Así se titula el tango de los hermanos Expósito y es la forma en la que mejor podemos definir la situación que se vivió en Argentina el pasado fin de semana, cuando debería haberse disputado el partido de vuelta de la final de la Copa Libertadores de América entre River Plate y Boca Juniors.

Y no va más porque el problema excede al fútbol. No son, como quieren hacer creer muchos, 15 o 20 inadaptados que frustran la alegría de miles, el problema es mucho más complejo, y como dice el tango, hay que cambiar, porque cambiar es vivir… y si no cambiamos, estamos muertos.

Las escenas que se vivieron avergüenzan a cualquiera, la televisión mostró una y otra vez a un grupo de hinchas de River apedreando el ómnibus de Boca, a una mujer colocando bengalas en la cintura de su hija para sortear el control policial, como si fuera una niña bomba, y los comentarios en las redes sociales en torno a la violencia.

El problema es que ya lo hemos naturalizado. Se ve como normal que el ómnibus que transporta a un equipo deba ir ‘encapsulado’, para tomar el término técnico, entre móviles policiales para poder ir a jugar un partido de futbol. Se ve como normal que la policía deba alejar a los ‘simpatizantes’ de un equipo a más de 50 metros, porque pasará el ómnibus del otro equipo. Se ve como natural la violencia, porque para muchos es parte del ‘folklore del fútbol’. Lo peor de todo es que se ve como normal un gasto económico descomunal y una irracional utilización de las fuerzas de seguridad destinadas a los distintos estadios y traslados de los equipos, menoscabando otras necesidades mucho más prioritarias que un partido de fútbol.

15 días atrás un piedrazo rompió una de las ventanillas del ómnibus de River cuando éste se retiraba del estadio de Boca tras jugar el primer partido de la serie… y a nadie preocupó la situación.

Y hoy, lo que para muchos lo primordial es saber cuándo se jugará el partido y en qué condiciones, porque lo que les importa es saber quién será el campeón de la Copa… cuando en realidad no hay ganadores porque perdimos todos.

Porque lo que es un deporte se vive como una cuestión de vida o muerte, y para muchos lo es literalmente. Porque se ve como una traición que un hincha de River se ponga una camiseta de Boca, o viceversa. Porque no entienden que a un niño, mi hijo, le gusten todos los equipos. Porque se enseña a los niños que si se es de River no se puede ser de Boca, y si se es de Boca no se puede ser de River. Porque se les enseña a cantar que hay que ‘matar’ al otro, o que no se lo va a aceptar en un grupo si no pertenece a cierto grupo de simpatizantes.

Hay quienes ponen el énfasis en que jugadores de Boca habrían provocado a los hinchas riverplatenses… algo que no puede haber desatado la agresión que se vio, y que fue una verdadera emboscada… pero si así fuera, ¿qué cambia? ¿en serio se cree que eso cambia algo? ¿se justifica la violencia por una provocación? ¿es involucrar al otro para no ser el único que hace las cosas mal?

El futbol se transformó en lo que en Argentina se denomina ‘la cultura del aguante’, en donde todo se divide bajo la lógica amigo enemigo, dualidad que no cruza al futbol solamente, y en donde uno tiene la ‘obligación’ de imponerse por sobre el otro, porque no hay coexistencia posible.

Ahora bien, esto no va más, y no debe ir más si queremos progresar como sociedad. Las imágenes que se vieron en todo el mundo de lo ocurrido el pasado sábado en las calles de Buenos Aires cercanas al estadio de River son tristes y exponen lo peor de los argentinos. Como decía un meme viralizado ese mismo día, ‘teníamos la oportunidad de mostrar al mundo lo que somos, ¡¡¡y salió a la perfección!!!’.

Pero para poder cambiar es necesario e imprescindible reconocer que tenemos el problema. Los jugadores lo reconocen pero creen que la solución está en los dirigentes, sin asumir ellos su cuota parte y sin decidir ser sólo un engranaje más en la maquinaria. Los dirigentes también asumen que hay una situación anómala pero ubican la responsabilidad en los violentos, los barra bravas, sin hacerse cargo que son ellos mismo quienes hacen posible, por acción u omisión, la existencia de estos ultras. Los barrabravas pretenden mostrarse simples hinchas que, ocasionalmente, cometen excesos, pero no se preocupan por ocultarlo porque gozan de la protección de los dirigentes y el Estado. Las autoridades gubernamentales asumen que ‘evidentemente hubo un error’, como si hubiera sido solo eso ‘un error’, cuando es innegable la connivencia entre ciertos sectores políticos y de las fuerzas policiales con los violentos vestidos de hinchas. Pero todos esperan que los cambios los hagan otros. Todos, de una u otra manera aceptan ser parte del negociado, porque hacen negocio del mismo.

Como cantaba Agarrate Catalina tiempo atrás, en una clara descripción de la ‘cultura del aguante’

‘Vengo de las cabezas soy una banda descontrolada,

hoy no me cabe nada, vas a correr porque sos cagón.

Son todos unos putos, unos amargos, unos buchones,

llaman a los botones, vinieron todos se quedan dos.

Hoy vas a correr, porque sos cagón,

con el culo roto, porque mando yo.’

Y esa es para mucho el fiel reflejo de lo que debe ser un hincha de futbol. Evidentemente estamos mal. A tal punto que este espectáculo fue presentado durante los festejos del Bicentenario de la Revolución de Mayo en Argentina, frente a muchos de los responsables de la situación actual y que no han hecho nada por que las cosas cambien.

El primer paso para poder cambiar es asumir que no es ‘un problema del fútbol’, más bien el fútbol es la exteriorización de un problema que tenemos como sociedad, una vez que asumamos esto y podamos hacer a un lado a los responsables, sean quienes sean, jugadores, directores técnicos, dirigentes, hinchas violentos, policías corruptos, funcionarios ineptos, dirigentes políticos impresentables, jueces que no están a la altura de las circunstancias, sea quien sea, entonces sí, como dice el tango, ‘dale, la vida está en flor, tenés que seguir’.

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