Se acabaron los fuegos artificiales, las celebraciones, las sonrisas, y hasta esa sensación de alivio de que nos habían quitado un terrible peso de encima que experimentamos muchos ciudadanos tras los frenéticos días previos y posteriores a la moción de censura que cambió la historia de este país.

La izquierda entera circulaba por las calles de pueblos y ciudades con una mirada risueña, permitiéndose soñar por unos días y expectante ante los cambios que se sucedían a toda velocidad.

Fue una bonita luna de miel, que hemos enlazado con las pre vacaciones o las vacaciones. Pero el momento de gobernar ha llegado y tenemos que empezar a notar ya esos cambios. Eran necesarios hace unos meses y hoy ya son urgentes.

Entre las muchas muestras de desgobierno que nos dejó el Partido Popular, una de las que personalmente más me llamaban la atención era su ¿pereza? por transponer muchas normativas de la UE que tendrían que haberse materializado hace años. Esto, de hecho, nos ha supuesto más de una sanción por parte de la UE, pero lamentablemente, lo más grave es que el ciudadano de a pie ha estado absolutamente desinformado al respecto.

No conocemos ni las directivas aprobadas por el Parlamento Europeo, ni los plazos, ni mucho menos sabemos de su incumplimiento por parte del Gobierno. Esto no deja de ser llamativo, sobre todo considerando que muchas de ellas nos afectan directamente, como la Directiva 2013/11/UE sobre resoluciones alternativas de litigios en materia de consumo, muy práctica para todas esas pequeñas y grandes cosas que nos pueden amargar la vida cuando compramos productos defectuosos, por ejemplo, ya que está orientada a simplificar los trámites de reclamación. O el Reglamento UE 596/2014 sobre el abuso de mercados, que regula la información privilegiada.

Cito solo dos, pero hasta hace poco el recuento de normativas no transpuestas casi ascendía a 80, y tras un año entero sin gobierno y otro año volcados en Cataluña, parece dudoso que el número se haya reducido de forma significativa.

El actual Gobierno de Sánchez parece tener una voluntad muy diferente en este sentido y querer recuperar un espíritu europeísta en su sentido más positivo, con todos esos valores de defensa del ciudadano que estuvieron en el origen de la UE. Así, un primer ejemplo que podemos citar es que la ministra Calviño ya ha anunciado que se pretende tramitar el proyecto de la Ley de Crédito Inmobiliario, que transpone la Directiva sobre préstamos inmobiliarios, dirigida a «garantizar que todos los consumidores que obtienen un préstamo para comprar un bien inmueble reciban información suficiente y queden protegidos contra los riesgos».

Es evidente que el ciudadano ha sido el gran indefenso durante los años de gobierno de la derecha de este país. No solamente fue el responsable de cubrir económicamente los desmanes de estafadores venidos a más o de bancos arruinados, sino que de pronto se encontró con un sueldo más bajo, unas expectativas de futuro exiguas, el incremento gradual o brusco de los costes que antes no tenía que cubrir, los recortes presupuestarios que empeoraron los servicios que todavía podía recibir y la promesa, que sí estaban dispuestos a cumplir sus líderes políticos, de que su vejez sería mucho peor y más pobre.

Hoy, con todas las reservas necesarias cuando este Gobierno aún no ha hecho nada (y ya ha dado algún traspié importante), no puedo evitar sentir un cierto pálpito de esperanza cuando Nadia Calviño habla de un «plan de choque para el empleo juvenil», que afectará a los (terribles) contratos de prácticas, y afirma que tienen previsto presentar este mismo mes un plan contra la explotación laboral.

Me gusta. Y no puedo evitar regocijarme cuando una ministra es capaz de mirar a los ojos a la banca y a los empresarios y decirles que no está dispuesta a aceptar su chantaje: el Gobierno habla de un impuesto de sociedades mínimo del 15 % (escaso, sí, pero hay que tener presente que, mediante triquiñuelas legales, las grandes empresas pueden llegar a pagar apenas un 7% de tipos efectivos, cuando un autónomo puede tener que pagar por encima del 40 % de sus ingresos).

Me gusta escuchar también hablar de lucha contra las prácticas de las empresas que obligan a sus empleados a convertirse en falsos autónomos (ante la latente y continua amenaza de buscar a otros candidatos dispuestos a aceptar esas condiciones) y de combatir las horas extra ilegales o la discriminación por motivos de género.

Me gusta leer que se va a trabajar por corregir una anomalía deliberada e insólita: el decreto de autoconsumo del PP, también conocido como el «impuesto al sol», por el que se grava a los usuarios que generan su propia energía, en lugar de fomentarlo, como se hace en países más avanzados y concienciados de nuestro entorno cercano. El exministro de energía, Álvaro Nadal, incluso llegó a conseguir un presunto aval de la Unión Europea a este gravamen, cuando desde el Consejo de Europa se permitió que este tipo de impuesto fuera regulado por cada Estado miembro. El Gobierno de Sánchez, al menos, plantea la intención de regularlo en sentido contrario.

Me gusta que una prioridad de este Gobierno vuelvan a ser las pensiones y la búsqueda de fórmulas que las garanticen a largo plazo. No solo porque es una demanda que los ciudadanos de este país hemos expresado a las claras, sino porque el desmantelamiento de la hucha de las pensiones probablemente sería el último puñado de arena sobre el cadáver del sistema de bienestar que tanto esfuerzo ha llevado construir.

No, no soy votante del PSOE, no me caso con su programa o sus promesas, pero en tanto sigan avanzando por cumplir con los puntos de una propuesta de mínimos (propiciada, por cierto, desde Actúa), seguiré confiando, atenta a que todos esos propósitos se materialicen, ahora que ya hemos superado la resaca de tanta celebración por ver al PP fuera de los escaños azules del Congreso.

Y que no vuelvan por mucho tiempo.

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Feminista de izquierdas, traductora, intérprete, soñadora, inconformista y cada día más rebelde. Exiliada política de otros tiempos, cuando no era deshonra y aún podías tener un futuro digno. Nací independiente, pero fiel a mis principios. Y así sigo.

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