El comensal, primera novela de Gabriela Ybarra, es un lenitivo contra el resentimiento y una narración sobre la vida que puede haber tras la muerte de los seres queridos. También es una obra con innovaciones formales bien ensartadas en el hilo argumental: los recortes del periódico y la foto del padre de la protagonista con las esposas que le colocó ETA enlazan con los argumentos de la instancia narradora sobre la volatilidad y falsedad que necesariamente pueblan ciertas noticias, ya sea por la necesidad de contar algo (lo que sea) al día siguiente en el diario o por las fuentes poco fiables que tomaron los periodistas en los previos días al terrible asesinato de Javier de Ybarra.

Otro rasgo de postmodernidad destacable en la novela es el uso inevitable de las nuevas tecnologías para cualquier tarea, como cuando la protagonista busca en Google fotos de su abuelo muerto o el nombre de su presunto asesino, encontrando el canal del YouTube del mismo, donde él ha guardado la película Cariño, he encogido a los niños.

En efecto, llega a ser costumbre para la narradora-protagonista buscar cadáveres en Google, y así hace con el del escritor Robert Walser: <<Aquella mañana leí El paseo de Walser. Mientras daba forma a la almohada vino a mi cabeza la imagen del escritor muerto sobre la nieve. Escribí “robert walser” en Google e hice clic en imágenes; en la primera foto de la segunda línea estaba su cadáver. Las pisadas sobre la nieve marcaban el camino hasta el lugar en que yacía el cuerpo>>.

Un elemento empleado para parodiar la hegemonía cultural norteamericana es la constante alusión a estudios de universidades estadounidenses sobre conducta humana. Por ejemplo, aquel que pretende sanar un presunto Seasonal Affective Disorder S. A. D. y realiza un experimento sobre cómo se curará mejor, con Prozac o luz natural. “A estas alturas del artículo ya no me sorprendí al leer el segundo grupo fue el que obtuvo los mejores resultados”, zanja la protagonista.

Sin duda, es esta una novela con afán de brevedad, donde las palabras han querido escogerse cuidadosamente para reflejar con delicadeza algo tan inefable para el común de los lectores como la investigación del pasado y de la muerte. Por todas estas razones, y otras que va develando el relato de una forma extremadamente sutil, podría decirse que se trata de una novela cuya autora ha escandido bien su prosa, midiendo muy bien cada línea para invitarse a sí misma y a los demás a afrontar con inusitada valentía y brevedad formal experiencias muy desgarradoras.

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