Despierta el alba en la ciudad. La oscuridad del cielo, poco a poco va tornando a gris. Las farolas aun encendidas, se preparan para descansar. Los primeros vehículos empiezan a transitar por las oscuras y estrechas calles que desembocan en la gran avenida. El ruido comienza a ser una sintonía permanente. Mamerto, sentado al volante de su coche se dispone a salir del garaje. Mira a los lados. No viene nadie. Arranca. Justo en ese instante, un joven subido en un patinete electrónico, pasa por delante como una exhalación. Instintivamente pisa el freno. La mochila que lleva en el asiento del copiloto vence y cae al suelo. El patinador frena y se queda pálido mirando a Mamerto. Le echa la bronca y le dice que es un asesino, que casi lo mata. Mamerto abre la ventanilla y después de llamarle insensato, le pregunta que cómo se le ocurre bajar a toda velocidad calle abajo, sin chaleco reflectante, sin ningún tipo de luz o reflector en el patinete, que ya que es eléctrico, podría llevar algún tipo de leed. El muchacho del patinete, sabiendo que Mamerto lleva razón, porque no es la primera vez que le pasa, le increpa y se despide con un “vete a la mierda” y sale de nuevo disparado, calle abajo.

Al llegar a la rotonda, se encuentra con un coche rojo parado y con las puertas abiertas en el carril de la izquierda. El conductor está delante del coche discutiendo con un tipo que está subido en una bicicleta. El semáforo está en rojo y hay un paso de peatones. Al parecer, el ciclista, subido en la bici, ha cruzado por el paso de peatones cuando estaba en verde para los caminantes y en intermitente para los coches. El conductor del vehículo rojo ha querido pasar porque no había peatones y no ha visto al ciclista y el de la bici se le ha echado encima. Discuten porque el ciclista dice que tenía preferencia y el conductor del coche le dice que para ello, debería haberse bajado de la bici y pasar andando. Y sin embargo venía a toda velocidad por la acera. Se abre el semáforo y Mamerto arranca dejando atrás la discusión. Sabe que el conductor lleva razón y también que es práctica habitual que los ciclistas crucen por el paso de cebra montados en sus bicis.

Como todos los días, la M-30 está congestionada. Todo el mundo sale a la misma hora y todo el mundo tiene prisa. Mamerto habitualmente se va al trabajo en metro, justamente porque, al final, llega a la misma hora que en su coche y es más barato y va más tranquilo leyendo. Hoy, al finalizar la jornada tiene que acercarse al tanatorio de Alcobendas y no hay posibilidad de ir si no es con su coche. Le revientan los listos. Ahora, en la salida de la Mezquita, ve como el coche que viene por el carril de deceleración, el que da acceso a la ciudad, intenta incorporarse de nuevo a la M-30. Ha avanzado cien metros sin tráfico. Mamerto aprieta su coche con el de delante para que el listo no pueda meterse. El otro con la ventanilla abierta y el puño cerrado amenaza a Mamerto. El vehículo de detrás también se acerca al coche de Mamerto e impide que el listo se le cuele. Al final acaba teniendo que irse por la salida de la Mezquita entre improperios y amenazas a los otros conductores. Mamerto sonríe. Por una vez le han dado una lección.

Llega al trabajo. El aparcamiento es una lotería. Hay un descampado pero además de lleno de baches y de barro cuando llueve, no quiere meter allí el coche porque alguna vez, el listo de turno, ha cerrado la salida aparcando en la entrada.

Por fin, tras dos vueltas, aparca el coche. Nada más poner el pie en la acera, nota que ha pisado en blando. Mira y una arcada le sobreviene. Una mierda de perro le ha dejado el zapato como una almadreña en un barrizal.

Definitivamente esta sociedad se autodestruye, piensa, mientras procura limpiarse el zapato con un papel.


 

Deconstrucción

Quizá me estoy haciendo mayor. Quizá todo sea una paranoia de la edad porque esto de la educación ya me lo decían a mí las abuelas del pueblo cuando yo tenía melena y como dice una de mis “hater”, orejas de soplillo. Quizá la memoria me hace una jugarreta y ahora, aquello que nosotros hacíamos como una gamberrada propia de la edad, y que enfadaba tanto a los abuelos y, sobre todo a las abuelas, si tenía la misma gravedad que esto que hoy está pasando de forma habitual en nuestra sociedad.

Vivo en un barrio obrero. Un barrio fundamentalmente de gente mayor, en el que, debido a los problemas que acarrea el barrio en cuanto a infraestructuras y estado de muchas de las viviendas, han acabado viniendo a vivir algunos matrimonios jóvenes. Muchos de ellos nietos de los abuelos que acaban muriendo o llevados a residencias de la tercera edad.

He de reconocer que no me gustan mucho los perros, o mejor dicho, que me gustan demasiado como para meterlos en una casa de cincuenta metros cuadrados y abandonarlos allí, sacándoles diez minutos por la mañana y otros diez por la noche. No sé por qué pero en esta sociedad sin empatía con el prójimo, se ha puesto de moda la posesión de una mascota y con más frecuencia que otros animales, que esta sea un perro. Tampoco es una prueba científica, pero en mi barrio, el tamaño y la peligrosidad del perro se agrandan conforme se acentúa el gañanismo de su dueño. Cuanto más asocial es el dueño, más grande es el perro. Cuanto más antipático y más incumplidor de cualquier norma básica en sociedad, más se acerca el perro a ser un Rottweiler, un Staffordshire Bull Terrier, un Dogo Argentino, etc. Por supuesto lo de recoger sus excrementos, porque dejan que el perro lo haga en cualquier sitio (hasta en la puerta del ambulatorio), no se lleva. Lo de intentar que el perro no moleste a los vecinos, menos y si hace calor, y es verano tengo una vecina que castiga a sus perros atándolos en un banco que hay junto a su casa para que los pobres bichos se líen a ladrar aunque sean las dos de la mañana.

Ahora que se han puesto muy de moda esos patinetes eléctricos que alcanzan velocidades de hasta cuarenta kilómetros hora, también estamos observando cómo cada vez hay más gente que los utiliza sin ningún tipo de empatía con los demás. Un aparato que puede ser beneficioso para ahorrar contaminación en las ciudades, se está convirtiendo, en manos de desaprensivos asociales, en un peligro para viandantes, sobre todo ancianos y niños.

Lo de los ciclistas, ya ni lo cuento. Porque, al igual que los motoristas, no conocen los semáforos, ni los pasos de cebra. Y en el caso de los primeros circulan por las aceras como si fueran carriles bici, exclusivos y apartados del mundo. Cuando estás parado con tu coche en un semáforo, ellos se lo saltan y cuando vuelves a alcanzarlos, por supuesto, tienes que dejar espacio suficiente para adelantarlos para que no te echen la bronca.

Evidentemente estoy generalizando y eso nunca es ni justo, ni bueno. Pero como decía al principio de este escrito, quizá las gamberradas que todos hemos hecho con dieciocho o veinte años, fueran del mismo calibre que estos comportamientos asociales. Pero hay una diferencia importante, que nuestro comportamiento recriminable era esporádico y la antipatía de estos asociales es permanente y de uso común en sus vidas. Porque esta gente no conoce deberes y lo único que tiene son derechos.

La falta de empatía y de cualquier mínimo valor social se ha convertido en un problema en nuestra coyuntura. Los gobiernos, como el de España, incumplen la ley cuando consideran necesario, como en el caso de la venta de armas a Arabia Saudí. Las resoluciones de la ONU, los tratados internacionales y la legislación asumida por todos los países se vuelve papel mojado cuando hay intereses económicos de por medio. Israel asesina impunemente niños palestinos a los que tirotea por enarbolar una bandera o en bombardeos de hospitales. Arabia Saudí bombardea autobuses llenos de niños. Estados Unidos se convierte en el peligro público número uno, atizando conflictos que provocan guerras con el objetivo de sacar rédito económico durante y después de la guerra. España expulsa inmigrantes en caliente retorciendo lo sucedido para hacerlo parecer legal. Se acusa a políticos incómodos de delitos inexistentes en todos los demás países dónde han solicitado extradición de algunos de los que, conociendo el paño, decidieron largarse antes que comerse dos años entre rejas. Ricos y poderosos son tratados por la fiscalía y los tribunales con diferente vara de medir que al resto de los mortales.

Con todos estos comportamientos es imposible que la sociedad se abstenga de imitarlos y acabe cada uno haciendo de su capa un sayo.

Como también es complicado que viendo este tipo de comportamientos, de tráficos de influencias, de títulos que algunos consiguen sin ir a clase y en tiempo record, muchos de nuestros jóvenes no acaben pensando que todo es una mierda y que la única solución es la de la mentira, el enchufismo, el comportamiento absoluto en el que todo son derechos y no hay deberes, y que el fascismo es la única solución.

La sociedad está, de nuevo, en modo autodestructivo. No hay ganas de luchar, no hay empatía por nadie porque todo el mundo cree que su verdad es la buena y que su razón es la única que le vale. Si no hay empatía, no sociedad y sin sociedad, no hay derechos. Si no hay unión, no hay prosperidad, solo miseria de la que todo el mundo quiere salvarse aunque para ello tenga que pisar al asuso. La enseñanza crea autómatas que aprenden las cosas hoy para olvidarlas mañana. La televisión se empeña en dar pautas de comportamiento en el que los triunfadores son los que consiguen lo que los demás desean, pisando a compañeros a los que convierten en enemigos. El denominador común es la falta de pensamiento crítico. No quieren filósofos sino siervos. Y, a falta de una guerra tradicional, se mata a la gente llevándola a la miseria.

No es posible hacer una tortilla sin romper los huevos y sin pensar la sartén al fuego. Y han creado una sociedad en el que nadie quiere romper sus huevos por el miedo a quedarse sin ellos y en el que no se enciende el fuego, por miedo a que se queme lo poco que se tiene. La tortilla, ahora se compra en el supermercado. Y así es imposible llegar a la deconstrucción.

Salud, república y más escuelas.

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Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.

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