La Carabina

Evilasio, sentado en su cómodo sillón relajante, veía en la tele el partido de los octavos de final de la Champion League que enfrentaba a su Madrid contra el azerbaiyano equipo del Qarabag. En la mesa baja del salón, una botella de cola y una de ron acompañan a un bol de patatas fritas y otro de pistachos con los que el futbolero afloja los nervios mientras mira el partido.

Hoy está solo. Su grupo de amigos, con los que suele jugar al tenis los domingos por la mañana, no ha podido escaquearse de sus mujeres (según relatan los diferentes whatsapps recibidos).

En la cocina, el clásico sonido de batir de huevos y el olor a patatas que se pochan suavemente en aceite de oliva, esa una clara evidencia de que Paula está haciendo una tortilla que ella y su marido compartirían sentados frente al televisor. A Paula no le gusta el fútbol pero no dice nada. Bastante tiene con darle vueltas a la cabeza porque está todo el día sola. Su esposo, cuando sale del taller en el que trabaja, si no es el bar con los compañeros del curre, es el fútbol con la Champion o el baloncesto del que también es forofo o el balonmano porque juega España, el fútbol sala o simplemente se espatarra en el salón a ver la televisión porque ha sido un día muy duro y no tiene ánimo para nada.

El matrimonio tiene dos hijos. Uno de catorce años que estudia segundo de primaria en un colegio concertado, porque aunque Evilasio se auto define políticamente como progre, no quiere que sus hijos se mezclen con la chusma que va al instituto público. A Evilasio tampoco le gustan los inmigrantes de los que asegura que sólo vienen a España a robar. Además está muy preocupado porque, según dice la tele, en Cataluña los políticos, para evitar que se hable de la corrupción de los de Convergencia, han emprendido una espiral independentista que puede llevar a España a la ruina económica. Él es nacido en Madrid, pero sus padres vinieron de Jaén en los años sesenta a buscarse la vida a Madrid. Allí en su pueblo natal Larva, no tenían olivos suficientes como para poder vivir y llegaron al pueblo de Hortaleza donde estuvieron cinco años viviendo en una chabola hasta que el Ministerio de la Vivienda les realojó en un piso. Para Evilasio, sus padres tenían todo el derecho porque eran españoles. Evilasio tiene unos vecinos de toda la vida nacidos en España, cuyos padres eran de Guinea Ecuatorial. Como los suyos vinieron también a Madrid en 1965. Sin embargo, él les considera extranjeros. Porque aunque Guinea en esa fecha era provincia española, no dejan de ser negros y por tanto, extranjeros.

Evilasio nunca ha ido a una manifestación desde 1985. Entonces era joven y había que luchar porque España no entrara en la OTAN. Hoy, sin embargo, considera que los americanos son amigos que no hacen mal a nadie y sólo defienden sus intereses. A Evilasio no le gustan los políticos, ni la política y cree que todos van a llevarse lo que no es suyo sin defender a los trabajadores. Que su mujer y sus cuñados se quedaran en el paro y que a su hijo mayor le paguen trescientos ochenta euros en un restaurante de esos de lujo porque para eso, dice el dueño (uno de esos cocineros de la tele) que le está enseñando, es culpa de los políticos. Que él nunca hay asistido nunca ni tan siquiera a las reuniones del AMPA, no tiene nada que ver con la situación actual de la educación, la sanidad o el trabajo.

Paula entra en el salón con la tortilla en la mano. Antes ha puesto los cubiertos, el mantel y las servilletas. Evilasio, mientras, sólo ha movido la cabeza, porque no veía la televisión mientras ella colocaba el mantel.

Llega el descanso en medio de la cena. Su hijo mayor, Borja, ya debería estar allí. Hace un par de horas que cerraron el restaurante. Evilasio y Paula comentan que igual se ha quedado a ver el fútbol con algún compañero. Porque Borja es como su padre. Es un buen chico que no se mete en líos. Y mucho menos en política.

Suena el teléfono. A paula se le escurre el auricular mientras le cambia el color de la cara a un pálido blanquecino.

-Es un abogado, -dice. Han detenido a Borja en una manifestación. Le van a aplicar la ley antiterrorista.

-¡Pero eso es imposible!, comenta Evilasio.

Pedro, a la salida del restaurante, chocó de bruces con un chaval que venía corriendo. El joven llevaba unos panfletos en la mano que se esparcieron por el suelo. Se levantó a toda prisa y continuó a la carrera y Pedro, al girar la esquina, iba mirando hacia atrás y no vio al policía que venía también corriendo. Fue un acto reflejo. Según recibió el porrazo en los riñones, le soltó un puñetazo en toda la cara que acabó tumbando al policía contra el suelo. Otros policías le habían inmovilizado a base de porrazos. La propaganda esparcida en los alrededores, en la que figuraba la cara del rey dentro de una diana, las complexiones semejantes entre él y el chaval con el que había chocado y el puñetazo al policía, le llevarían a la cárcel acusado de terrorismo.

Evilasio entonces empezó a llamar a todos los vocales vecinos de su barrio a fin de convocar concentraciones y emprendió una recogida de firmas para sacar a su hijo de la cárcel.


Censura

Estamos acostumbrados a ver en series y películas americanas, como el abogado defensor le dice al acusado que acepte una pena para evitar una posible condena mayor como la pena de muerte. En muchas ocasiones, los acusados son inocentes pero aceptan la pena con tal de salvar la vida o como mal menor.

Leía el otro día unas declaraciones de Daniel Christian, que como joven intenta ser original y llamar la atención en Instagram con un fotomontaje del cristo despojado de una hermandad de Jaén. Ésta se sintió herida con la imagen y acabó llevándolo al juzgado. En esas declaraciones este chaval decía haberse declarado culpable, aunque se considera inocente, porque no había ánimo de mofa, ni mucho menos de ofensa a nadie, aconsejado por una abogada de oficio. También decía haber acabado aceptando una multa de 480 euros para evitar una condena de casi tres mil y seis meses de cárcel.

Estamos asistiendo a una coyuntura de barbarie judicial propia de países tercermundistas. Ni siquiera hace cuarenta años, recién muerto el eunuco genocida, se atrevían a tanto. Entonces, ponerte a cortar leña, por ejemplo, en los alrededores de la iglesia, un domingo a la hora de misa, lo más que te costaba era una bronca de tu madre, unas palabras subidas de tono con el cura y el desprecio de las abuelas del pueblo que te llamaban irreverente o pelanas y que iban mascullando insultos entre tu posición y la puerta del templo. Ahora, sin embargo, a consecuencia de esa tendencia de la fiscalía de llevar al juzgado cualquier estupidez, siempre que los supuestos ofendidos sean católicos, políticos de derechas o integrantes de la iglesia, cualquier terco se siente ofendido por actos que, la mayor parte de las veces son insignificantes y que en las menos, como mucho, son estúpidos o de mal gusto, pero en ningún caso delito de odio y acaba denunciando los hechos en los tribunales.

Este muchacho daba en el clavo en esas declaraciones al contestar a una pregunta sobre su arrepentimiento con las siguientes palabras: “si hubiera sabido que me iba a costar 480 euros, por supuesto que no lo hubiera hecho”. Este no es un tema menor. Cuando a este chaval le sacan un dinero que no tiene y que le hubiera costado bastante su pago porque, como él mismo decía, tendría que haber hecho unas cuantas peonadas en la aceituna para reunirlo sino fuera por el crowdfunding que reunió el dinero en apenas una hora, cuando al rapero Pablo Hasel le llevan a juicio por sus canciones y sus opiniones en twitter y lo sacan en todos los deformativos de todas las cadenas de la TV concertada, el objetivo no es convencer a Pablo quién, siendo un luchador nato, sabe que puede acabar encerrado por ello. Su objetivo no es convencer a las personas que ven el reformativo de turno de que lo que le ha pasado a Daniel es injusto y sobre todo fruto de la intolerancia y la prepotencia de un régimen que se jacta de aplastar a todo aquel que ponga en peligro su perduración. Su objetivo es un aviso a navegantes, a todos aquellos chavales, poetas, escritores, tuiteros o instagraneros de que o te autocensuras, o puedes acabar en el juzgado y en la cárcel. Es aquello de cállate o atente a las consecuencias.

Decía el otro día Daniel Seijo que “la censura ya no es un organismo oficial, la amenaza y la represión se agazapa en nuestros tiempos bajo el “democrático” respaldo de unas leyes en apariencia dictadas para protegernos pero que en última instancia siempre son aplicadas con especial celo contra jóvenes” que reclaman derechos. Es así de dramático. Ya no existe un departamento como en los tiempos del dictador que te borre cien líneas de una novela, que te corrija cien párrafos de un guion o que te diga que la canción no se puede titular Sofía, sino Lucía porque si se acuesta de día, podrían relacionarla con una alta personalidad del régimen. Ahora es mucho peor. O te autocensuras y acabas maquillando tus opiniones, o haciéndolas políticamente correctas (lo que desvirtúa el discurso y el objetivo) o te atienes a la posibilidad de que cualquier cateto fascista, cualquier asociación de gazmoños meapilas te acaben denunciando ante la fiscalía y te acaben aplicando el 510 del código penal. Y da igual si los artículos 16 y 20 de la tan manida Constitución te amparan porque, al parecer, ésta solo se aplica de forma hiriente cuando una de las partes, esa que durante su discusión y promulgación se opuso rotundamente a ella, necesita justificación para sus tropelías.

Claro que de todas estas miserias somos cómplices partícipes. Todos estos actos de fascismo son tolerados por un pueblo indigente intelectual que cree que no es importante porque no afecta a sus vidas. La mayor parte de ellos ya no se acuerda del franquismo y los que se acuerdan les importa una gaita porque hoy, al igual que entonces, ellos hacen su vida sin preocuparse de sí, entonces, había gente torturada en la DGS o de si, hoy, te meten seis años por hacer una canción. Esta gente que sólo se manifiesta si su equipo desciende de división de manera injusta o que pone su banderita en el balcón porque cree firmemente que España es un bien supremo, no es muy dada a hacerse preguntas. Ellos son más de apuntarse al carro de cualquier derecho o mejora sin pararse a pensar de dónde han salido o que es lo que ha costado. Esta gente que es un cáncer en cualquier sociedad no se da cuenta que gracias a esas personas que en su día era torturadas en la DGS, que gracias a esos que acaban siendo denunciados por delito de odio, trabajan ocho horas y no dieciséis. Que gracias a ellos, tienen un mes de vacaciones pagadas. Que gracias a ellos tienen una pensión. Que gracias a ellos pudieron estudiar y que gracias a ellos, pueden ir al médico. No se dan cuenta que si el mundo hubiera tomado su actitud de pasar de largo viendo las injusticias y la intolerancia sin oponerse a ellas, la medicina no hubiera avanzado, la robótica sería inexistente y aún estaríamos viviendo en cuevas y comiendo animales encontrados muertos.

Gracias a su comportamiento asocial, egoísta, codicioso y egocéntrico hoy a un salario de 1000 euros lo consideran como toda una fortuna, un trabajo de ocho horas con contrato, seguridad social y sin horas extraordinarias obligadas, una estridencia. Gracias a ellos nuestros jóvenes han tenido que emigrar fuera. Gracias a ellos, un 20 % de los españoles son pobres y no pueden calentarse en invierno, acabando algunos muertos por incendios provocados por una vela o una chispa que salta de una estufa en mal estado. Gracias a su inmovilismo, su tolerancia y complicidad con la corrupción hemos perdido la mayor parte de los derechos. Gracias a ellos, nuestros hijos serán los primeros en la historia en vivir peor que sus padres. Gracias a ellos, y a su tendencia a pasar de puntillas por la vida, sin compromiso y sin lucha, vivimos en un país con un déficit del 50,40%, una deuda del 99% y una caja del fondo de pensiones en la ruina económica.

Porque aquí, nuestros amigos de las banderitas en el balcón, del fútbol y de la política de taberna y cacahuetes, sólo se acuerdan de Santa Bárbara cuando llueve. Y son progres, porque en los ochenta asistieron a una manifestación contra la OTAN, porque, en lugar de creer que las tareas de la casa no son de nadie y son de todos, “les echan una mano” a sus mujeres y porque no les importa que haya negros o gitanos en su vecindario siempre que no se casen con sus hijos.

La complicidad también es delito, aunque no de odio, sino de estupidez.

 

¡Salud, república y más escuelas. Concienciación y Lucha!

 

 

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Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.

2 Comentarios

  1. Gracias Jesús.
    Echo también de menos información de este diario sobre Pablo Hasel y sobre las “desafortunadas” palabras, expresando lo que pìensa, de Felipe Gonzálex sobre la metástasis de corrupción instalada en nuestro país: “un descuido generalizado”.
    En contrapartida en deportes sólo ponen noticias del R Madrid y de éxitos de ilustres deportistas simpatizantes de dicho equipo.

  2. UFFF, no se que decir.
    Pero aquí escribe @doniphon62 periodista de deportes y del Atlético de Madrid.

    Sobre lo de Felipe, no habrá habido oportunidad. Bea Talegon ha criticado su comentario en Twitter.

    Salud

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