En aquellos años del establecimiento de la democracia, mi profesor de derecho político, muy vinculado a la redacción de la Constitución, nos explicaba a sus alumnos que las Comunidades Autónomas y sus vías de acceso eran un paso inicial para acabar desarrollando un Estado federal. Conscientes de que el llamado grupa Galeuzca, las comunidades históricas, Galicia, Euskadi y Cataluña, poseían unas características históricas, una lengua propia,  una cultura, una literatura y un largo etcétera que las hacía dignas de que fuesen respetadas, alimentadas y salvaguardadas, como enriquecedor patrimonio cultural  de este país.

Era, pues, necesario plantear una organización del Estado que respetase esta cultura propia que a todos nos sumaba y enriquecía. Porque las Comunidades Autónomas no son ni más ni menos que una forma de organizar un Estado de manera que los dirigentes, la gobernanza y la gestión de determinadas competencias estén más cerca de su pueblo, de sus necesidades y peculiaridades. Fue necesario para ello sentar a la mesa de negociación a los representantes de todas las fuerzas ideológicas de este país y hacer un esfuerzo titánico para que esas dos Españas, llenas de heridas y rencores, llegasen a unos mínimos de concordia que hiciesen realizable una convivencia pacífica.

Este espíritu de colaboración, de concordia, de pactos y entendimientos, es algo que la historia de la Humanidad viene desarrollando cuando somos conscientes de que la unión nos hace más fuertes, más justos e igualitarios, genera mayores índices de desarrollo económico, mejora la convivencia y la tolerancia y nos enriquece culturalmente. Cuando unimos a las distintas tribus, y llegamos a pactos y acuerdos de convivencia, que desarrollamos a través de las leyes que nos damos, somos más fuertes y mejoramos nuestra gestión y acuerdos de colaboración con los demás. Hacemos frente común, para repeler la agresión de posibles enemigos o contrincantes. Enemigos que, lógicamente, emplearan todo tipo de tácticas para hacer cierta la frase de “Divide y Vencerás”

Desconozco cuál fue el transcurrir de la política territorial de este país para que en los numerosos años de democracia que ya llevamos ningún gobierno plantease el desarrollo hacia el federalismo. Desconozco también qué miedos ancestrales nos atenazan para no hacerlo, para no organizarnos como Alemania, EEUU, Argentina o tantos otros Estados federales democráticos que hay en el mundo.

Cuando los independentistas catalanes comenzaron su guerra de guerrillas contra el Estado central, ingenua de mí, pensé que había llegado el momento. En plena crisis económica, con la necesidad de nuevos planteamientos de gestión y organizativos, en la clara evidencia de los fallos ya cometidos en los años anteriores, no estaba mal que surgiesen nuevos planteamientos e, incluso, que se retomasen algunos no tan nuevos. Estaba claro que nos habíamos equivocado en el modelo económico que nos llevó a un boom de la burbuja inmobiliaria, en la atribución de poder a nuestros políticos que, muy al margen de estar a la altura de los cometidos otorgados, destaparon numerosos casos de corrupción y un dato más que traía una auténtica transformación del escenario, el desarrollo de unas tecnologías con las que no habíamos contado ni en el mejor libro de ciencia ficción. Por lo tanto, cuando el viento cambia, uno debe ajustar las velas. Y un buen estadista, un buen gerente y un buen líder, deben estar informado e informar a los suyos del cambio de rumbo.

Nunca creí que a uno de los pueblos más desarrollados, más avanzados y más internacionales que nos componían, nadie le hubiese explicado que el escenario había cambiado, el rumbo de progreso era otro y las consecuencias del nacionalismo absurdas y devastadoras. En un mundo universalista, donde las redes nos conectan a todos, nos permiten hacer alianzas nunca pensadas y comunicarnos en espacio de segundos. Donde esto nos facilitará la lucha contra el crimen, la mejora del comercio y los tratados internacionales y la defensa de los colectivos más vulnerables. Donde al fin los pueblos van a tener un atisbo de la información y el poder de las clases dirigentes. Donde la ONU fija 17 objetivos universales para cambiar nuestro mundo, para el desarrollo sostenible “…para que los países y sus sociedades emprendan un nuevo camino con el que mejorar la vida de todos, sin dejar a nadie atrás”. Donde su agenda cuenta “… con 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible, que incluyen desde la eliminación de la pobreza hasta el combate al cambio climático, la educación, la igualdad de la mujer, la defensa del medio ambiente o el diseño de nuestras ciudades…”. Iba a permitir que se impusiese, el gobierno de los dinosaurios, el gobierno de los timoratos, de los que se resisten al cambio.

Yo, que admiraba a Cataluña por su espíritu innovador, por sus desarrollos empresariales, por su cultura progresista, se me rompía el alma de ver que tras varias generaciones de autonomía, había sido poseída por unos dirigentes timoratos que manipulaban a su población, en el mayor alarde de falta de visión de futuro y organización política, que habíamos vivido en los últimos 40 años, sumiéndonos en una crisis social y economía de la que aún desconocemos las consecuencias.

Es necesario tener un nivel de ignorancia e ingenuidad muy elevado, para pensar que, en un mundo globalizado, universalizado y donde la clave está en las alianzas, en la utilización de las nuevas tecnologías universales, ellos pueden ir solitos. Y ahí tenemos a unos dirigentes construyendo muros de papel frente al maremoto de la universalización.

El Sr. Puigdemont quiere pasar a la historia. Pasar a la historia es muy fácil, no se requieren mayores dotes que una total falta de empatía, de inteligencia e insensibilidad. Hitler pasó a la historia culpando a los judíos de los males de Alemania, también el asesino de Kennedy pretendía frenar los cambios que se avecinaban y posiblemente los yihadistas que tiene al mundo occidental aterrorizado, inmolándose por Ala, y convencidos de que Al-Andalus es suyo, pasarán también a la historia. Pero pasar a la historia como un gran estadista, como un benefactor de su pueblo, como un visionario y un referente de progreso para la humanidad, ya es otra cosa. Pasar a la historia como usted va a pasar, por manipular a un pueblo en su perjuicio social y económico, por romper el consenso de un país, desestabilizar nuestra fama de país solvente y confiable y con ello nuestra economía, despertar los odios y la violencia entre hermanos y hacernos retroceder más de 80 años, para abrir heridas que tanto nos cuesta curar, eso solo puede hacerlo alguien sin la menor perspectiva de gobierno y sin el menor espíritu de sacrificio y afecto por él.

Porque usted conoce, a diferencia de muchos miembros de su pueblo, perfectamente cómo se modifican las leyes y la organización de un Estado democrático de derecho. Se presupone que está ahí porque sus cualidades y preparación le cualifican para resolver los conflictos de forma pacífica y en beneficio de todos. Se presupone que tiene visión de futuro y conoce los cambios que nos arrastran para la mejora del progreso de la humanidad. Al igual que sabe que no le puede pedir al ejecutivo o al legislativo que rompa la separación de poderes e interfiera en el poder judicial para dejar a dos personas en prisión preventiva, investigadas por un presunto delito grave, en libertad. Usted si conoce nuestras leyes y cómo modificarlas porque históricamente los miembros de su partido han intervenido en la confección de las mismas. A usted y a los representantes del gobierno de Cataluña que el otro día declararon la independencia no se les puede acusar de ignorancia, ustedes sí sabían lo que hacían y es un acto miserable que se hayan  amparado en la voluntad de unos cuantos que desconocen los devastadores efectos nacionales e internacionales de esta decisión. Igual de miserable y antidemocrático que pretendan ustedes imponer su voluntad particular, frente a la diversidad de una población que no toda piensa igual.

Gobernantes como usted no nos interesan Sr. Puigdemont, pero a ninguno. Gobernantes que nos lleven a la desestabilización y destrucción del Estado de bienestar que tanto nos ha costado construir, les sobran a todos a los catalanes y al resto de los pueblos de España. Gobernantes timoratos que pretendan imponer muros a los cambios.

No se queje cuando el resto siga apostando por la convivencia pacífica, por el progreso del Estado y el desarrollo universal de nuestra democracia, y decidan aplicar las leyes que entre todos nos hemos dado para que nadie las destruya. O como mucho proponer enmiendas para el desarrollo más justo, más sostenible, más equitativo y más universal de las mismas. No se extrañe cuando apuesten por construir. Es usted el que rompió la baraja, en vez de enmendarla, el que aposto por el retroceso hacia un modelo y un mundo caduco, el que no explico a su pueblo, las consecuencias de unas decisiones totalmente inviables en el mundo hacia al que avanzamos.

A qué fuerzas y poderes les interesa esta guerra lo desconozco, pero sí tengo muy claro a quien perjudica y a quien no le interesa, a ninguno de los pueblos de España, donde incluyo a Cataluña y, especialmente a los más vulnerables, a las clases trabajadoras, sobre cuyas espaldas recaerán los efectos de este despropósito, digno nada más que de un sátrapa.

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