Decir adiós es desprendernos de lo que ya no nos conforma, ausentarnos de aquello que se nos ha vuelto vacío, poner en la balanza la esperanza frente al miedo.

Cualquier despedida convoca fantasmas, creencias todopoderosas de la niñez, trasnochados parámetros.

Vivimos como si no existiera el cambio, prendidos de la temporalidad de un momento eterno y paradójico.

Un instante del que casi nada sabemos y al que jamás habremos de regresar.

En los descuidos, nos asaltan los “nunca” y los “siempre”, conceptos imposibles en nuestra condición humana.

Constantemente abrimos círculos de sentido, esferas luminosas del devenir, que a su tiempo deben ir cerrándose para que el caos no nos desordene y bloquee.

Fluir con la vida es contacto y aislamiento, abrir y cerrar, comenzar y acabar.

Los ríos cuyas aguas se estancan, mueren entre barros y limos, se ciegan, no permiten que los haces de luz los traspasen para crear vida.

Antes que la mente consciente, el cuerpo empieza a decir adiós con su dolor, en sus síntomas puede leerse si esa despedida será un alivio o, por el contrario, parecerá que se nos rompe el alma.

Escuchar nuestro cuerpo nos hará saber con matices si el duelo ha comenzado ya.

Él nos dice si aún amamos, si confiamos o nos frenan las reservas, si conviven armónicamente o en desgraciada contradicción nuestros pensamientos, emociones y pulsiones primarias.

Mejor no engañarse para no ser presa de la enfermedad.

Somos el conjunto de todo aquello que no somos.

Por eso es tan importante saber quiénes somos y quiénes no.

De otra forma nos traicionaríamos.

Nuestra capacidad discriminatoria nos ayuda a diferenciar lo que nos es propio de lo que no lo es.

Renunciar a la mediocridad es saberse único e irrepetible, sólo a partir de ahí nuestra interrelación con el mundo será honesta y sólida.

Para muchos, un íntimo adiós significa perder el sentido de su vida, cabe preguntarse qué sentido tenía antes.

Sin embargo, despedirse también puede ser una elección o un ejercicio de tolerancia a la frustración.

Una manera de apuntalar el pilar de la autoconfianza.

Para superar el dolor hay que caminarlo y traspasarlo, la magia no sirve, porque el dolor es la consciencia de la pérdida, sin cuya presencia es imposible integrar una experiencia.

El placer nos amansa y nos acomoda, por el contrario, del dolor aprendemos más; sin retenerlo ni evitarlo, dejando que pase a través nuestro y siga su camino de integración.

Dolerse no es instalarse en el sufrimiento, sino aceptar una parte más de la vida y la realidad.

Mientras tanto, dejemos que los ríos desborden sus cauces para, más tarde, mansos y soleados, despierten la mejor de las primaveras.

 

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