Querido Jorge,

¿Cómo está? Le escribo porque yo, al igual que usted, soy un argentino que vive en Roma y sigue lo que sucede en el terruño con una atención acaso mayor, especial, diferente a cuando vivía en Buenos Aires.

Como sabe, la semana que viene el Senado votará el proyecto de ley de interrupción voluntaria del embarazo. Usted representa a la Iglesia, y yo no voy a pretender que haga campaña con nosotros: la Iglesia no tiene una tradición de apoyo a los derechos civiles, pero es que aquí el problema es otro. Estamos de acuerdo usted, representante de Dios en la Tierra, y yo, joven estudiante laico, en que el aborto es una tragedia. Conozco mujeres que abortaron, y estoy seguro de que usted, que trabajó largos años en zonas pobrísimas, también.

Jorge, el aborto sucede. No es esa la discusión, sino si queremos un aborto legal y seguro, o si queremos un aborto ilegal, practicado de manera clandestina, muchas veces comprometiendo seriamente la salud o directamente la vida de las mujeres.

¿Podremos coincidir en que los derechos civiles no están tan mal? En la Unión Europea y en Argentina, los homosexuales se pueden casar. Hace no tantos años, ante la votación del proyecto de ley en nuestro Congreso, usted decía que el proyecto era la envidia del Demonio que pretende destruir la imagen de Dios (La Nación, 8 de julio de 2010). Pero hace solo unos meses, usted afirmó que a los homosexuales Dios los hizo así y que Jesús los aceptaría (Repubblica, 21 de mayo de 2018). Yo celebro vigorosamente esta reflexión, como celebro que abran las puertas a los divorciados, como celebro que no publiquen índices de libros prohibidos ni que condenen a los que sostienen que la Tierra gira alrededor del Sol.

En la Unión Europea, que es el sector del mundo en el que los derechos civiles están más ampliamente reconocidos, el aborto no es ilegal y clandestino, como en Somalia y por ahora en Argentina, sino que es legal y seguro.

Jorge, usted es una referencia fundamental para millones de personas, y tiene una oportunidad de oro para abandonar la tradición de la Iglesia de llegar siempre 300 años tarde. Estoy seguro de que, aún siendo Papa, puede comprender la delicadeza de la cuestión y revisar algunas posiciones, como hiciera con los homosexuales.

Agradeciéndole por la atención, aprovecho para enviarle mis más cordiales y afectuosos saludos

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