Primavera de 1939, después de tres interminables años de una sangrienta y feroz contienda provocada por el Imperio para acabar con la República legítima y democráticamente constituida, las tropas imperiales han acabado con los últimos reductos de la resistencia republicana. El jefe supremo de las tropas imperiales, una especie de Darth Vader gallego al que sus compañeros de armas llaman en secreto “la paca la culona”, anuncia solemnemente con su grotesca voz aflautada que la guerra ha terminado. Pero los miembros de la resistencia, que conocen bien a este infame y desleal jefe militar pasado al lado oscuro de la fuerza, saben que lo peor está por llegar y se preparan para sufrir una posguerra aún más terrible que la misma guerra, donde serán cruelmente perseguidos y acosados a lo largo de las casi cuatro décadas de terror que duró este abominable Imperio ratonero cuya banda sonora, lejos de la imponente y majestuosa música de La Guerra de las Galaxias de John Williams, sería una mezcla entre “la raspa y paquito el chocolatero”.

Un Imperio perverso y sanguinario que lejos de promover e impulsar la reconciliación y el apaciguamiento entre vencedores y vencidos, todos hijos de la misma nación, dedica un ilimitado presupuesto, que bien podría haberse empleado en paliar el hambre de la población, en prolongar indefinidamente la posguerra destinando a un enorme número de tropas bien equipadas y adiestradas para olfatear, seguir el rastro, detener, torturar, encarcelar y, si se tercia, asesinar al enemigo sin congoja ni complejo alguno. Su objetivo está bien claro: acabar con todos y cada uno de los opositores al régimen. Eso supone acabar con medio país, pero no importa, el Imperio, cruel y tiránico, como todos los imperios, está dispuesto a cargarse a toda oposición y disidencia grande o pequeña que se le ponga delante. De ese modo se asegura un largo periodo de tranquilidad donde ejercer un poder total y absoluto a placer sin crítica, traba o limitación alguna. La época con la que sueñan todos los imperios, una época de paz, de su idea de la paz que no es otra que la paz de los cementerios.

Otoño de 1975, no hay mal que cien años dure y el viejo Darth Vader, después de vivir una larga vida cómodamente instalado en el lado oscuro de la fuerza y de ejercer con puño de hierro y hasta el último día un despótico mandato donde toda injusticia, toda arbitrariedad, abuso y atropello tuvo allí su asiento, muere en la cama rodeado de sus fieles que sienten cercano el fin del Imperio que, como todos los imperios, después de una era de auge ya vive una visible y palpable decadencia. No obstante, los coletazos de un sistema que acumuló tanto poder en tan pocas manos y a lo largo de tanto tiempo todavía serán muchos y la resistencia seguirá siendo implacablemente perseguida, vejada, denigrada y humillada hasta límites increíbles, condenada al silencio, a la invisibilidad y al peor de los exilios que es el exilio interior.

La resistencia, ejercida por el PCE, que no ha dejado de luchar ni un solo día por la libertad y la democracia, se prepara para darse a ver, presentarse, volver a su pueblo del que nunca se habían ido pero tampoco habían estado como ciudadanos libres, porque el régimen no les permitió, ni siquiera después de tantos años, una vida mínimamente digna, muy al contrario, se les seguía persiguiendo, hostigando, ojeando y cazando con la misma saña de siempre a pesar de que la ansiada democracia que disfrutaban los países vecinos ya llamaba insistentemente aporreando las puertas del búnker del régimen. Urgía normalizar esta situación absurda y delirante, como era estar y no estar, es decir vivir pero sin derecho ni libertad alguna, ser ilegales, invisibles, prohibidos en su propio pueblo por tener unas ideas distintas a las impuestas por el poder dominante.

Urgía más que nunca acabar con ese injusto, irrazonable e inaceptable estado de cosas y disfrutar ya de una vez de unos derechos y libertades, los que tenemos ahora y nadie discute ni pone en tela de juicio. En definitiva, dejar de vivir siempre con el miedo a ser detenido, torturado, encarcelado y morir y desaparecer a manos de los esbirros del régimen. Para salir a la luz, para presentarse ante su pueblo, los miembros del PCE de La Villa de Don Fadrique, gentes concienciadas y comprometidas con una democracia tan largo tiempo deseada y soñada y que estaban convencidos que acabaría por imponerse a la ya decrépita dictadura, elaboraron un plan.

Verano de 1976, con la excusa de celebrar un cumpleaños, un grupo de amigos, jóvenes militantes y simpatizantes, se fueron a merendar al río Cigüela. Allí, entre merenderas de pisto, tortillas, sardinas y chorizos asados, todo ello regado con buen vino del pueblo, se decidió buscar financiación para los gastos que ocasionaría esa presentación en sociedad tan ansiada, ese hacerse visibles de una vez y para siempre, ese regreso a su propio pueblo del que la mayoría, como ya se ha dicho, nunca había salido. Entonces se decidió la idea de hacer una tasca en la feria, una feria ya próxima, para lo cual necesitarían la autorización del alcalde, un alcalde que, sobra decir, en esa época todavía era del viejo régimen.

El alcalde se mostró de acuerdo porque se le planteó la tasca como una asociación de amigos con fines benéficos. Buena parte de la recaudación iría a la lucha contra el cáncer. Y en efecto, buena parte de los beneficios de la tasca fueron a esa prestigiosa asociación.

El siguiente paso fue construir la tasca. Se buscaron entre los miembros de la resistencia a expertos constructores de casillas para melonares, gangos, chamizos, chozos de huerta y sombrajos en general. No faltaron arquitectos aficionados con gran experiencia en ese tipo de construcciones que se ofrecieran generosa y desinteresadamente, como se hacía todo, para la tarea. Pero lo primero era buscar material de construcción para lo cual fue una cuadrilla al río a cortar cañas y carrizo en cantidad suficiente. Todo este humilde material de construcción se almacenó en la llamada “Casilla del Gato”, situada en La Vega y que fue el centro de operaciones, el “Cabo Cañaveral” desde donde se efectuó el lanzamiento de la nave, de esa especie de ovni de cañizo nunca visto hasta entonces en el pueblo.

Desde allí despegó el material con destino al recinto ferial donde empezó a construirse lo que sería la nave nodriza en la que los comunistas aterrizarían desde el limbo donde el régimen los había condenado a perpetuidad. Pronto se armó una estructura de palos con techo de carrizo y se rodeó con un cercado de cañizo. El resultado fue una mezcla entre el fuerte de Comansi en rústico y la cabaña de Robinson Crusoe. Como todos recordamos de los fuertes de las películas del oeste, sobre el portón siempre había un tablón que nombraba al fuerte “Fort Apache, Fort Lincoln”…, en el caso de la tasca se puso una pancarta sobre la entrada que decía: “Con todo respeto”. Y estaba bien traído el cartel porque ese “Con todo respeto” era en los dos sentidos, es decir, se ofrecía y al mismo tiempo se pedía respeto para todo lo que significaba aquel lugar que se convirtió a las pocas horas de abrirse en ágora, foro, asamblea, punto de encuentro de gentes que hasta entonces no habían tenido nada parecido porque todo había sido clandestinidad, escondimiento y encogimiento.
Aunque los viejos líderes de la resistencia no se daban a ver, andaban por allí y las gentes fieles al régimen, desde el alcalde hasta los últimos enconados talibanes, españolazos bíblicos, rancios guardianes de las esencias de la patria, se dieron cuenta cuenta que aquel extraño artefacto era la nave, el caballo de Troya donde los comunistas, después de largas décadas orbitando el espacio aéreo del pueblo sin obtener permiso de aterrizaje, habían tomado tierra por las buenas, sin la preceptiva licencia por escrito con su sello y firma de la autoridad competente. Los encargados de esta arriesgada misión sabían de las dificultades que entrañaría la delicada maniobra del aterrizaje, siempre peligrosa y más en aquellas circunstancias tan adversas.

Desde el centro de control de la misión se informó que el cercado de cañizo y el techo de carrizo podrían arder fácilmente por el rozamiento contra la atmósfera del pueblo, que entonces ya empezaba a calentarse. Para solucionar este problema imprevisto se echó mano de la tecnología de los transbordadores espaciales de la NASA, que contaban con placas de cerámica para soportar las altas temperaturas que se producían en la reentrada a la atmósfera. Del mismo modo, la tasca se cubrió con planchas onduladas de uralita para así culminar con éxito la delicada y arriesgada maniobra de entrada en la siempre caliente atmósfera de La Villa de Don Fadrique, que desde principios de siglo se había distinguido por ser un pueblo luchador y reivindicativo en defensa de las libertades y los derechos de los trabajadores. Y da lástima emplear el verbo en pasado, pero la verdad es que de aquella heroica lucha por lo evidente, de aquel ardor, de aquella efervescencia por la que el pueblo fue conocido en toda la región por no decir en todo el país, apenas si quedan algunas brasas.

Pero hay que decir que éstas, con ser pocas, nunca se apagarán del todo. El recubrimiento de uralita evitó el calentamiento de la nave, que podría haber provocado un catastrófico incendio a bordo. Los defensores del régimen, criados y engordados bajo la protectora sombra del dictador, seguían con el gesto torcido y la mirada torva las evoluciones de la tasca, que no les gustaba nada, ni la gente que andaba por allí y tampoco la música reivindicativa que sonaba a todas horas: Jarcha, Paco Ibañez, Rosa León, la canción “gallo rojo, gallo negro” de Chicho Sánchez Ferlosio, Serrat, Víctor Manuel, Ana Belén, Miguel Ríos, entre coplas, pasodobles, rumbas y otras canciones digamos “normales” para disimular. Pero algunos de estos patriotas, gente de “orden”, decían con gesto hosco y severo de inquisidor: “Aquí vemos a La Pasionaria vestida de Lola Flores”. Y a pesar de aquellos Torquemadas, algunos de los cuales, andado el tiempo, resultaron ser demócratas de toda la vida, la tasca fue todo un éxito y no por su calidad gastronómica, que era más que aceptable o su servicio que era cordial y amigable, sino porque fue la “nave” donde llegaron centenares de vecinos, hasta entonces declarados ilegales, invisibles, que estaban decididos, resueltos a hacerse visibles, a existir con mismos derechos que los demás.

Pero además de eso fue un lugar de encuentro, de reunión, de diálogo sin censuras, una plaza de libre acceso para todos sin excepción, una podría decirse “zona liberada” donde se podía hablar de cualquier tema, incluyendo el político, cosa que ahora vemos como lo más normal del mundo pero en aquellos no tan lejanos tiempos era algo todavía impensable. Como anécdota puede decirse que colaboró en la tasca, además de las muchas personas concienciadas, comprometidas, generosas y solidarias distribuidas en los turnos de trabajo y vigilancia, la hija del sargento de la guardia civil del pueblo, que era un hombre inteligente que no intervenía porque veía inevitable la caída del régimen y la llegada de la democracia.

En este aspecto sí tuvimos suerte porque en otros pueblos, como por ejemplo Villacañas, el responsable de la guardia civil no era tan prudente e inteligente y seguía a toda máquina, duro con ello, con su asquerosa y repugnante labor de represión intentando con todas sus fuerzas contener a los disidentes, algo absurdo porque como dice un verso de Neruda: “podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”.

Acaba la feria y comienza la vendimia. A finales de 1976, un año muy movido como puede verse, se celebra el referéndum para la reforma política. El PCE pidió el voto en contra porque el régimen lo mantenía tan ilegal, excluído, demonizado y criminalizado como el primer día. Por esas fechas aparece Carrillo con su peluca y lo detienen. Y la verdad es que estaba para ser detenido pero sólo por atentar contra las leyes no escritas de la estética. En enero del año siguiente se produce la matanza de Atocha y hay un clamor popular pidiendo la legalización del PCE. Hecho que se produce unos meses después, concretamente el 9 de Abril. Nuestro pueblo se adelanta a esa fecha y a mediados de enero celebra una fiesta de entrega de carnets en la casa de Juan Patatilla. Unos meses después, en Junio se celebran las primeras elecciones y amanece por fin la democracia después de la larga y oscura noche de la dictadura.

Hay que agradecer a Juan Manuel “El gato”, uno de aquellos jóvenes que celebró aquel “cumpleaños” en el vado de El Jarillo, una buena persona donde las haya, todo generosidad y compromiso, el haberme proporcionado los mimbres con que entretejer estas modestas líneas que hablan de este importante acontecimiento del que ahora se cumplen cuarenta y dos años. Y fue, más que importante, transcendental por lo que trajo consigo: nada menos que la libertad para los que injustamente habían sido durante mucho tiempo, algunos toda su vida, privados de ella. Sobra decir que aquella rústica tasca, aquel simbólico y emblemático chamizo que parecía traído de la sabana africana o de una favela de Río de Janeiro después de ponerle la uralita, no pasará a la historia por la comida y la bebida que allí se despachaba, ni por la música que brotaba de altavoces baratos llenos toses y carraspeos, tampoco por el beneficio económico, que lo hubo. Pasará a la historia porque después después de largos años de una dictadura que parecía no acabar nunca, se conquistó un espacio de todos y para todos, se rompió el silencio, se acabó con el miedo a dejarse ver en público, a hablar, a defender unas ideas, a reunirse en un lugar abierto.

También se produjo un hecho crucial en nuestra historia más reciente y fue que en La Villa de Don Fadrique, en aquella feria del 76, en aquel bullicioso patio de tierra y cantos las izquierdas y las derechas, porque también acudió a la tasca gente de derechas, los vacunados de patriotería, intolerancia y fanatismo, se juntaron a tomar un vaso de vino y una sardina asada y no pasó nada, no hubo ningún altercado, ni se sacaron los tiestos, los mutuos agravios de tantos años. Muy al contrario, hubo un ambiente agradable, cordial, constructivo. Y en aquel espacio, un espacio conquistado para activar e impulsar la conciliación y la participación de todos en un debate abierto, se celebró de una manera espontánea e informal que la inacabable posguerra por fín había terminado y se abría una época donde era posible, además de deseable, el diálogo, la convivencia y el entendimiento. Con todo respeto.

Hace cuarenta y dos años, la tasca abrió sus puertas a la modernidad, al progreso que no es otra cosa que la realización de las utopías. También las abrió, y de par en par, a esas palabras que Cervantes pone en boca de Don Quijote en su discurso a los cabreros: “Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron el nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío”
La tasca, humilde y pobre en apariencia, albergaba todos los sueños del mundo.

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?
Compartir
Artículo anteriorNobel de la paz
Artículo siguientePatria

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

doce − tres =