Cada año hay un verano y cada verano tiene su aquel. Pero todos, absolutamente todos, nos ofrecen una cantidad ingente de cosas que pican. Y si te pica, te rascas, esto es así. Pongamos 12, para que no sea un número redondo, como vuestro verano.

1. Los mosquitos.

Por supuesto. Mosquitos de todo tipo que entran en las alcobas o te comen las patas en una playa de Huelva (salvo a los de allí, que ya son inmunes). Mosquitos que nos hacen pensar en esto de la naturaleza y lo pequeñitos que somos, que tememos su ataque y sus secuelas. El mosquito humaniza, te enfrenta al ser que eres realmente, fuera de apps, pantallas y wifis. El mosquito y tú. Nada más. Intentar cazarlo como si fuese un “charli”, elucubrando estrategias militares o de guerrilla, razonando, intentando averiguar su próximo paso, hablándole entre dientes, amenazándole, conectando tu cerebro con el suyo, tensando músculos, avizando ojos, perfeccionando el sigilo. El mosquito pica, o acaba picando, y luego muere henchido de sangre. Muere solo o por tu desmesurada violencia, a la mañana siguiente, marcando para siempre la pared. Y luego te rascas y te rascas, te haces herida o te aguantas. Y ahora, del mosquito ya muerto, solo queda ese veneno que tienes en tu interior. El mosquito trasciende a través de ti. Y la vida sigue, el picor también.

2. El marisco en mal estado.

Oferta por los ojos, por los oídos, berridos de camareros que venden lo que no tienen: pescado fresco, marisco recién traído, animales, bichos, tenazas, cabecitas que chupar. Pero pica, pica, pica. Que luego, tras pagar “la dolorosa”, el placer se vuelve drama y tus vacaciones peregrinaje al baño, al otro, al que no tiene cloro ni sal.

3. El césped y el cloro de la piscina.

Te intentas auto-convencer que bajar a la piscina de la “urba”, donde tus lorzas se mezclan con las de tus vecinos que ves vestidos y serios y olorosos durante todo el año bajando en el ascensor, es una opción para combatir el calor y la frustración de un verano sin playa. Y te vas al césped, con una toalla bonita, con palmeras y soles. Pero te roza esa hierba, ese verde y notas que pica, que se te pone la piel rojita, irritada porque no es lo que buscaba. La piel te habla y tú no la escuchas. La piel te está diciendo, entre sarpullido y sarpullido: “Playa. Playa. Playa”. De hecho, la erupción dibuja a modo de “tatoo” una especie de calita mediterránea. Al menos así lo ves tú antes de que el cloro del primer bañito de la temporada te deje los ojos fritos, rojos, apuntalando tu vizcochada mirada, dejando cualquier oportunidad con la vecinita en anécdota que soñar a la hora de la siesta. Todo pica en la piscina de la “urba”, hasta la música la oreja.

4. La cuenta del chiringuito.

Marisco o no, la cuenta pica. El señor que atiende te vio llegar lleno de arena y la espalda roja del que lleva pocos días para saber dónde se ha metido y pocos también para haberse pulido todo el presupuesto. Mantel de papel, vinagrera con aceite de girasol, pan, aperitivo y carta de raciones. Todo muy sencillo, todo muy cercano. Te tratan como de la familia, le suelta requiebros a tu novia y a ti te cuenta chistes y te da golpes en la espalda con la mano llena de grasa. Una de alitas, dos jarras de cerveza y un espeto de sardinas. Mirando al mar. Eso sí, entre los puestos de pañuelos, collares y pulseras con tu nombre. Cuando pides la cuenta no lo sabes, pero te va a picar.

5. Las noticias de política.

En verano pasa todo, lo que pasa es que nos enredan con lo de los fichajes del fútbol y parece que no. Acaba de pasar con el presidente, citándose con la Justicia con más desdén que el que sabe que la cuenta la paga otro. Pasa todo. Y casi siempre pica. Al menos los ojos pican, te los rascas porque no te quieres creer lo que ves. En verano empezó la Guerra Civil, con aquel alzamiento, se lanzaron las bombas atómicas, haciendo bueno el refrán de “matar moscas a cañonazos” (las moscas eran personas y las consecuencias pican aún), Nixon dimitió tras el escándalo del Watergate (¡ah, qué tiempo de dimisiones más rico hacía en el 74!). En verano también se empezó a construir el Muro de Berlín, eso que pensamos que no volvería a ocurrir y vaya que si pica. También fallecía, en verano, el mismo día de su cumpleaños, Ingrid Bergman. Había estado leyendo “El Principito”, alegato humanista.

6. Las fotos de vacaciones de ensueño de tus compañeros de trabajo.

Estás en la oficina pero no paras de consultar Facebook. Tus compañeros cuelgan sus fotos, siempre y cuando consideren que merecen tu aplauso. Si las ves es que sí, que están orgullosos de su periodo vacacional. El verano es lo que tiene. Tarde o temprano remojas tu culo al sol que más calienta y acabas subiendo la foto-paella o la foto-gintonic, según sea chiringuito de día o de noche. Y el que está en la ofi suda, le pica la camisa, y le pica verte así, sobre todo después del marrón que le has dejado: desayunar tú solo con la compañera que escupe al hablar y se deja restos de tostada en la comisura de los labios.

7. No tener “tápers” de tu madre, porque está en Benicasim.

Tus padres viajan también. Si tienen posibles, mucho más que tú. El verano se convierte en una ausencia total de su presencia y, por tanto, de la famosa cocina de mamá. Esa cocina que sólo una madre puede hacer. Esa comida de la que siempre sobra para guardar en “tápers” y que conforman la dieta de cualquier independizado unilateral. Mami, desde la playa, no envía “tápers”. Toca cocinar o comer fuera. En cualquier caso, rascar, o sea, que pica.

8. Que cambien tus programas favoritos de la tele.

Tienes jornada intensiva así que puedes ver programas que no los pillas ni online, porque no te da tiempo. Pero no. Los han cambiado por una programación de verano a base de refritos, concursos tontos y colaboradores que sustituyen a los jefes. Los jefes no son tontos y no ponen a uno que les quite el show cuando regresen. Así que todo decae, mucho, la siesta se hace obligatoria y la desconexión televisiva necesaria. Aunque siempre nos quedarán las series. Sólo queda recordar en qué plataforma la estás viendo.

9. Los deportes acuáticos que nunca podrás practicar.

Cada año aparece una práctica más que sabes que no vas a practicar. Ya parecía difícil el windsurf, pues no paran de sacar nuevas modalidades, a poder ser patrocinadas por alguna celebridad de Hollywood que ha sido “pillado” haciéndolo en una cala privada de Ibiza (la naturaleza nunca debería privatizarse). Sólo hacer el curso ya da pereza: tipos musculados, envueltos en neopreno, con el pelo revuelto y un olor a “costo” que tira para atrás. Vamos, que te levantan la novia en la primera sesión. Quita, quita. Pero sí, son los reyes de lo acuático, y eso pica.

10. El sol en el asfalto haciendo cola.

No hay nada que pique más que estar entre el sol y el asfalto. Bueno, sí: estar además haciendo cola, parado, esperando. La ausencia de movimiento te convierte en la víctima perfecta del sadismo estival. Notas cada grado de temperatura en tus carnes y eso que llaman la sensación térmica te tiene picando cada pliegue de piel (ingles, caras anteriores de brazos y piernas, axilas, genitales). La ropa se va pegando lentamente, el desodorante abandona el barco, las cejas no pueden con la avalancha de sudor, te sientes desamparado, como Walter White en mitad del desierto (al menos él está en calzones). El sol te aplasta y el asfalto hace el resto con tus restos.

11. Los horarios de la administración pública.

Para eso no abras. En serio. De 10:00 a 12:00. De 8:30 a 10:00. Es mejor no acostarse y gozar de la compañía del lucero del alba, ver cómo aparecen los primeros autobuses. Sí, es mejor ir sin dormir pero al menos poder hacer la gestión que toque. El horario es tan restringido que justifica un golpe de Estado. Al menos un golpe administrativo, o un golpe en la mesa, o un porrazo en el espejo del servicio. No sé. Algo. Un mínimo comportamiento de indignación. Pero, si te picas, ajos comes. Así que contienes la ira desde tu parapetada sonrisa rogando que no cierren la ventanilla y te puedas ir con el papelito de turno en orden.

12. Las listas de cosas que hacer en verano.

Alimentos que comer, consejos para combatir el calor, cómo tener un cuerpo que lucir en la playa, qué cosas imprescindibles llevar en tu maleta, los destinos más elegidos por los famosos, las rutas más atrevidas de montaña, las apps más locas para la hora de la siesta. Sí, todo se inunda de listas, de gente, autores haciéndose los listos. Diciéndonos lo tontos que somos por no hacerles caso. Listas y más listas. Pican, pican mucho. Más que un mosquito, una comida en mal estado, una cuenta en el chiringuito, un muro intolerante, un compañero foto-compulsivo, un táper ausente, un presentador de saldo, un monitor porrero, una espera soleada o un abuso de poder. Las listas son lo peor. Son una cantidad infinita de espejos donde reflejar y verte siempre mal, peor, fundido, roto. Una lista más: cosas que pican… en verano.

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