Cuando tus padres mueren, se asoma el abismo de la más absoluta soledad.

Aunque ya no vivas con ellos. Aunque haga mucho tiempo que ya te fuiste del hogar. Aunque te parezcan unos carcas que te siguen recordando los mismos “sermones” de siempre, tus padres son las raíces que te mantienen firme y sólido en un terreno de arenas movedizas.
Son los valores. La mirada al mundo. Las infinitas formas de interpretar una misma realidad y representan todo aquello que aprendieron con los años, y que de algún modo, lograron traspasar, generación tras generación.

Sus aprendizajes te acompañan en cada una de las pequeñas acciones cotidianas de tu vida.
Desde el como iniciamos una conversación. Al como se nos eriza la piel ante una canción. O hasta el modo en como notamos la humedad de nuestras lágrimas al son de “El Cant Espiritual” de Joan Margall. Todo ello tiene mucho que ver con la huella y el legado que nuestros padres nos han dejado.

Pero llega un momento en que ellos, también se van.

Creo que no hay precipicio más alto, que el que uno vislumbra cuando sus cimientos se desintegran debajo de sus pies. Y algo así se siente cuando te despides de tus padres. Eso si tienes la gran suerte de poderlo hacer, claro.

Jesús, el padre de mis hijos, tuvo que despedirse de su madre sin que ella le pudiera responder.

Él la pudo besar, sin recibir la respuesta de ese último beso y sin esa declaración que toda madre haría a sus hijos: “Nunca jamás quise a nadie tanto como a vosotros”…

Estos días mi padre se muere. O al menos así él lo expresa.

Quizás no mañana. Quizás el mes que viene, o el año que viene. Pero 93 años, una cardiopatía y 4 ingresos en un mes nos hace estar preparados para todo y temer lo peor.
Mi padre tiene la virtud de jugar con la tragicomedia . Ese arte del lenguaje que te hacer reír y llorar a la vez. Y en momentos delicados, donde toda la familia estamos con el corazón pendiente de un hilo, es capaz de bromear y soltarle a los médicos, que se han olvidado de curarle lo mas grave: “la edad”.

Se ríe de la vida, de la muerte y de todo lo que le rodea, y quizás ese es el secreto de su “saber vivir”. Que no se toma nada demasiado en serio.

El Sr. Ramón, nunca fue un hombre especialmente cariñoso. Ni con sus hijos ni con su mujer, mi madre. Venía de la herencia de un régimen militar. Su madre, que murió cuando él solo tenía 9 años, tuvo que delegar la responsabilidad a la mayor de los tres hermanos. Ésta, quien asumió el encargo con absoluta devoción, se hizo cargo de los pequeños, de su padre recién enviudado, y de su recién estrenada familia. Marido y siete hijos, que fueron llegando, uno por uno. Digamos que la infancia de mi padre, no fue ni sencilla, ni normal.
A veces me contaba como durante la guerra civil, los críos de su barrio jugaban con las pistolas, las máscaras de gas y las granadas de mano que no habían explotado y que encontraban entre los escombros de una asediada y bombardeada ciudad de Huesca.
El como se había instaurado en la normalidad de sus días, el correr como el diablo cuando sonaban las sirenas antiaéreas. O de lo habitual que era hacer el recuento diario de las muertes de sus vecinos.

Según sus palabras, la muerte estaba más presente que nunca. Y vivir era como una especie de lotería.

Hoy podías estar vivo, pero mañana ya no.

No es de extrañar entonces, que entre tanta tosquedad, guerra y hambruna, el hombre adulto en el que se convirtió, no fuera capaz de cogerle la mano a mi madre, de besarla en público o de mostrar abiertamente sus sentimientos.

A veces me pregunto si lo más parecido al afecto que debió experimentar en toda su vida, no serían los momentos de amor y de ternura, que debió darle mi madre justo nueve meses antes de nacer, cada uno de los tres hermanos.

A pesar de ello y de su bloqueo emocional, como hija me enorgullece decir, que ha sido y sigue siendo el mejor padre que he podido tener.

Y es que ejercer la paternidad, no es una tarea fácil. Para nada.

No hay escuelas para ello. Todo es pura improvisación. Y sin demasiadas herramientas, como sucedía en tiempos de antaño, la cosa se ponía mucho más difícil y uno no sabía mucho por donde tirar.

Ahora en cada esquina encuentras un libro sobre paternidad. Desde ”Mi hijo no me come”. “Mi hijo no me duerme”, a “Mi hijo me pega”.

Hemos pasado del bofetón, al trono del “pequeño dictador”.

Cuando hago un repaso de mi infancia, recuerdo como mi trasero solía acostarse rojo, noche si, noche también. Las discusiones con mi padre, eran constantes. Y nuestra relación nunca fue fácil.

A pesar de ello, debo reconocer que lo adoro. Lo adoro porque es mi padre y porque las hijas idolatran a sus heroicos padres.

Ahora como madre, y desde estos ojos reconciliados con la magia de los afectos, observo como mi hija siempre busca a su padre, como ese primer contacto que tanta seguridad le da. Antes incluso que conmigo. Y como si de un espejo se tratara, observo como ese vínculo refleja un aprendizaje necesario y vital, por el que todos debemos transitar. No es que las hijas quieran mas a los padres, sino que probablemente y a través de ese vínculo, es desde donde empezamos a relacionarnos con “el masculino” que nos acompañará el resto de nuestras vidas.

El vinculo padre-hija, es el terreno de ensayo y la semilla de lo que va a ser nuestra historia sexo-afecitva y sentimental. En ese primer vínculo de amor, con el padre y con la madre, es donde se hallan las claves de nuestra futura forma de socializar.
Mi padre nunca me achuchó como hacen aquellos padres tan osos y amorosos. Como hace Jesús con mi niña. Como hacen los padres de estas nuevas generaciones.
Mi padre apenas me tocaba. Pero a su manera se que me quería.

Ahora y en estos últimos tiempos, me mira y torpemente alza sus brazos en un gesto de apertura. Me esta pidiendo que lo abrace. Que me asome a su pecho y que le de aquello que no le enseñaron ni a pedir ni a dar.

Y aunque sea en esta última fase y haya tardado toda una vida en aprenderlo, sentir que por fin tu padre te abraza y te acoge, es algo tan hermoso que cuesta de describir.

Es una forma de decirle que le quiero. De darle las gracias, y que cuando él lo desee, ya puede partir…

Los padres son nuestro sostén, hasta que nosotros nos convertimos en el sostén de los que vendrán.

Y como si de una cadena se tratara, de la que sin darnos cuenta formamos parte, entrelazamos generaciones, vidas y amores.

Transmitimos valores y quiero pensar que mejoramos en esa complicada tarea de ser padre y de ser madre. A vosotros os dedico esta carta.
A Ma Dolors, la amorosa madre de Jesús y de Sandra.
A mi madre que la quiero por lo buena y por lo dulce que siempre ha sido con nosotros.

A Jesús, el abuelo paterno de mis hijos, que también aprendió a ser padre como pudo y como supo.
Y a mi padre, a quien con lo poco que se le dio, hizo cuanto pudo para educarnos, para protegernos, pero sobretodo para amarnos por encima de todo, incluso de él mismo…

… del único modo en que se puede amar a los hijos…

Os quiere, vuestra hija, Maria.

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