El aire le da en la cara. Refresca sus antebrazos. Las axilas. Qué bien. Sábado de Retiro a treinta y ocho grados. Escucha el crujir de la grava bajo las ruedas de la bicicleta. Sonidos de infancia. Libertad. Aventura. Por aquí. No, no, por allí.

Viene una cuesta. Se sale la cadena con el cambio de marcha.

Hasta sus treinta y cinco no había montado en bicis con marchas, ni con el piñón fijo del que tanto presumía aquel niño en la sierra. Pero ésta se la había dejado su novio. Antes de romper. Antes de ayer. Había montado esa bicicleta tres veces.

Por eso las prisas desayunando. La emoción. Disfrutar por última vez de unas ruedas que eran más bien alas por los pasillos enjutos y poblados de árboles, escasos de gente. Recovecos casi secretos del parque del Buen Retiro. Existentes.

Él vendría a por todas sus cosas. También la bici.

La cadena se sale. Con el cambio de marchas.

Lo que más temía. Siempre la arreglaba él, las manos llenas de grasa, “¿y esto ahora cómo me lo limpio?”.

Esperanza baja de la bici en plena cuesta. Coloca la cadena tal y como ha visto hacer siempre a Marley. Se pringa las manos. Igual que él. Le sorprende que la grasa sea tan pegajosa. Extensible. Puede hacerlo ella sola. Por fin. Saca un pañuelo de la mochila. Se frota las manos. Ni resto de manchas. Ni un improperio. Sin malas caras. Lo ha conseguido.

Continúa su paseo. Gozosa. Independiente. Capaz.

Lo que más temía ha llegado. Y no le encoje el alma. La estira. Crece.

Ha traído un libro. Antes de echar el bofe, justo después de otra tremenda cuesta, tumba la bici. Se sienta a leer bajo un árbol de Judas. Una pierna sujeta el manillar. El brazo enhebra su mochila. No vayan a robarle. La mano aferra y mantiene abierto el libro.

Esto es paz. Sin duda. La tranquilidad es felicidad.

Disfruta de sí misma, de lo que goza sin miedo. Gana alegría. Sin temor a no gustarle; a que deje de quererla. A que se emborrache y la olvide. Una vez más. A perderle. A estar sola en compañía. Todo eso ya lo tiene. No puede temer que suceda porque está ocurriendo. No más ansiedad; anticipar problemas. Sucede.

Suena el móvil. Es su amiga más loca. Hablan del calor madrileño. Asfalto pegado. Le cuenta cómo lo está resolviendo.

Que estás muy loca, Hilary, jajaja, que a mí siempre me enseñaron lo de “hagas lo que hagas ponte bragas”. Me alegro, sí, jajaja, así corre más el aire. ¿Vestido de algodón? ¿Y largo? No, no, que yo voy de ciclista. Ni se me ocurre. Me parto.

Esperanza cuelga el teléfono. Mira en derredor. No hay nadie. Ni una ardilla. Sonríe. Total, solo será un momento. Una locura sin importancia. Guarda móvil y libro. Se desabrocha sonriendo los cordones de las zapatillas. Qué loca estoy yo también. Tiene que ser rápido. Aséptico. Una, dos y tres. Fuera pantalones. Fuera bragas. Dentro pantalones.

Roja como un tomate las guarda en la mochila. Mira a todas partes. Ni un alma. Solo las plantas respiran.

Comienza a caminar alrededor del árbol de Judas. No está mal. No está nada mal. Se tapa la boca con la mano para ahogar su risa. La quita. Ríe a carcajadas. Se pone la mochila y monta en la bici. Es libre. Y nadie sabe.

“Hagas lo que hagas ponte bragas”, “nunca serás feliz con otro hombre”.

No solo no las echa de menos, sino que se siente ligera, liviana, felizmente loca y divertida.

Tendrá que comprarse una bici. Esta no la recupera.

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