno en tono burlón, harta de escucharles decir la misma frase de modo afirmativo.

Y es que actualmente sufrimos una preocupante crisis en torno al lugar que la música y otros agentes culturales deben ocupar en nuestra educación, en nuestro ocio, en definitiva, en nuestras vidas. Por desgracia vivimos desde hace años un intentar convencernos de que la música es un capricho sin atender a los múltiples beneficios que desde el plano más micro hasta el más macro aporta a un solo individuo o al conjunto de ellos. Ser sensible a la cuestión musical, o artística en general, potencia tus habilidades cognitivas, te ayuda a expresarte haciendo uso de otros medios o materiales, impulsa en ti habilidades críticas con respecto a lo que te rodea, desarrolla tu creatividad, contribuye a tu equilibro emocional y al desarrollo de la empatía, cuida de tu autoestima, agudiza tus sentidos… y un sinfín más de atributos que desarrollan tu bienestar intelectual y emocional.

La música contribuye al entendimiento de otras materias transversales que afectan a la naturaleza, a la sociedad y al propio individuo, te permite alargar tu mirada, elaborar un pensamiento crítico, te hace, en definitiva, ser más libre. Y lo hace mientras rellena tu casilla del ocio, mientras te evade de los problemas, aportándote un plus de diversión (sin dejar de lado la conciencia del trabajo intelectual que hacer música implica) realmente impagable. Además, tocar un instrumento ayuda a tu desarrollo físico, mejora tu coordinación, tu precisión motora, y es que los músicos somos los atletas de los pequeños músculos. Nuestra actividad pone en práctica movimientos técnicamente muy precisos, necesita un entrenamiento diario para estar en forma y te expone a una implicación corporal en momentos de máxima tensión, como puedan ser los conciertos ante público, que llevan a un importante esfuerzo cardíaco así como músculo-esquelético.

La música está presente en innumerables momentos de nuestro día a día casi sin apenas darnos cuenta. Tenemos música en el cine, en el trabajo, en el supermercado, hasta en la salita de espera del dentista, y acompañamos mucha de nuestra actividad cotidiana con ella, al conducir, al ducharnos, al hacer deporte… Nuestra rutina personal en torno a la música va dejando huellas biográficas en la memoria; aquel tema o aquella pieza te recuerdan situaciones, personas, emociones o estados de ánimo.

Pues bien, si la música aporta tantos beneficios individuales en diferentes planos, si la música está tan presente en nuestras vidas y en nuestra cotidianidad, si nos gusta y nos divierte rodearnos de ella, ¿por qué la infravaloramos como medio de vida? La respuesta es evidente y alude a uno de los bienes más preciados de la sociedad: la educación. Es lógico pensar que si la música dispone del área que debe tener en los espacios dedicados a la acción educativa, recuperará la posición social que le corresponde, tanto para intérpretes como para público, lo que resulta difícil en una actualidad completamente dominada por el paradigma científico-técnico. En este punto habría que abrir un enorme paréntesis que aglutina a instituciones de todo tipo como principales impulsoras del hecho educativo-musical y de planes de estudios que deberían hacer más compatible el aprendizaje en conservatorio con las enseñanzas obligatorias, pero esto da casi para un artículo diez veces más extenso que permitiría profundizar, en resumidas cuentas, en el trabajo que todos debemos hacer para entender la necesidad social de la música. Una sociedad que no reflexiona sobre sí misma, es una sociedad sin música, sin arte, sin filosofía, es una sociedad culturalmente hueca. Solo la educación puede generar mentes dispuestas a disfrutar de la música y, por tanto, un respeto y una demanda social de ella.

A todos nos gusta jugar a eso de “si volviera a nacer” porque parece que te libera de la culpa de aquello que sientes no has sabido hacer bien en la vida y te posiciona en un mundo ficticio donde te apoderas de tu pasado cambiando los errores por anhelos presentes. “Si yo volviera a nacer” sería igualmente músico, porque no me imagino una profesión-pasión más maravillosa que ésta y por eso doy mil gracias a mi familia, que tuvieron la valentía de dejar al lado los prejuicios sociales para apoyar mi elección. Y, si ustedes escucharan algún día aquello de “papá, mamá, quiero ser músico”, ¿qué harían?

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