El fin de año se caracteriza por una especie de histeria colectiva que nos lleva a hacer balances y resúmenes y tomas de posición y lo que convenga. No voy a ser menos. Este espacio ha nacido no hace ni medio año, así que aprovecharé mi último artículo de 2017 para reseñar el que a mi juicio es el proyecto de espacio público más significativo construido en España en los últimos años. Casualmente coincide con que sus autores, RCR arquitectes (asociados con Joan Puigcorbé) han sido premiados este año con el Premio Pritzker (ese que, a fuerza de repetirlo, va a quedar convertido de veras en el Nobel de la Arquitectura): todo cuadra.

El proyecto en cuestión es el Espacio la Lira de Ripoll. Empiezo:

Considero que el arte de la arquitectura tiene un origen doble.

Por un lado está la voluntad de ir solucionando los problemas que nos plantea nuestro entorno físico mediante soluciones que vayan mucho más allá de la satisfacción de la necesidad inmediata que ha originado que nos pongamos a construir algo. Pongamos, por ejemplo, un margen de piedra en el campo: roturas la tierra, le quitas unas piedras que impiden que se pueda cultivar adecuadamente. Nivelas el terreno aprovechando el material resultante como muro de contención y de repente has hecho mucho más que poder plantar algo tranquilo: has creado un lugar, lo has identificado, has dado un módulo de trabajo de la tierra, un sistema de división de propiedad y una pauta para crear caminos. En resumen: has creado un lugar.

Por otro lado está la necesidad de ser que sentimos como seres humanos: Qué somos. De dónde venimos. Adónde vamos. La respuesta a las preguntas básicas también se construye mediante hitos, desafíos constructivos aparentemente inútiles que en realdad afirman nuestra existencia: ahí están nuestros antepasados tomando piedrotas de muchas toneladas y apilándolas para formar un dolmen. Hay que emocionar. Dejar algo que recuerde nuestra existencia años a venir y que consiga que incluso ahora, miles de años más tarde, podamos seguir conmoviéndonos.

Al grano.

Ripoll es una ciudad pequeña ubicada a unos 100 kilómetros al norte de Barcelona, casi en la falda de los Pirineos. Tendrá unos diez mil habitantes, pero para ir bien necesitaría cuatro o cinco veces esta cantidad. Es, por tanto, una ciudad deprimida y en crisis(1). Ripoll se ubica en la confluencia de dos ríos, el Freser y el Ter, lo que ha dado a la ciudad un carácter suburbano y estirado: circulaciones largas, pocas manzanas de ancho y un centro urbano todavía más deprimido, viejo, con negocios y fincas enteras cerrados y abandonados que ha visto reacondicionadas recientemente sus calles principales, lo que ha realzado la belleza de este centro y ha dado un contraste bastante acusado entre estas fincas degradadas y el espacio que las alimenta.

Como toda ciudad mediterránea Ripoll ha dado la espalda al río. Las fincas nobles respiran por las calles. El espacio libre y agradable siempre es alimentado por detrases de poca entidad: es como si la ciudad tuviese miedo de estos grandes espacios libres naturales y se reconcentre sobre sí misma sacrificando confort y salubridad por presión urbana.

En el centro de esta ciudad existía un pequeño teatro, La Lira, que después de funcionar un tiempo como cine, quebrar y arruinarse tuvo que ser demolido para no poner en riesgo a los peatones(2).

Lo cierto es que allí ya no se necesitaba nada.

Pero la ciudad es (necesita) continuidad, presión, identidad. Necesita sentirse completa. No puede existir una parcela sucia y arruinada por la famosa teoría del vidrio de la ventana roto: si no lo arreglas se romperá el de al lado, todo acabará pareciendo normal y tendrás Harlem en los años 60 o Detroit hoy en día.

Así de frágiles son las ciudades.

Se convocó un concurso de arquitectura que ganaron RCR y Joan Puigcorbé. Su solución: si ahí no se necesita nada se formaliza esta nada y ya está, así que se limitaron(3) a construir un umbral: dos jambas forrando las medianeras y una cubierta ligera a toda la altura del volumen edificado, unos cuatro o cinco pisos aproximadamente. Todo esto (paredes, techos, suelo) se realiza empleando únicamente un solo material: el acero, que permite un control milimétrico de la obra al tiempo que enraíza con los días de gloria de esta ciudad, enriquecida en el siglo XVIII gracias a sus acerías y a las industrias derivadas.

La Lira es fundamentalmente un vacío construido. Un vacío representado: ese vacío que ocupa una de esas construcciones urbanas donde va pasando la vida. Al mismo tiempo la Lira sigue conservando parte de ese carácter representativo que tenía el teatro que un día se asentó en el lugar: la ciudad como escenografía. La ciudad como vacío donde sus habitantes hacen cosas, entre ellas mirarse, ser mirados, relacionarse entre ellos. La vida como obra de teatro, de Calderón a Shakespeare pasando por nuestro Josep Maria de Sagarra(4).

Y más: este vacío resultante se usa para conectar el frente de la parcela (la calle) con su parte de atrás, en ese caso volcada al río Ter. Este vacío, este umbral queda convertido en un espacio de conexión de lo urbano con lo natural. Del asfalto con el verde. Es un espacio abierto a los flujos, al agua, al viento. Es un espacio no acondicionado donde las actividades son hijas de la calle y la civilidad.

La excavación del teatro original se usa para disponer bajo el vacío resultante una sala par actividades varias que se regala a la ciudad: a ella se accede por una de las jamblas, un espacio de varios metros de ancho que además contiene un bar que pueda dar servicio al espacio, que no será ni se concebirá como un cul de sac: un puente peatonal que completa la intervención pasará por encima del río y conectará la calle urbana con la otra ribera donde (casualidad) está el mercado municipal. El resultado es un nuevo sitio de paso usado extensivamente por los habitantes de la ciudad.

El puente se concibe en sí mismo como lugar. La filosofía del siglo XX se ha ocupado del puente como uno de los elementos clave para entender un territorio: Heidegger, etcétera. Un puente no es sólo un espacio de tránsito. Un puente es también la constatación de que existen dos lugares que merece la pena conectar. Si el puente se concibe en sí mismo como un espacio de estar de estos dos lugares se hará uno solo. En el caso de la Lira el puente resultante tiene dos velocidades de paso (para peatones y para paseantes sin prisa) con dos niveles diferentes que definen un banco entre ellos: el puente es donde uno siente al agua, los árboles, la brisa. El puente es donde uno conecta la ciudad con la naturaleza.

He tenido oportunidad de charlar muchas horas con los integrantes de RCR arquitectes y con Joan Puigcorbé. Para mi representan todas las acepciones positivas de la palabra ambición. Perfectamente conscientes de este doble origen de la arquitectura (los problemas y la representación) me han comentado una de sus aspiraciones principales: la arquitectura ha de emocionar del mismo modo que nos emociona la música o el cine. De un modo primario, irracional. Lo sientes en los huesos.

Eso es exactamente lo que pasa en la Lira: la extremada potencia de ese espacio abierto, cubierto a una escala que no es humana pero que al mismo tiempo tiene las medidas, la escala, la proporción de una ciudad de medida razonable, emociona. Conmueve. Quita casi el aliento.

La Lira es un espacio de conexión. Es esta arquitectura de doble condición nacida tanto de la emoción pura como del posibilismo. La Lira es para mi uno de los ejemplos de lo que debe de ser la arquitectura contemporánea en tanto que manifiesta lo que debe de ser la ciudad del futuro: civilidad, naturaleza, historia, intervenciones decididas para abordar los problemas con respeto pero sin nostalgias castradoras.

Y a por el 2018.

 

 

La foto que acompaña este artículo es del arquitecto Luís Eduardo Alfaro.

(1) Y no, no es casualidad que los terroristas que perpetraron los atentados de este agosto en Barcelona y Cambrils hayan salido de un sitio en crisis como este. España está demasiado llena de estas pequeñas ciudades donde apenas hay alicientes ni esperanza. Lo que, por Dios, no se ha de interpretar como una voluntad de disculparlos.

(2) Alguna vez he escrito que el teatro se quemó. Me equivoqué, pero el bueno de Joan Puicorbé me dijo que era una idea tan bonita que deberíamos potenciarla porque es mucho más romántica y atractiva que la realidad.

(3) A ver: decir “se limitaron” no tiene en cuenta el enorme esfuerzo intelectual necesario para llegar a esta solución y la ingente cantidad de horas de trabajo que se necesita para que ésta se pueda llevar a cabo. Pero es que la arquitectura es también esto: silenciar estos esfuerzos, borrarlos, pasar por encima de ellos para que el resultado final se nos aparezca tan sencillo como respirar. “Yo podría hacer esto” (lo que siempre es una mentira) es uno de los comentarios que acompañan buena parte de estas arquitecturas sobresalientes por sus resultados sencillos, que no simples.

(4) … y volviendo al atentado: el homenaje que Barcelona brindó a las Ramblas y a su vida fue precisamente recordar una obra de teatro: La Rambla de les Floristes (1935), bellísimo texto de Josep Maria de Sagarra estrenado en las mismas Ramblas que Rosa Maria Sardà recitó recordando que la ciudad (y las Ramblas) es en sí una gran escenografía y la vida, teatro.

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Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.

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