(Foto: Jaume Prat)


Un centro cultural funciona si hay masa crítica. Si se convierte en un punto de encuentro donde la gente va sin ningún plan, sabiendo que algo pasará. Si tiene identidad, unos límites definidos, una buena conexión y aquel punto de autonomía (dos parámetros contradictorios que se han de equilibrar) mejor que mejor. Esto es lo que ha pasado en el Matadero de Madrid, uno de los polos de atracción de la vida cultural de la ciudad, y, desde esta base, de la vida cultural española y europea. Escribo este artículo años más tarde de que haya arrancado como celebración de su éxito. El viernes pasado lo visité por enésima vez. Cada vez que voy encuentro más gente haciendo cosas diferentes, gente conviviendo con la cultura. Y, dentro de ella, las magníficas arquitecturas presentes en el recinto juegan un rol protagonista. El Matadero es antes que nada una historia de éxito colectivo que ha surgido de una combinación de estrategias municipales y ciudadanas que vale la pena reseñar.

El Matadero forma parte de un conjunto de operaciones que han conseguido girar como un calcetín la ciudad de Madrid convirtiendo sus detrases en delantes. Es decir: el Manzanares pasó de ser poco más que una cloaca a convertirse en un parque lineal que constituye uno de los espacios más agradables de la ciudad. El propio Matadero se ha transformado del mismo modo. La historia es curiosa: secularmente la ciudad había matado el ganado que necesitaba en su interior, en lo que ahora es el barrio de la Latina, en diversos locales y corrales que funcionaban en red. Los animales se arrastraban de un local a otro por la calle dejando tras suyo rastros de sangre que nombraron al que ahora es el mercado más popular de la ciudad. En el siglo XIX la situación era insalubre. El proyecto del nuevo matadero(1) recae en el arquitecto municipal, Luís Bellido. Se lo tomará seriamente (llegó incluso a hacer un viaje de trabajo por Europa visitando mataderos modernos), realizando una tarea de tal calidad que sobrepasó en mucho su encargo. El detrás que escoge Bellido está hipercomunicado, con terminal de ferrocarril propio que permite un desembarco cómodo del ganado proveniente de provincias y un par de caminos que conectan el complejo con el centro de la ciudad. Se formalizará mediante un peine de naves que procesan el ganado y lo convierten en carne empezando a la altura de la estación y terminando más cerca del centro. Bellido es un arquitecto hijo de su tiempo, muy atento a las novedades técnicas, muy consciente del aspecto que se espera que tengan sus edificios. En 1912, cuando se empiezan las obras, la profesión está en un momento interesante que los edificios que construye recogen a la perfección. Montarán unas preciosas estructuras de hormigón armado pioneras en España que continúan maravillándonos cien años más tarde, estructuras revestidas de un neomudéjar tan solo interesante por la manera sistemática de trabajar de Bellido, naves relativamente parecidas con funciones muy diferentes: corrales, silos, almacenes, secadores, despiezadores, naves de matanza, administraciones y un largo etcétera. El complejo se recintó con una valla de tres metros que lo convirtió en una ciudad aparte.

La primera tentativa de incorporarlo a la ciudad se produce hacia los años treinta con la construcción de la interesantísima Colonia del Pico del Pañuelo, que vuelve a construir el arquitecto municipal del momento, Fernando de Escondrillas(2), un excelente proyecto que también empleará técnicas de hormigón armado, una de las primeras veces que se usa en vivienda. Hoy en día está bien conservada. Tiene una buena visita. Hacia mediados de los setenta el matadero se abandona. Finalmente, casi por casualidad(3), se decidirá conservarlo convirtiéndolo en equipamiento cultural. Cada nave y cada espacio saldrán a concurso y se licitarán por separado. Diversos arquitectos han construido ahí. Algunas de las naves han sido reformadas después de su rehabilitación. Los proyectos, a menudo muy personales, han quedado disueltos en una globalidad que funciona magníficamente como tal: las diversas partes funcionan en red, retroalimentándose, creciendo, fusionándose. Las nuevas arquitecturas han tomado riesgos respecto del programa, respecto de la relación con lo existente, respecto al propio sentido del patrimonio, explicando historias diversas, criticándose entre ellas. Complementándose. Si Bellido emprendió la planificación en solitario de todo el complejo el bombardeo ulterior de ideas múltiple y plural que ha implicado su reforma ha sido de lo más saludable tanto para valorar la decisión inicial como para alojar la multiplicidad de usos que encontramos actualmente.

La presencia de un enorme matadero en Madrid marcó la gastronomía local: callos, mollejas, oreja, el cocido… muestras de lo que Vázquez Montalbán llamaba la cocina profunda: cocciones largas, fuertemente condimentadas para enmascarar que a menudo los ingredientes, siempre los más baratos, los despreciados por las clases altas, los más sabrosos, también, no se solían encontrar en un estado ideal de conservación: aquella cocina, todavía viva, que ha marcado la ciudad como seña de identidad.

Lo que ha pasado con el Centro Cultural del Matadero es un cocido cultural: muchos ingredientes hervidos mucho rato hasta que se han amalgamado en un plato con una personalidad propia que va mucho más allá de la suma de sus partes. Y sabe tan bien como sus hermanos comestibles.

 


(1) Para entender este encargo hace falta tomar distancia respecto la actualidad y ver cuánto ha avanzado la arquitectura. Actualmente un complejo de estas dimensiones se licitaría por concurso público. Profesionales competentes competirían por él. En aquel momento pocos arquitectos querían enfrentarse con un encargo como este, desagradecido y de segunda. Contractar un arquitecto para hacerlo no se veía como un tema de dignidad, sino como la contratación de un profesional competente que pudiese solucionar un problema.

(2) Si Bellido se especializó en infraestructuras Escondrillas excelió en aquello que Madrid necesitaba en su momento: vivienda obrera, lo que ahora llamaríamos vivienda social. Escondrillas construyó varias colonias que hoy en día continúan admirándonos por su calidad. Estudiadlas si queréis.

(3) Es probable que la crisis ayudase.

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?
Compartir
Artículo anteriorNicolás Salmerón, un filósofo práctico
Artículo siguienteMemoria histérica
Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

tres × 5 =