Dicen los expertos que una de las formas fidedignas de conocer una sociedad, en cuanto a sus hábitos, modelo social y estilo de vida, es a través del estudio de la basura que ésta genera. Las necesidades, reales o adquiridas, las prioridades, la forma en que vivimos y el propio sentido que damos a la vida suele quedar registrado en esa basura, para quien sabe interpretar sus signos. Y uno de los signos que más se repite en la basura de la llamada “sociedad occidental” se traduce en consumo y más consumo. Consumo como medio, consumo como fin o, muchas veces y por desgracia, consumo a cualquier precio.

Esa basura nos dice que nuestra sociedad parece basarse en una frenética adquisición de bienes materiales que hay que descartar, actualizar o renovar cada vez con mayor frecuencia, al tiempo que se va priorizando la producción masiva a costes cada vez más reducidos; siendo las consecuencias de tal modelo de sociedad las que quedan impresas en el diario de nuestros basureros.

Si abriésemos al azar cualquiera de esos metafóricos diarios, para ver que nos cuentan sus páginas, seguro que una de ellas nos hablaría de la obsolescencia programada: esa práctica generalizada que consiste en diseñar productos con una vida útil cada vez más efímera, saturando nuestros basureros de materiales tóxicos, que en un alto porcentaje no se reciclan, o se acaban por enviar a los países del tercer mundo para formar gigantescos cementerios de deshechos insalubres, donde los más pobres entre los pobres, a costa de su salud, rebuscan la subsistencia de su mísera realidad. Otra de las páginas podría hablarnos de las condiciones en que se fabrican o manufacturan esos productos: en los desechos textiles, por poner un ejemplo, tras las etiquetas de marcas conocidas que ofrecen prendas a unos precios que sale más rentable desechar (a impulsos de la moda) que lavar diez veces, suele esconderse condiciones laborables deprimentes, en muchos casos de esclavitud, donde las mujeres (como siempre) y los niños suelen ser los tristes protagonistas. Otra página podría hablarnos de esos productos fabricados con materiales de sangre, es decir, materiales obtenidos generalmente en países subdesarrollados cuyo control y explotación generan guerras fratricidas, captación de niños soldados o directamente la explotación infantil, para la obtención de los mismos; y todo ello financiado, respaldado o consentido por las multinacionales que compiten por dominar ese mercado. Como el mercado de los móviles, en su lucha por abastecerse de “coltán”: ese mineral de sangre.

Bastaría con prestar atención a la hora de leer ese diario que entre todos vamos escribiendo en nuestros basureros, para comprobar que no solo quedan registradas las toneladas y tipos de nuestros desechos materiales u orgánicos, sino ese otro tipo de basura que la acompaña y que es más difícil de cuantificar: los desechos morales, éticos e incluso estéticos que nuestra sociedad genera; esos que permiten consumir productos que, a su vez, consumen la vida de quien los producen, al ser tratados por las multinacionales que nos sirven como una pieza más de ese engranaje que alimenta incesantemente el voraz apetito consumista que nos han inoculado, y que nos obliga a mirar para otros lado cuando las distintas organizaciones humanitarias denuncian sus innumerables abusos.

Páginas y páginas escritas con la tinta negra de un materialismo suicida e insolidario, que nos da mucho menos que lo que nos quita, que nos convierte en adictos de una insatisfacción crónica y estresante, que nos diseña y controla la vida a base de necesidades adquiridas a un precio al que ni siquiera sabríamos ya otorgarle su valor: el tiempo. Tiempo, entre otras cosas, para cuestionarnos si de verdad es éste el modelo de vida que queremos vivir y transmitir a las siguientes generaciones. Tiempo para detener ésta homófoga forma de vida antes de que sea el propio planeta el que nos diga que se nos acabó el tiempo; ese tiempo al que no damos ningún valor.

Consumidores como hámster, atrapados en la incesante rueda de la consumición: ¿Quién nos atrapó en ésta jaula?… Los otros, los consumidos por la inhumana forma de producir: ¿Quién los liberará de la suya?… Un día abriremos los ojos y nos daremos cuenta que la vida de la mayoría de los “consumidores” se parece, cada vez más, a la de los “consumidos”.

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