Ser mujer, feminista, lesbiana, policía en activo y comenzar a hablar de machismo en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad te coloca en un lugar complejo, en un espacio de confrontación casi peligroso en el que, debido a tus impresiones, las violencias de todo tipo comienzan a atravesarte.

De repente, debido a tu deslenguada decisión, y sin previo aviso, te ves a ti misma corriendo en zigzag para evitar morir bajo el fuego a discreción que han abierto desde una trinchera, tus compañeros y compañeras de profesión y uniforme, que no de calle, ni de vida.

Corres y corres con las balas silbándote cerca de las orejas y por ende, entiendes que disparan a tu cabeza, y al girarte, para ver si son muchos o pocos y motivarte en caso de lo último, te das cuenta de que en la trinchera desde la que te disparan con saña, no están solos, pues parte de la sociedad civil les acompaña, toda ella de camisa blanca, con cara al sol de oriente y armada hasta los dientes.

Ves entonces como, para más INRI, han clavado en el suelo del lugar desde el que intentan ajusticiarte, un cartel enorme con la leyenda: “tiro al pichón” y comprendes entre sudor y jadeos de asfixia, que han organizado un torneo en el que tú eres la pieza de caza invitada y que pugnan entre sí por lograr colgar tu cadáver sin desplumar en su cinto, para hacerse después un selfie y subirlo a redes.

Entre ráfaga y ráfaga de metralla, los escuchas jalearte disfrutones, llenos de odio, tirando del banquillo de ese insulto fácil que escucharon un día y asumieron, falaces, como elocuencia propia.

Los oyes referirse a ti con ira y violencia y entiendes que, sin haberte parado a magnificar las consecuencias de tus actos, te has convertido en una especie de leviatán azul marino, por todo lo que sin mesura cuentas y argumentas. Los oyes ya a lo lejos, pues avanzas a un buen ritmo de pies para que os quiero, prescribirte a viva voz unos centímetros de patriarcado en barra, y es en ese momento en el que ya no corres por evitar que te alcancen los tiros sino por la barra esa patriarcal que sabes que te meterían, al más puro estilo manadesco, en caso de lograr cazarte con vida.

Las Fuerzas de Seguridad y los ejércitos pertenecen generalmente a una cultura liberal en esencia y por tanto están en un privilegio, viven alejados de la realidad de la sociedad a la que sólo acceden desde esa misma situación de superioridad que les otorga el ejercicio de sus funciones. No hay policías, o si los hay son muy escasos, en manifestaciones ni en reivindicaciones sociales de cualquier índole, excepto para pedir aumentos de salario, se me olvidaba ese extremo.

Esta ausencia de empatía, implicación y compromiso con la mínima militancia social, indica que no son gente, que no se sienten ciudadanía y por ende se alinean de manera plena con un Status Quo inevitablemente político que impregna su día a día al completo, sin luchar ni esforzarse porque algo cambie, aceptando que la opresión es el estado natural de las cosas.

Decir que la identidad y la cultura de las Fuerzas de Seguridad son patriarcales y lógicamente machistas en esencia, abre la veda para que los machirulos con placa apoyados por una milicia de desesperadas compañeras que no quieren bajo ningún concepto ser tachadas de feministas, comiencen a torpedearte con expedientes administrativos y procesos internos para lograr taparte la bocaza, pues al fin y al cabo casi todos ellos se graduaron con mejor o peor nota en la escuela del “por mis cojones”, cursando, algunos, Master y Post grado en la facultad de “porque me sale de la polla y punto”.

Si se me lee con atención se entiende que no generalizo sino que hablo de identidades y culturas, de pilares sobre los que se construye todo el ideario de una colectividad, entendiendo que no es la norma, pues no hay que olvidar que yo misma soy policía y tampoco dejar de lado el hecho que no es baladí, de que todo el apoyo que recibo por parte de compañeros de profesión viene dado a escondidas o por redes sociales con perfiles ocultos, lo cual habla de miedo, opresión y espacios no democráticos ni inclusivos en los que cualquier posición que no sea la hegemónica es considerada disidente y por tanto objeto y sujeto de ataques.

Ejemplos como el lerdo-chat para idiotas de policías municipales de Madrid, dónde unos agentes vertían sobre la Alcaldesa Manuela Carmena insultos sexistas y ensalzaban la figura de Hitler, el reciente caso de unos policías que presuntamente violaron a una chica en Estepona, la manada militar de Málaga donde siete militares violaron presuntamente a una soldado administrándole a escondidas burundanga, la denuncia de agresión a un teniente por parte de a una soldado en el cuartel militar de Palma de Mallorca hace escasos meses, el reciente acoso denunciado por una militar a un Alférez en Zaragoza el mes pasado, el caso de una compañera de la Guardia Civil que tuvo que encañonar con su arma reglamentaria a un superior porque estaba intentando violarla, las denuncias constantes de mujeres policías que no tienen eco mediático porque la intención es hacerlas ver como casos aislados y seguir diciendo que todo es muy democrático y paritario dentro del cuerpo, los testimonios de malas praxis profesionales a mujeres que han denunciado malos tratos o violaciones en comisaría y un sinfín de situaciones que ponen de relieve lo que hoy quiero explicarles, que no es otra cosa que la negativa existente en nuestra sociedad a poner el foco en el problema, que nos cubrimos la cara con la bandera del “no todos son iguales” y el “hay de todo en la viña del Señor” porque no somos capaces de asumir que es algo estructural, sistemático y sistémico y que la policía y los ejércitos son espacios machistas que ejercen la opresión hetero-patriarcal de manera centrífuga y centrípeta.

Pero creo que ha llegado un momento en el que el aliento de la policía de caverna huele ya demasiado a estómago sucio y por mucho que intenten contra- argumentar, las corporaciones ya no pueden seguir digiriendo públicamente todo lo que en secreto y a solas antes estaban desmembrando y engullendo.

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Nació en Barcelona en el año 1978. Hija de una familia de emigrantes extremeños. Pedagoga y educadora, policía vocacional. Cursó master en ciencias forenses y se especializó en derechos contra las libertades fundamentales liderando el servicio de delitos de odio pionero en Baleares. Residente en Palma de Mallorca, entiende la seguridad pública como un servicio al ciudadano en comunión con los derechos humanos. Mujer, feminista, lesbiana y de izquierdas.

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