Esta historia escrita con el brillo de una daga florentina podría configurar una obra a medio camino entre la “Historia universal de la infamia” y cualquier antología del disparate. La mucha cortedad de miras e incapacidad de fijar cierta perspectiva en los hechos y en las cosas recuerda a la tribu de la que nos habla Borges que sólo contaban hasta cuatro, utilizando los dedos, por lo que el infinito para ellos comenzaba en el pulgar. Es el suceso de una investidura. Algunos dirigentes del PSOE han echado sobre los hombros de su partido un torcido y contradictorio sentido de la responsabilidad que esconde patológicas ambiciones personales más cercanas al diván del psicoanalista que a la racionalidad política, mirando esa eternidad que comienza en el pulgar o que aún contempla la nariz de Cleopatra como diría Ortega.

Carlos Marx afirmaba que la historia se repite dos veces, primero como tragedia y después como farsa. El 9 de julio, el Comité Federal del PSOE, en el que mandaban e influían los mismos de ahora, aprobó el ‘no es no’. Un ‘no’ unánime y sin matices; no hubo siquiera votación. Un no triple y contradictorio porque se aprobaron tres cosas, incompatibles entre sí: no al PP, no a intentar otro Gobierno sin el PP, no a las terceras elecciones. Es decir, una trampa saducea que implicaba la criminalización del secretario general hiciera lo que hiciera. Esa fue la parte trágica de la historia y la farsa la opción mayoritaria en el último comité de facilitar el gobierno del PP. Es sorprendente que haya partidos que prefieran eliminar a su líder antes de que se atreva a gobernar.

Afirmaba Keynes que se puede hacer cualquier cosa, pero no evitar sus consecuencias. Y esta obsesión de algunos de los viejos y nuevos líderes socialistas por intentar mantener al PSOE como un apéndice del Estado posfranquista y los intereses e influencias fácticas que lo posicionan ideológicamente ha llegado al ápice contradictorio de asumir que el sistema en un escenario de descrédito ciudadano por el abandono en el que se han sentido las mayorías sociales por el aprovechamiento que las élites han hecho de la crisis para beneficio propio y en contra de los intereses de la mayoría de la población, haya tenido que pasar del bipartidismo al partido único, igual que el franquismo concebía la no división de los poderes, cuando dictaba la unidad de mando y diversidad de funciones. La avaricia extractiva de las minorías dominantes ha impulsado a que estas minorías económicas y estamentales provoquen un atrezzo epidérmico del sistema al objeto de no ver constreñida su influencia ni amenazados sus intereses. Sin embargo, la carencia de objetivos trascendentes del Estado, la falta de un modelo acogedor de nación, la abolición de la responsabilidad social, la escandalosa desigualdad generada por el régimen, la extensión de la pobreza entre las mayorías sociales, la corrupción, han generado una crisis totalizadora, desde la quiebra social hasta las tensiones territoriales, que afecta a todos los elementos constitutivos y orgánicos del país y que no hará sino agravarse hasta hacerla insoluble con la sola estrategia de intentar ignorar la realidad.

La progresiva incapacidad del sistema para la asimilación, su tendencia a la exclusión y abandono de las mayorías sociales, su ortopédica estructura que mutila la capacidad de regenerarse, lo sitúa en un complejo atolladero que no hace sino agudizar cada vez más sus contradicciones. La confianza del poder económico y sus apéndices mediáticos en que ninguna alternativa puede prosperar a su acoso y descalificación sólo puede conducir a un ocaso permanente. Esa tendencia del régimen político a lo unívoco convierte a los partidos de Estado en un apoteosis del peor barroco tardío extraído del casticismo más deleznable de nuestra picaresca y a un destierro permanente de la inteligencia de la vida pública, quizá porque la inteligencia es siempre subversiva y por tanto ejercerla es un saludable ejercicio de subversión.

Y las consecuencias, para seguir con Keynes. La obligación de la oposición es siempre derribar al gobierno y en ello radica la grandeza del juego parlamentario. Apoyar la constitución de un gobierno para pretender al momento siguiente derribarlo es el colmo de la irracionalidad. Pero si además para ese apoyo el partido se ha situado ante el ejecutivo al que debe oponerse con la extrema debilidad de carecer de liderazgo parlamentario, con un grupo de diputados dividido, con la militancia descontenta y un electorado malquisto por el incumplimiento de las promesas electorales, ¿de qué manera se puede reconstruir la confianza ciudadana perdida? ¿Qué oposición creíble y posible se puede hacer en esas circunstancias?

En este contexto, ya no hay espacio para la banalización de la política, que tiene que recuperar su supremacía como impulso cívico al servicio de los intereses generales. Recomendaba Maquiavelo para la crisis de las repúblicas, que la única solución era emprender su rinovazione mediante la búsqueda de un nuevo comienzo. En el caso de España, lo contrario, la falta de regeneración democrática, sólo puede ser un cambio de pendiente, no de caída, la caída permanecerá amenazante. Es necesario un proyecto de futuro común y son los idealistas quienes saben hasta qué punto el futuro influye en el presente.

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