Reza un antiguo aforismo, que Es la Política el arte de posponer los asuntos importantes hasta lograr que los mismos se tornen en obsoletos. 

Detenidos tan sólo unos instantes en el sabroso proceso que se desprende de deleitarnos con la certeza de lo en el mismo expuesto, sobran el resto de segundos, de instantes si suplimos la parte estrictamente semántica para abocarnos si se prefiere a la componente más romántica, a la hora de constatar una vez más lo cerca que del abismo estamos.

Hablan los científicos de neuronas “espejo”. A grandes rasgos, y ateniéndonos al componente que para la presente reflexión resulta de utilidad, vendría a tratarse de una componente de nuestra neurofisiología cuya función principal estaría centrada en lo que conceptualmente podríamos definir como el proceso destinado a identificarnos a nosotros mismos por medio de la reciprocidad o sea, determinar nuestra esencia interpretando los efectos que nosotros y nuestros actos que por ende nos definen, causan en los demás.

Serían pues las citadas formaciones, uno de los elementos más a tener en cuenta a la hora de dar el impulso definitivo a lo que hasta el momento sólo era constatable a saber: que es el Hombre un ser social en la medida en que está destinado a vivir con los demás, hecho que subyace a la certeza por la que estamos incluso orgánicamente provistos de estructuras cuya funcionalidad sólo puede explicarse desde el punto de vista de la reciprocidad.

Efectivamente, somos pues sociales. Pero que nadie se vuelva loco, incluso que nadie lo celebre. Es más… ¿Tenemos realmente algo que celebrar?

Como ente completo, entendida por esta afirmación la destinada a conformar la certeza de que el Hombre como resultado  es mucho más que la resultante de una agregación (el Todo es mayor que la suma de sus partes); el Hombre como tal es resultado de un proceso dinámico (no imprescindible o no siempre sujeto a los cánones demasiado optimistas que subyacen a las interpretaciones demasiado agradables que a menudo sufre la libre interpretación de la Teoría de la evolución. De persistir en ese buenismo, (que anticuado estoy, el corrector de mi procesador de textos aún me da buenismo como inexistente); caeremos inevitablemente en el error de pensar que todo proceso imbricado en el paso del tiempo está imperiosamente abocado al éxito, lo que vendría a redundar en la tesis largamente denunciada en base a la cual, el mero paso del tiempo lleva aparejado, por sí sólo, progreso.

Pero lo afirmado hasta el momento se ampara tan sólo en una sucesión de términos que ordenados con un poco de maña podrían inducir a error, al sustituir la esencia de la verdad, por el hedonismo subyacente a la utilización de la estética allí donde la conceptualización de la realidad se muestra insuficiente para consolidarse en argumento; se pronunciarían los tentados a acusarme de sofista.

Para todos ellos, y también para ese otro sector más radical, siquiera menos elegante y con ganas de llamarme sencillamente demagogo, estaré dispuesto hoy a apoyar mis conceptos en cuestiones netamente naturales.

Retomamos así, siquiera de manera instantánea aunque no por ello vacua, la esencia del concepto inicial llamado por ello a originar todo el contenido de la presente reflexión, pues no en vano ni por un segundo hemos dejado de hablar de ello; y consideremos hasta qué punto La Política, al menos como la interpretamos hoy (no como la vivía Sócrates en los tiempos en los que la confrontación con los sofistas era real y palpable), se ha convertido no ya en un reflejo, como sí más bien en el último reducto en el que la Sociedad puede no ya defenderse, sino incluso reconocerse.

Era La Política el reflejo de la Sociedad. Hoy como entonces, La Política es el reducto en el que se libran batallas que en cualquier otro lugar motivarían auténticas guerras, estando por ello bien visto e incluso valorado el carácter beligerante (¿verdad Sr. Rufián?).

Pero que nadie se confunda, los cambios no por tales conllevan inexorablemente mejoría. De hecho, la metáfora queda preciosa al incidir en las complicaciones que se suscitan a la hora de ver hasta qué punto cambiar por las paredes de un edificio los espacios abiertos por los que otrora la luz que a raudales se deslizaba tornando en verdaderamente públicos y notorios todos los actos desarrollados en el Ágora, no han hecho sino complicarlo todo de manera aparentemente innecesaria.

Pero las acciones no son en sí mismas, en la medida en que sólo obtienen vigencia al ser desencadenadas por Hombres, para afectar evidentemente a los Hombres. Así, de la Política como acción extraemos necesariamente el corolario que en sí mismo se define y que nos permite hablar de Clase Política.

Superada la connotación interpretativa, que podría resumirse en el hecho por el cual en tiempos de Sócrates, y por ende de los sofistas, ninguna decisión era vinculante aun habiendo sido tomada por la mayoría, si de la misma no habían participado un mínimo de mil quinientos ciudadanos; además de tirar por tierra el argumento impunemente trazado por los superficiales llamados a decir que La Democracia es la Política reducida al triunfo de las mayorías; extraemos de parecida manera la definición de Clase Política expresada en términos igualmente reduccionistas como la estructura socialmente conformada en aras de erigirse en representación lícita de ésta.

Resulta así pues, que no es sino esa Clase Política un valioso reflejo de esa sociedad a la que no en vano representa. Sus miserias son nuestras miserias, las cuales son para nosotros más reconocibles en ellos porque al igual que ocurre con el caldo de marisco, su sabor y olor es insoportable al resultar más llamativas sus esencias fruto de la reducción.

En resumidas cuentas, lo inexorable del declive que consciente o inconscientemente observamos en la Clase Política que nos representa, no responden sino a un mal endémico que hunde sus raíces en la génesis de la sociedad.

Combatirlo resulta, actualmente, una utopía, no en vano se esconde en el disimulo, engañando a los que piensan que pueden enfrentarlo de manera autónoma, desoyendo toda cuestión vinculada con su relación para con la sociedad.

Tal vez por ello una actitud sencilla aunque la única sincera, pase por reconocer que un nuevo tiempo ha llegado, un tiempo de transición, quién sabe si el único verdaderamente digno de merecer tal apelativo, pues no en vano separa un tiempo de progreso (que hemos vivido sin ser capaces de disfrutarlo), de otro de decadencia (que se aproxima a velocidad de crucero y que, queramos o no, vamos sin duda a padecer).

En definitiva, y como casi siempre, una mera cuestión de tiempo.

 

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Natural de La Adrada, Villa abulense cuya mera cita debería ser suficiente para despertar en el lector la certeza de un inapelable respeto histórico; los casi cuarenta años que en principio enmarcan las vivencias de Jonás VEGAS transcurren inexorablemente vinculados al que en definitiva es su pueblo. Prueba de ello es el escaso tiempo que ha pasado fuera del mismo. Así, el periodo definido en el intervalo que enmarca su proceso formativo todo él bajo los auspicios de la que ha sido su segundo hogar, la Universidad de Salamanca; vienen tan solo a suponer una breve pausa en tanto que el retorno a aquello que en definitiva le es conocido parece obligado una vez finalizada, si es que tal cosa es posible, la pausa formativa que objetivamente conduce sus pasos a través de la Pedagogía, especialmente en materias como la Filosofía y la Historia. Retornado en cuanto le es posible, la presencia de aquello que le es propio se muestra de manera indiscutible. En consecuencia, decide dar el salto desde la Política Orgánica. Se presenta a las elecciones municipales, obteniendo la satisfacción de saberse digno de la confianza de sus vecinos, los cuales expresan esta confianza promoviéndole para que forme parte del Gobierno de su Villa de La Adrada. En la actualidad, compagina su profesión en el marco de la empresa privada, con sus aportaciones en el terreno de la investigación y la documentación, los cuales le proporcionan grandes satisfacciones, como prueba la gran acogida que en general tienen las aportaciones que como analista y articulista son periódicamente recogidas por publicaciones de la más diversa índole. Hoy por hoy, compagina varias actividades, destacando entre ellas su clara apuesta en el campo del análisis político, dentro del cual podemos definir como muestra más interesante la participación que en Radio Gredos Sur lleva a cabo. Así, como director del programa “Ecos de la Caverna”, ha protagonizado algunos momentos dignos de mención al conversar con personas de la talla de Dª Pilar MANJÓN. Conversaciones como ésta, y otras sin duda de parecido nivel o prestigio, justifican la marcada longevidad del programa, que va ya por su noveno año de emisión continuada. Además, dentro de ese mismo medio, dirige y presenta CONTRAPUNTO, espacio de referencia para todo melómano que esté especialmente interesado no solo en la música, sino en todos los componentes que conforman la Musicología. La labor pedagógica, y la conformación de diversos blogs especializados, consolidan finalmente la actividad de nuestro protagonista.

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