Querido Shangay:

Siempre recuerdo cuando te vi por primera vez. Fue en un evento de la Asociación de la Prensa, yo tenía seis años y me divertía observando lo que para mí era una “fiesta para mayores”. No era la primera vez que asistía a eventos del estilo, así que estaba tranquilo, contento por el simple hecho de que ese día podría acostarme más tarde (lo cual al momento parecía todo un acto de rebeldía). Estaba correteando con tranquilidad de un lado a otro cuando de pronto vi una imagen que cambiaría mi vida. Esa imagen eras tú Shangay.

Te erigías como un Coloso a la Fantasía sobre unos taconazos negros, con una gran falda de tul rojo, un turbante violeta y unos guantes largos negros con espectaculares anillos de silicona. Encontré papel y bolígrafo y te hice un dibujo que tu aceptaste con la simpatía y ternura que siempre acompañó a tu sonrisa. No fue la última vez que de pequeño te buscaba en eventos y te regalaba un dibujo, que Paloma (siempre tu gran amiga y compañera) guardaba porque como me comentaste entre risas años después “no tenías dónde poner la avalancha de dibujos mientras intentabas hacer una entrevista”.

Cuando me preguntaron un día en el colegio qué quería ser de grande respondí “Quiero ser Drag Queen, como Shangay”.

Pasaron los años, no fui a más eventos, y antes de cumplir los 16 “salí del armario”. Como supongo nos pasa a todos fue un periodo bastante movido. Dudas, incertidumbres, cariño, decepciones… Cambio. Fue ahí que te encontré en MySpace. Pensé durante días si escribirte o no, no sabía qué decir y no tenía idea de qué respuesta tendría. “Hola Shangay, soy Ulises, no sé si te acordarás de mi, pero de pequeño te seguía en las fiestas y te hacía dibujos…” No tardaste en responderme.

Empezamos a hablar a diario. Te comentaba mis dudas, cómo había ido el día, si había conocido algún chico… y tú me aconsejabas, escuchabas, contabas anécdotas y experiencias de tu vida… Fuiste más que un amigo, más que un confidente, y me mostraste un mundo que se abría ante mí y que tuve la fortuna de poder ver con tu ayuda. Conocí la libertad y rebelión estética de Leigh Bowery, la fuerza y simpatía de Eartha Kitt, Judy Garland, la valentía de grandes como Ocaña o Miguel de Molina, el ingenio de Quentin Crisp… La lista de todo lo que compartiste conmigo, de toda la cultura que conocías y amabas, es infinita.

Me enseñaste también de la lucha por los derechos de los homosexuales, de nuestra historia y nuestras Heroínas. A ser crítico con el mundo que me rodeaba y a seguir mi camino siendo fiel a mi mismo (incluso cuando algunas decisiones mías no te hacían muchísima gracia y encontrabas algún comentario medio en broma medio en serio para dejármelo bien claro). ¡Cómo extraño hablar contigo!

A diario alguna canción, imagen, lugar, situación… me recuerda a ti. Y es en esos momentos en los que entiendo el pilar fundamental que fuiste (y eres) en mi vida. Solo puedo agradecerte todo lo que me enseñaste y compartimos. Fuiste un estandarte de lucha y libertad y supiste empapar de fuerza y energía a quienes te rodeaban. No muchas personas llegan a dejar una impronta en la sociedad, y tú Shangay eres una de ellas. Muchas menos una impronta positiva, un mensaje de principios y lucha, y tú lo has logrado.

No hablo muy a menudo de política, pero siempre hablo de ti. De lo maravillosa que “la Tita Shangay” (como muchos te hemos llamado al más puro estilo de las “Houses” neoyorquinas) ha sido, no solo para mí, sino para todos nosotros.

Nunca te amedrentaste ante el mundo a la hora de expresarte y supiste hacerte escuchar, y nos empujaste a hacer lo mismo. Te echo de menos. Echo de menos tu voz, tus consejos, las conversaciones contigo… pero sé que estás con nosotros ahora y siempre.

Te quiero mucho Shangay.

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