Cuatro siglos después de fallecido un 22 de abril de 1616, la figura del recaudador público sigue gozando de tan escasa o nula buena imagen como la que sufría en la España del siglo XVI el padre del Quijote. La España de Felipe II no es la misma que la de Felipe VI, ni aquel recaudador de Écija en 1587 llamado Miguel de Cervantes y Saavedra es el Cristóbal Montoro ministro de Hacienda en funciones con Mariano Rajoy en 2016. Pero uno y otro, cada uno en su época, tuvieron que hacer frente a las malas caras de los ciudadanos obligados a rascarse los bolsillos para sanear la hacienda pública con sus impuestos de forma más o menos justa y equitativa.

Después de servir como camarero al cardenal Acquaviva en Roma y de luchar en Lepanto contra los turcos, Cervantes sorprendió a propios y extraños ejerciendo esta vez de recaudador o comisario de abastos en la capital andaluza. Su cometido era requisar trigo a los campesinos para abastecer las bodegas de los galeones que se enfrentaban a la armada inglesa.

No fue una tarea fácil para el escritor más grande que ha dado la literatura en español a lo largo de la historia. Los campesinos estaban más que habituados y resignados a la tardanza de la Hacienda Real en pagar sus productos. Cervantes llegó a Écija un el 17 de septiembre del año 1587. La archivera municipal de la localidad sevillana, Marina Martín Ojeda, tiene localizado un documento con la firma del puño y letra que escribió el Quijote años después en el que se acredita esta circunstancia.

El autor del Persiles o las Novelas ejemplares empezó a confiscar por la fuerza los cereales ante los impedimentos que le pusieron los campesinos debido a las malas cosechas del momento. Evidentemente, no llegó Cervantes en el momento más boyante de la economía astigitana, ya que las propias autoridades suplicaron al consejero de Hacienda y Proveedor de la Real Armada, Antonio de Guevara, al mismo día siguiente de su llegada a Écija que eximiera a la ciudad de la saca de pan decretada por el monarca, para atender la “falta de la cosecha” de esos años. “Cervantes pisaba suelo ecijano en mal momento”, escribe Martín Ojeda en Miguel de Cervantes en Écija (1587-1589).

Para colmo, Cervantes tuvo que enfrentarse a la ira de un eclesiástico propietario de cereales que movió cielo y tierra hasta conseguir del Vicario General de Sevilla su excomunión. Pese a que el concejo municipal de Écija negoció una exención de la entrega del cereal, el embargo se aplicó a rajatabla según constata la archivera municipal de la localidad sevillana: “Hasta primeros de noviembre, 2.024 fanegas de trigo y 20 almudes”, es el cómputo impositivo. La asfixia económica a la que sometió el insigne escritor a numerosas familias e instituciones religiosas fue tal que incluso las parroquias de Santa María, Santa Cruz y Santiago fueron embargadas.

No paró aquí su cometido Cervantes. Prosiguió viaje por algunos pueblos de Córdoba, llegando a detener y encarcelar a numerosos agricultores que se negaron o no pudieron hacer frente a los pagos e incluso sumó una nueva excomunión.

El éxito de su labor le granjeó a Cervantes a finales de 1587 las felicitaciones de sus superiores y la encomendación de un nuevo encargo: requisar aceite. Tampoco durante los siete años que estuvo al frente de este trabajo pudo evitar la cólera del campesinado andaluz.

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